Por ARANTZA GARCÍA
Una mujer sonríe en la pantalla. Habla, ríe, invita, di tu nombre. No existe. Su nombre, o lo que se presenta como tal, encabeza un perfil en una plataforma de suscripción. Miles de usuarios deslumbrados por sus pantallas pagan por verla, por recibir mensajes que simulan intimidad. No hay carne del otro lado, sólo algoritmos que aprenden a desear como lo hacemos nosotros. Tu temperatura es un código binario. Tu voz, una secuencia reproducible de ondas. Su existencia es una ficción rentable. Hubo un tiempo en el que el deseo era indómito, íntimo, apenas traducible. La llegada de la industria del porno lo empaquetó, lo reprodujo y lo globalizó. Pero ahora nos encontramos ante un salto diferente: no se trata sólo de distribuir imágenes, sino de fabricar digitalmente el objeto de deseo. se trata de la llamada «pornografía».
las herramientas de profundo Te permiten incrustar el rostro de una persona famosa (o un compañero de trabajo o una expareja) en el cuerpo de una actriz porno y hacerlo con un realismo escalofriante. El consentimiento, ese acuerdo silencioso que separaba la fantasía de la agresión, se diluye. Lo que antes requería producción, cámaras y cuerpos, ahora se fabrica en computadoras.
Pero el fenómeno no se limita a la imitación perversa. También están los modelos que no existen: creaciones enteramente sintéticas que posan, charlan e incluso negocian tarifas para contenidos «exclusivos». Cuerpos hechos de píxeles, optimizados para la excitación, sin fatiga ni contracturas.
La economía del deseo en plataformas como Fanáticos ha creado todo un ecosistema de intimidad a cambio de un pago. Lo sorprendente ahora es que no todos esos cuerpos son humanos. Hay cuentas enteras dirigidas por estudios creativos que diseñan personajes, les dan una historia, un tono de voz, una personalidad calculada para maximizar la atención. Los suscriptores saben, o prefieren no saber, que se trata de una ilusión.
En Onlyfans hay cuentas gestionadas por estudios creativos que diseñan personajes para crear deseo
Es un curioso juego de espejos: en el porno tradicional, los actores eran reales pero su cariño era falso. En el pornografía artificialLa ficción es total y, sin embargo, para algunos, el sentimiento de cercanía es más intenso, quizás porque no hay límites, ni pausas, ni contradicciones humanas que interrumpan la fantasía. ¿Es esto menos engañoso o más inquietante? ¿Qué importa que esa carne inmaculada nunca sude si la respuesta emocional se activa igual?
El negocio del deseo sintético
Detrás de estas figuras fantasmales se mueve mucho dinero. Las empresas emergentes crean agencias virtuales, venden paquetes de fotografías, producen «novias digitales» a medida. Hay creadores que ya han dejado de contratar modelos reales: la IA produce más rápido, más barato y con más obediencia.
Este modelo reconfigura la economía del porno: desplaza la producción tradicional, evita sindicatos y negociaciones, pero también abre interrogantes sobre la sustitución de cuerpos reales por cuerpos imposibles. Si el deseo se habitúa a la perfección generada por algoritmos, ¿qué lugar queda para la imperfección de la piel viva?
Y la moral plantea otra cuestión: la del consentimiento. El deepfakes pornográficos Las no consentidas ya han sido clasificadas como violencia digital. Actrices, políticos o creadores de contenidos, por ejemplo, han denunciado la proliferación de vídeos donde se utiliza su imagen con fines sexuales sin su aprobación. No es sólo la invasión de la privacidad, es la imposición de una historia erótica a alguien que no la eligió.
Si el deseo se habitúa a la perfección generada por algoritmos, ¿qué lugar queda para la imperfección de la piel viva?
Frente a esto, los defensores de la pornografía artificial consensuada argumentan que los personajes sintéticos pueden ser una alternativa «ética»: nadie sufre, nadie es explotado, nadie es presionado a actuar. Pero ¿qué pasa cuando la tecnología desdibuja ambas realidades? ¿Cuándo sirve una misma herramienta para proteger y violar?
Él arte y cultura Siempre han fantaseado con cuerpos ideales que no existen: esculturas griegas, pin-ups de los años 50, avatares de videojuegos. La diferencia ahora es que estos cuerpos no sólo se ven, también interactúan con nosotros: responden mensajes, nos piden fotos, construyen la ilusión de una relación entre dos personas. Así como un niño habla con su muñeca, un adulto puede hablar con su modelo de IA. El deseo no necesita la carne para existir, necesita una narrativa que lo sostenga.
Algunos ven esta evolución como una salida: pornografía sin explotación, sin trata de personas, sin riesgo para los artistas. Otros advierten del riesgo de alienación, de convertir la intimidad en un intercambio con fantasmas que nunca responden realmente porque no son reales.
Quizás la pregunta no sea si la pornografía artificial reemplazará a la real, sino qué nos dirá sobre nosotros mismos cuando miremos hacia atrás. Cuando descubrimos que no nos excitaba el cuerpo, sino la promesa de atención. Ese deseo se puede digitalizar, empaquetar, suscribir mediante pagos mensuales. La pornografía siempre ha sido un espejo distorsionado de lo que deseamos. Ahora ese espejo ya no devuelve la imagen real, sino una versión mejorada, imposible. Una promesa que nunca se cansa, nunca envejece, nunca resiste.
(ESTE ARTÍCULO FUE PUBLICADO ORIGINALMENTE EN LA REVISTA ESPAÑOLA ÉTICA)-



