spot_img
31.2 C
Santo Domingo
domingo, agosto 16, 2026
spot_img

Un país ferozmente bello

Deberías Leer

La República Dominicana no necesita que le recuerden su belleza. Necesita que empecemos a estar a la altura de él. Dejemos de maltratarla.

Llamo civilizado a cualquier pueblo capaz de conversar consigo mismo. No sólo hablar, opinar o gritar, sino escucharnos sin ponernos a la defensiva.

Y quizás nuestra tragedia más íntima sea esa: todavía no sabemos cómo mirarnos a nosotros mismos. Nos elogiamos unos a otros en público y abusamos unos de otros en la práctica. Defendemos el país como si fuera sagrado, pero lo organizamos como si el pueblo estorbara.

Maltratamos al país cuando convertimos la ciudad en una prueba de resistencia: torres sin comunidad, avenidas sin sombra, aceras rotas, parques pobres, plazas inaccesibles, espacios hechos para ser vistos, no vividos.

Pero ese maltrato no viene sólo de arriba. Nosotros también lo practicamos. Invadimos las aceras, levantamos rejas, normalizamos el obstáculo y luego nos quejamos de vivir atrapados en él. Tratamos lo común como si no perteneciera a nadie.

Basta mirar un semáforo en Santo Domingo para comprender la violencia silenciosa que hemos normalizado: el motor en la acera, el auto mordiendo el camino peatonal, la bocina como lenguaje, el paso de peatones como pidiendo permiso para existir. Nadie se rinde. Nadie espera. Nadie confía.

Hemos confundido movimiento con destino: levantar, inaugurar, corregir, anunciar, empezar de nuevo. Como si girar fuera suficiente para avanzar.

No hay modernidad donde el ciudadano estorba.

Una ciudad donde el niño no puede caminar, el anciano no puede sentarse y el pobre no puede descansar no está creciendo: está aprendiendo a despreciarse a sí misma.

Gobernar también significa tener oído.

Oído para la ciudad.

Oído para los silencios.

Oído para lo que canta un país incluso cuando nadie quiere oírlo.

Luis “El Terror” Días dijo que el problema de este país era que quienes gobernaban no sabían de música. No estaba hablando de entretenimiento. Habló de sensibilidad política: ritmo, pausa, intuición, calle. La capacidad de escuchar lo que es un pueblo antes de intentar ordenarlo desde arriba.

La República Dominicana suena mejor de lo que se gobierna.

Este pueblo canta mejor de lo que se suele oír. Resiste más de lo que muchas instituciones merecen. Sueña incluso cuando es administrada por quienes confunden orden con silencio, desarrollo con cemento y poder con control.

No estamos contentos porque todo nos ha salido bien. Estamos contentos porque algo en este pueblo se negó a entregar toda su alma a la tragedia. Esa alegría no es relajación. Es inteligencia popular. Es una manera de no rendirse.

Por eso la alegría es también infraestructura.

Un país que no produce razones acaba produciendo aburrimiento. Un país que no cuida sus espacios genera soledad. Un país que no escucha su música profunda acaba gobernado por el ruido.

Hay demasiada vida aquí para seguir gestionándola con tanta pequeñez y luego llamarla desarrollo.

La belleza no absuelve. Obliga.

Precisamente porque este país vale tanto, no merece ciudades feas ni poderes poco imaginativos. Porque aquí hay inteligencia, sensibilidad y fuerza, no podemos seguir premiando más a quien daña que a quien construye.

Amar a este país no es aplaudirlo todo. Es exigir más al Gobierno, a la élite, a la historia, al pueblo y a uno mismo.

El problema no es que el país sea pequeño. Es sólo que muchas veces lo tratamos como si no mereciera la grandeza.

La República Dominicana ya es hermosa.

Lo realmente difícil es estar a la altura.

- Advertisement -spot_img

Otros Artículos

- Advertisement -spot_img

Últimas Noticias