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sábado, octubre 31, 2026
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Trump, el teísta ateo contra el deísmo: religión, poder y guerra

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La historia de la humanidad ha estado marcada por la búsqueda de lo divino. El teísmo, desde la antigüedad griega, afirma la existencia de un Dios comprometido con el orden del universo. El deísmo, con Voltaire como su gran exponente, reconoce a un creador pero niega su intervención en los asuntos humanos. El ateísmo, por su parte, rechaza toda forma de divinidad. Estas tres posiciones, más que simples categorías filosóficas, han servido como lentes para interpretar el comportamiento de los líderes y las personas.

Donald Trump se define como un cristiano protestante, de origen presbiteriano, aunque hoy se presenta como un “cristiano aconfesional”. Su discurso público invoca a Dios, pero su práctica política revela una contradicción: un teísmo ateo, una fe declarada que convive con una praxis que niega los valores esenciales del cristianismo, especialmente la paz y la misericordia. La ironía es evidente: proclamar la fe mientras se promueve la guerra y el castigo económico como instrumentos de poder.

La tensión entre religión y política se hizo visible en sus enfrentamientos con los líderes religiosos. La obispo de Washington, Mariann Edgar Budde, pidió misericordia para con los migrantes y las comunidades vulnerables. Trump respondió con desdén, acusando a la iglesia de radicalismo y negando la neutralidad religiosa. Este episodio refleja la fractura entre el cristianismo como doctrina de paz y la política estadounidense como práctica de confrontación.

Históricamente, el cristianismo ha debatido cuatro actitudes hacia la violencia: la no resistencia, el pacifismo, la guerra justa y la guerra santa. Estados Unidos, una nación predominantemente cristiana, ha elegido el camino de la guerra desde su fundación. Las cruzadas medievales se transformaron en guerras preventivas modernas, justificadas bajo el manto de la “seguridad nacional”. Trump, en este sentido, no es una anomalía, sino la continuidad de una tradición guerrera que se reviste de valores religiosos para legitimar la fuerza.

La crisis de Oriente Medio se convierte en un espejo de estas contradicciones. Israel, una nación que basa gran parte de su identidad en la religiosidad judía, ha justificado históricamente sus acciones militares como la defensa de un pueblo elegido, mientras que Estados Unidos, que se presenta como una nación cristiana, ha acompañado a Israel en sus conflictos con un fervor más político que espiritual.

La alianza entre ambos países está revestida de un lenguaje religioso que legitima la guerra, al tiempo que contradice los principios de misericordia y paz que proclaman tanto el judaísmo como el cristianismo. Así, la religiosidad se instrumentaliza como argumento de poder y la fe se convierte en combustible para la confrontación, perpetuando un ciclo de violencia que amenaza la estabilidad global.

El contraste con el deísmo es revelador. El deísta cree en un Dios creador que no interviene en los asuntos humanos. Según este punto de vista, la responsabilidad recae en la razón y la ética humanas, no en la voluntad divina. Trump, sin embargo, se presenta como un instrumento de Dios mientras actúa como si la divinidad estuviera ausente, justificando la guerra y las decisiones económicas en nombre de una fe que no se traduce en misericordia o justicia.

La paradoja del “teísta ateo” se convierte así en una metáfora de la política contemporánea: líderes que invocan a Dios pero gobiernan como si él no existiera. La religión se convierte en una herramienta retórica, vacía de contenido espiritual, utilizada para movilizar masas y legitimar conflictos. El resultado es un cristianismo mutilado, reducido a símbolo de identidad nacional, incapaz de frenar la adicción bélica de Estados Unidos.

Advertencia final: cuando la fe se convierte en una máscara y la política en guerra, la humanidad se acerca peligrosamente a la barbarie. El “teísmo ateo” de Trump no es sólo una contradicción personal, sino un reflejo de una nación que proclama valores cristianos mientras perpetúa la violencia. Si el mundo acepta esta inconsistencia como norma, renuncia al legado de paz que el cristianismo quiso sembrar y se expone a un futuro regido por la fuerza, no por la razón o la misericordia.

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