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lunes, octubre 26, 2026
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Millones de mujeres subsidian con su tiempo el sistema de cuidados en la región

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América Latina21

Susana Reina/Latinoamérica21

A las cinco y media de la mañana Carmen ya está despierta. Antes de pensar en desayunar tiene que ayudar a su mamá a levantarse, preparar sus medicamentos, preparar la comida y organizar quién puede acompañarla durante el día. Luego irás a trabajar y, si todo va bien, volverás a casa a tiempo para volver a cuidar. Si algo se complica tendrás que pedir permiso, ausentarte, llegar tarde o resolver lo que nadie más puede solucionar. Probablemente Carmen dirá que está cuidando a su madre, no que está trabajando.

La historia de Carmen es, lamentablemente, el retrato cotidiano de millones de mujeres latinoamericanas sobre quienes recae la atención de adultos y adultos mayores, en una soledad casi absoluta.

El estudio ¿A quién le importa? Cómo apoyar y reconocer a quienes cuidan a las personas mayores en América Latina y el Caribe, elaborado por el Banco Interamericano de Desarrollo, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico y la Agencia Francesa de Desarrollo, ofrece cifras que deberían obligarnos a mirar el cuidado como una cuestión económica y política urgente. Y la región está envejeciendo a pasos agigantados, pero sus estructuras de protección social siguen estancadas.

Actualmente, alrededor de ocho millones de personas de 65 años y más necesitan apoyo para realizar actividades básicas de su vida diaria. Para 2050, esta cifra se triplicará. Lo cual es grave, porque la brecha en la demanda de atención está creciendo a un ritmo exponencial, mientras que los sistemas públicos de atención siguen siendo marcadamente insuficientes.

Las empresas necesitan trabajadores que lleguen a tiempo, puedan concentrarse y completar su jornada laboral. Las familias necesitan resolver necesidades de cuidados que los servicios públicos no cubren. La economía necesita de alguien que prepare la comida, acompañe, supervise, cuide, organice los medicamentos y esté disponible cuando una persona dependiente lo necesita. Ese alguien suele ser una mujer.

El apoyo no remunerado y la trampa de género

Actualmente, alrededor de 25 millones de personas mayores de 15 años brindan cuidados no remunerados a personas mayores en la región y dedican, en promedio, 7,5 horas semanales a estas actividades. Casi seis de cada diez son mujeres, que además dedican más horas semanales que los hombres.

Pero las horas dedicadas a estas tareas cuentan sólo una parte de la historia, porque las mujeres suelen asumir precisamente las tareas menos flexibles y más exigentes, como preparar la comida, bañarla, alimentarla, acompañarla a las citas médicas o vigilar a una persona dependiente sin apoyo, recursos o formación específica para ello.

Este llamado “cuidado pasivo” es especialmente revelador porque muestra cómo se puede secuestrar el tiempo de las mujeres, incluso cuando participan activamente en el mercado laboral formal. El estudio señala que esta carga limita sus posibilidades de empleo remunerado, educación y ocio.

El resultado es una transferencia silenciosa de recursos de las mujeres a sus familias, sus empleadores y la economía en general. Porque estos absorben con su tiempo una responsabilidad que, si no

Si se cubriera de forma gratuita, tendría que cubrirse a través de servicios públicos o soluciones privadas.

La desigualdad persiste en la atención remunerada

La realidad es que los cuidados están feminizados, tanto cuando son gratuitos como cuando son de pago. Pero cuando los cuidados entran en el mercado laboral, la desigualdad tampoco desaparece; Al contrario, se reproduce. La fuerza laboral de cuidados remunerada está compuesta principalmente por mujeres y las condiciones laborales muestran una precariedad preocupante, lo que refleja un caso sistémico de “suelo pegajoso”.

Esta carga impone un severo costo laboral y económico porque, además, quienes logran permanecer en el mercado laboral deben reducir su jornada laboral en un promedio de dos horas semanales. Según la Organización Internacional del Trabajo, el 47% de los cuidadores reducen su jornada laboral o abandonan el empleo remunerado por incompatibilidad con la plena disponibilidad que exige el mercado laboral.

Se trata de un «impuesto invisible y muy feminizado» que reduce sus ingresos, frena su desarrollo profesional y condena a la precariedad sus futuras pensiones. La protección laboral tampoco está a la altura de la importancia de lo que hacen. En promedio, en la región sólo un poco más de la mitad de los cuidadores remunerados contribuyen a la seguridad social, según la encuesta del BID.

Por otro lado, más de siete de cada diez de los cuidadores encuestados reportan algún nivel de estrés no saludable, soledad o síntomas de depresión. La paradoja es que cuidar también puede producir satisfacción, fortalecer vínculos y generar significado, pero el problema aparece cuando esta capacidad de cuidar se convierte en una disponibilidad obligatoria. Por eso es tan importante incluir el cuidado en la agenda de políticas públicas.

El estudio del BID advierte que la región necesitará ampliar significativamente su fuerza laboral de cuidados e invertir en capacitación, profesionalización, apoyo emocional y licencias para quienes cuidan. Se trata de construir sistemas capaces de distribuir una responsabilidad que hoy recae desproporcionadamente sobre las mujeres.

El desafío es enorme porque la cobertura pública aún es mínima. Sólo el 5% de las personas mayores con necesidades de cuidados reciben servicios financiados con fondos públicos. Mientras tanto, la demanda crece, las familias se reducen y millones de mujeres siguen subsidiando con su tiempo, su salud física y mental, así como sus oportunidades laborales, un sistema de cuidados que todavía depende demasiado de ellas.

El debate sobre los cuidados debería entrar plenamente en las conversaciones sobre empleo, productividad, seguridad social, pensiones, pobreza y crecimiento económico. Las empresas tendrán que preguntarse qué parte de su productividad depende del tiempo invisible de sus trabajadores. Los Estados tendrán que calcular cuánto les cuesta seguir dejando los cuidados en manos de las familias, y los hombres tendrán que asumir que la responsabilidad de sustentar la vida nunca debería haber recaído únicamente en las mujeres.

Carmen no está ayudando a su familia cuando deja de trabajar para cuidar, está haciendo un trabajo. Cuando se exige a las mujeres que cuiden gratuitamente a las personas mayores, se les está transfiriendo un coste que debería ser compartido. El problema es que este subsidio femenino lleva demasiado tiempo operando sobre bases injustas y estereotipadas y, lo que es gratuito para el Estado y para las empresas, se está volviendo muy caro para las mujeres.

El bienestar futuro de la región dependerá de la capacidad de la sociedad de dejar de asumir este tipo de trabajo como un recurso moralmente sostenible, inagotable y gratuito.

Susana Reina es Psicóloga con maestría en Políticas Públicas con enfoque de género. Especialista en Transformación Cultural y Coaching Ontológico. Directora de FeminismoINC. Autora de “Incomodidad para Transformar” y “Atrevidas: Manual de trabajo personal para el activismo feminista”

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