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domingo, octubre 11, 2026
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Trump, Putin y Xi Jinping: el tránsito hacia una nueva era

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El humanidad Está en tránsito hacia una nueva era, una nueva época, que no debe confundirse con el surgimiento de un nuevo orden internacional o con el proceso de decadencia de una determinada potencia mundial o conjunto de potencias, aunque están relacionadas, pero con diferente alcance histórico.

La nueva era es un concepto histórico, civilizacional y multidimensional, que hace referencia a una profunda transformación de las condiciones en que vive la humanidad, de sus formas de producir, comunicar, ejercer el poder y entender el mundo. Se expresa especialmente en cambios simultáneos en los siguientes ámbitos: tecnológico, económico, geopolítico, social y cultural, además de modernizadores.

De la misma manera que la era moderna, el fin de la Edad Media y la nobleza, fue enmarcada por la imprenta, en el siglo XVI, como una herramienta de transmisión de información y conocimiento, también en esta transición a la nueva era del siglo XXI, el papel de Internet, las redes sociales y la inteligencia artificial es clave.

Es en este contexto que deben estudiarse diversos hechos y actitudes ocurridos en los últimos años, e incluso en épocas más recientes. Por ejemplo, el protocolo implementado por Donald Trump apuesta inicial Vladímir Putin en Alaska, y luego antes Xi Jinping en Washington puede interpretarse como un asunto ceremonial. Hasta cierto punto, parece expresar la conciencia de que Estados Unidos ya no ejerce el poder prácticamente unipolar que alcanzó después de la desaparición de la Unión Soviética.

No se trata de afirmar que este gran país ha dejado de ser una superpotencia –sus capacidades económicas, tecnológicas, financieras y militares siguen siendo muy importantes–, sino de reconocer que el mundo se ha vuelto más competitivo y que otros centros de poder, particularmente China, Rusia e India, así como el propio Irán, han adquirido una capacidad de influencia que Washington ya no puede ignorar.

Desde esta perspectiva, algunas de las aparentes contradicciones, cambios y actitudes de Trump pueden leerse dentro de una era histórica de transición: la vieja estructura internacional está siendo reemplazada por otra en la que el poder está más distribuido. La recepción personal de Putin en Alaska y, posteriormente, la de Xi Jinping en la base aérea de Andrews son imágenes especialmente elocuentes de esta nueva etapa. El presidente de Estados Unidos, lejos de poder relacionarse con el resto del mundo desde una posición de dominio incuestionable, está llamado a tratar directamente con líderes que representan otros grandes centros de poder.

Trump, además, ocupa una posición privilegiada para conocer las transformaciones que se están produciendo. Como presidente de Estados Unidos, recibe diariamente información de sus servicios de inteligencia, organismos económicos, militares y diplomáticos, además de consejos de una enorme comunidad estratégica y de los principales centros de pensamiento del país. Por tanto, aunque no podemos conocer con exactitud su diagnóstico personal, es razonable analizar algunas de sus decisiones como respuestas a un mundo que está dejando atrás la unipolaridad de la posguerra fría.

Incluso su aspiración a Premio Nobel de la Pazcomo señalamos en nuestro artículo anterior en relación a los orígenes de casi todas sus propuestas dentro de su país y la geopolítica, tiene un precedente dentro de la propia tradición presidencial estadounidense. Theodore Roosevelt recibió el premio en 1906; Jimmy Carter, en 2002; Barack Obama en 2009. Y, fuera de la presidencia, la ganaron Martin Luther King Jr., en 1964, y Henry Kissinger, en 1973. El presidente Trump conoce muy bien ese precedente y ha expresado reiteradamente su deseo de obtener reconocimiento. Por tanto, también se puede observar continuidad en este aspecto.

La paradoja es que intenta proyectarse como un pacificador precisamente mientras reivindica una política de fuerza. Esto recuerda, aunque en circunstancias históricas muy diferentes, el caso del presidente Roosevelt, que recibió el Premio Nobel por su papel en la negociación que puso fin a la guerra ruso-japonesa.

Precisamente ayer, la Academia Sueca concedió el Premio Nobel de la Paz al jurista sudafricano Navarethem (Navi) Pillay, que fue Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (2008-2014) y presidió una comisión de la ONU que investigó la tragedia de Gaza. (Continuará).

Retrato

Diomedes Núñez Polanco

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