¿Qué República Dominicana seremos en el 2050? ¿Qué planes estamos haciendo para las próximas décadas? ¿Qué tan irresponsables somos con las generaciones futuras cuando nuestros planes de gobierno, cuando los hay, no van más allá de cuatro años o de un ciclo electoral?
Para entonces muchas cosas habrán cambiado. Nuestra población habrá envejecido. Las proyecciones demográficas para 2050 muestran la magnitud de estos cambios. Según el estudio de 2026 del Oficina Nacional de Estadística (ONE)los niños de 0 a 14 años representarán el 18% de la población; personas de 65 años o más, 17%; y los de 60 años o más, entre el 22% y el 23%.
Estamos perdiendo rápidamente nuestro bono demográfico. La proporción de personas de 60 años o más será mayor que la de niños menores de 15 años. Esto muestra la magnitud de la transformación demográfica de nuestro país y tendrá un gran impacto en nuestro sistema de salud, en las políticas de atención –hasta ahora en ciernes; Hace tres años propusimos una ley de cuidados que aún no ha sido aprobada por el Senado—, nuestro sistema de seguridad social y pensiones, y el empleo.
Para 2050, la ciencia y la tecnología habrán transformado los sectores productivos. La inteligencia artificial, que apenas está comenzando, modificará nuestra forma de trabajar, producir y relacionarnos, y se integrará en prácticamente todas las actividades humanas. Muchos de los empleos que conocemos hoy ya no existirán, y las habilidades y la preparación profesional que requiere el mundo del trabajo dependerán, en gran medida, de las capacidades técnicas y científicas de los trabajadores.
¿Qué estamos haciendo para adaptarnos a esta nueva etapa de la humanidad y formar a nuestros jóvenes? ¿Qué educación están recibiendo? ¿Qué tan conscientes están nuestras élites políticas y empresariales de la urgencia de actuar?
Los datos recientes sobre nuestro desempeño en las pruebas PISA nos dejan en muy mala posición. Los resultados muestran que 91 de cada 100 estudiantes quedaron por debajo del nivel mínimo de competencia en matemáticas, 77 de cada 100 en lectura y 74 de cada 100 en ciencias. Sólo 9 de cada 100 estudiantes de 15 años alcanzaron el nivel mínimo en matemáticas. Estos datos revelan la magnitud de nuestras deficiencias en educación y plantean serios problemas para nuestro desarrollo productivo.
Fui uno de los miles de dominicanos que salieron a las calles vestidos de amarillo para lograr el 4% para educación, pensando que un presupuesto mayor nos iba a poner en el camino de transformar nuestro sistema educativo y cambiar la educación del siglo XX por la educación del siglo XXI.
El aumento del presupuesto para educación nos trajo mayor número de aulas, almuerzos para nuestros estudiantes y mayor cobertura, pero no cambió la educación; es decir, qué enseñamos y por qué enseñamos. Esto no fue posible porque la educación es sólo uno de los ejes, quizás el principal, de los cambios estructurales que estamos obligados a impulsar. Y si no tenemos una visión del mañana que queremos ser como país y sociedad, ni un compromiso político real para hacer posibles estos cambios, no podemos esperar tener claro el tipo de educación que necesitamos. Lo que ha sido notorio es el despilfarro, las malas inversiones y, sobre todo, el saqueo de estos fondos a través de la corrupción.
Para 2050, el deterioro ambiental habrá avanzado. El cambio climático se sentirá con más fuerza, impactando negativamente en sectores productivos como la agricultura y el turismo. La República Dominicana ocupa parte de una isla y el aumento de las temperaturas contribuirá al aumento del nivel del mar. Podríamos estar perdiendo partes de nuestro territorio, que quedarían cubiertas por el agua. Tendremos mayores presiones sobre nuestros bosques, nuestras costas, nuestras tierras agrícolas y, sobre todo, nuestra agua. Los fenómenos meteorológicos extremos podrían volverse cada vez más destructivos y costosos para nuestra economía y sociedad.
La realidad de Haití y sus repercusiones en nuestro país es otro de los grandes desafíos para nuestro futuro. Es un tema que trataremos en otro artículo.
Durante años hemos diagnosticado problemas que siguen ahí, sin resolver. Hablamos de reforma educativa, reforma tributaria, reforma eléctrica, institucionalidad, ordenamiento territorial, productividad, agua y transformación del Estado. Sin embargo, las reformas siguen posponiéndose porque tienen costos políticos y electorales inmediatos.
Tenemos un Estado muy condicionado por el clientelismo y una concepción patrimonial del poder. Un Estado que reparte regalos, que manipula y controla a través de ellos a sectores de la ciudadanía, en lugar de construir capacidades y autonomía ciudadana. Un Estado que responde a la urgencia antes que a la planificación; que encuentra recursos para atender demandas particulares, pero enormes dificultades para sostener las políticas públicas de desarrollo en el corto, mediano y largo plazo.
Pero esta transformación no será posible sin instituciones fuertes, sin un Estado capaz de planificar y ejecutar políticas públicas que trasciendan a los gobiernos, sin una educación de calidad que forme profesionales para esta nueva etapa de la humanidad y sin una visión compartida de país.
No podemos seguir hipotecando el mañana por las conveniencias políticas del presente. Cada reforma que pospongamos, cada problema que dejemos crecer y cada oportunidad que desperdiciemos acabarán pasando factura a las generaciones que vendrán después de nosotros.
El futuro que seremos tendrá que construirse entre todos y con todos. Y si queremos que el mañana sea diferente, tenemos que empezar a construirlo hoy. Nada nos caerá del cielo como el maná.


