La noticia de lo drástico. El cambio en los resultados de la industria azucarera dominicana, que el año pasado sólo exportó 189.216 toneladas métricas de sus productos, se refiere a la etapa de gloria de los años 80 en la que aportó en promedio un millón de toneladas del edulcorante para despachar y satisfacer el consumo interno, algo que se ha convertido en “se lo llevó el viento” debido a una gestión administrativa deformada por el partidismo criollo, provocando una pérdida de eficiencia que redireccionó la demanda global hacia ofertas de derivados de la remolacha y hasta la propia caña de azúcar, subsidiadas en otras latitudes.
El prestigio del país como proveedor, que en ese sector estaba herido de muerte por el clientelismo con excesivas planillas y escasa pulcritud administrativa, comenzó a ser rescatado -mínimamente al principio y luego progresivamente- por las áreas privadas de inversión que en su etapa de gestión moderna lograron rentabilidad e impacto social positivo con eficiencias productivas para dejar atrás la «miseria y deshumanización» del trato a los trabajadores azucareros del Este por parte del capital extranjero en los años treinta. denunciado en la celebrada novela Over del escritor Ramón Marrero Aristy.
Tras la desaparición del dictador de Trujillo -buen administrador de sus intereses y que se había apoderado de una parte importante de la industria azucarera, estatizándola para su beneficio con un palo y sin escrúpulos- los ingenios del circuito, convertidos en bienes públicos, se convirtieron en una piñata del oportunismo político. Al mismo tiempo, el sector que aún era privado y operaba en geografías limitadas avanzó hacia la evolución que convenía al país aunque ya no era una plantación azucarera regional.
Lo que queda de molienda significativa, incluso después de los errores y vicios del populismo, se concentra en cuatro ingenios operados por particulares: Central Romana – regido por la denominación Fanjul, ajena al pasado -, el ingenio Cristóbal Colón de la Casa Vicini, el ingenio Barahona arrendado al sector privado y el ingenio Porvenir, que ha resultado ser un pequeño sobreviviente del Consejo Estatal del Azúcar, que los productores privados de caña describieron recientemente como al borde del colapso por falta de inversiones, aunque lo anuncian con proyecciones positivas exageradas.
EFICIENCIA PRIVADA
Después del “huracán” Trujillo que recurrió a la perversa artimaña de devolver el consorcio cañero que tenía en sus garras el estatus de propiedad estatal cuando dejaba las pérdidas a cargo de los contribuyentes, y al paso de camarillas partidistas derrochadoras, la producción azucarera nacional quedó ahora predominantemente en manos privadas que lograron una sólida estabilización favorecida por el regreso de las lluvias a estos dos tercios de la isla. YEl territorio nacional había sido sistemáticamente azotado de las sequías, pero debido a mejoras operativas y una alta proporción de corte de caña mecanizado, la producción ha ido aumentando a un 12% anual.
En el panorama azucarero nacional, lo que se ve detrás del empobrecimiento de la sigla CEA es un proceso industrial consolidado que avanzó rendimientos alejados de la avaricia partidista. El trabajo de corte en los campos de caña de azúcar, que antes dependía desproporcionadamente de mano de obra importada, está mecanizado en un 70%. Mientras que la industria de la construcción promueve empleos desbordados para inmigrantes en su mayoría irregulares, la caña de azúcar deja de ser, en un sentido nacionalista, un incentivo importante para traer mano de obra extranjera.
El corte manual de pasto productivo es ahora inferior al 20%, lo que convierte a la industria azucarera en líder en rentabilidad a través de innovaciones que reducen costos. Al mismo tiempo, los ingenios se expanden productivamente más allá de las cosechas ordinarias, ya que millones de toneladas de bagazo como subproducto de la molienda comienzan a servir en gran medida para generar energía eléctrica limpia para el sistema nacional. El país ya se ha beneficiado de su conversión a materia prima de furfural.
LOS RESIDUOS
En la etapa posterior, en la que el orden azucarero nacional fue conducido a una nacionalización desastrosa, la dirección de las unidades de esa CEA de capa caída llegó a gestiones administrativas vulnerables a la corrupción y habiendo constituido un apoyo para la economía dominicana y fuente financiera de los Asuntos Públicos, entró en un proceso de colapso al que también contribuyeron las distorsiones del mercado internacional.
Las crónicas rebeldes –que no han dejado de aparecer en primer plano desde entonces– atestiguan que desde el regreso de la red de fábricas a la influencia de la dirección del partido, el clientelismo que genera excesos salariales estaba vigente con toda su fuerza. Se indica que la moribunda CEA adquirió el estatus de agencia de empleo y el propio complejo entró en obsolescencia tecnológica sin que el gobierno reinvirtiera en maquinaria o áreas cultivadas.
El emporio –nombre que rápidamente iba perdiendo sentido– se convirtió en testimonio vivo de que la riqueza pública había estado expuesta a una falta de criterio sobre la forma más favorable de proteger el interés nacional. Mientras los competidores del azúcar dominicano en el exterior se modernizaban, aquí la producción seguía rezagada bajo el comportamiento despilfarrador de las administraciones.
Por tanto, se produjo una descapitalización con operaciones de venta sospechosas por debajo de los precios de mercado. Millones de tareas de tierra fértil Fueron utilizados para costosos trueques, donados en masa o vendidos irregularmente a particulares para nuevos proyectos inmobiliarios que convirtieron a los intermediarios en millonarios.



