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domingo, noviembre 1, 2026
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No es izquierda o derecha, es EFICIENCIA

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La discusión política en torno a ideologías tiene un valor innegable. Desde el punto de vista de la formación individual, debatir sobre el papel del Estado, el mercado o la justicia social ayuda a moldear el carácter ciudadano y da un sentido ético a nuestras posiciones personales. Sin embargo, cuando se cruza el umbral de Palacio Nacional y se asume la presidencia de la República, la retórica tiene que dar paso a la realidad. Como directivo público, un líder no se evalúa por la pureza de su doctrina, sino por la contundencia de sus resultados. En el ejercicio del poder, el pragmatismo no es una opción, es una imposición de los hechos.

La historia universal muestra que las naciones avanzan cuando sus líderes comprenden el signo de sus tiempos más allá de sus manuales partidistas. En la Europa de los años 1980 coexistieron la rigidez liberal de Margaret Thatcher en el Reino Unido y el socialismo francés de François Mitterrand. A pesar de estar en polos ideológicos opuestos, ambos gobernaron en una época de notable dinamismo para la región porque supieron adaptar sus agendas a las crisis y necesidades materiales de sus respectivos contextos, priorizando la estabilidad y el crecimiento sobre los dogmas.

Esta necesidad de pragmatismo se exacerba drásticamente en los países en desarrollo. En realidades como la nuestra, aplicar una receta ideológica de laboratorio es casi imposible, ya que choca frontalmente con urgencias estructurales que no permiten demoras. Un presidente no se permite el lujo de teorizar cuando se trata de garantizar la paz social o sostener un sistema eléctrico nacional que, nos guste o no, requiere subsidios estatales para evitar colapsar y arrastrar consigo a la economía. Las crisis cotidianas de servicios públicos, infraestructuras y seguridad se resuelven con gestión técnica, no con manifiestos ideológicos.

No es izquierda ni derecha, es EFICIENCIA

De cara al horizonte electoral venidero, esta reflexión se vuelve urgente. En un ambiente internacional profundamente polarizado y sesgado por debates culturales e ideológicos extranjeros, los dominicanos tendrán la tarea de elegir un nuevo liderazgo para el Estado. El riesgo de importar disputas estériles entre izquierda y derecha es alto, y sólo servirá para desviar la atención de lo verdaderamente importante: la capacidad de ejecución, la sostenibilidad fiscal y la eficiencia administrativa de quienes aspiran a gobernar.

Afortunadamente, la República Dominicana tiene una sólida escuela de realismo político. Desde 1966 a la fecha, los partidos y gobernantes que han administrado el Estado han mantenido un hilo conductor de pragmatismo. Un ejemplo memorable ocurrió en 1978, el Partido Revolucionario Dominicano (PRD) llegó al poder manteniendo fuertes lazos de solidaridad internacional con el Partido Independentista Puertorriqueño (PIP). Sin embargo, una vez asumió el liderazgo del Estado, el presidente Antonio Guzmán priorizó la política exterior y los intereses estratégicos del país, respetando las relaciones diplomáticas y el status quo con Puerto Rico. Guzmán entendió perfectamente la diferencia entre simpatía partidaria y responsabilidad del Estado.

Gobernar es asignar recursos escasos para resolver problemas complejos. El elector dominicano del futuro deberá agudizar su mirada para distinguir entre ilusionistas retóricos y verdaderos gestores públicos. En un mundo volátil, el éxito de una gestión no se mide por la dirección en la que gira su discurso, sino por la eficacia con la que resuelve la vida de las personas.

Como ciudadano y político no oculto mis convicciones, soy conservador, creo profundamente en el valor de la familia, soy provida y defiendo una visión tradicionalista de la sociedad. Haber aspirado a ser diputado me permitió conectar directamente con las fibras más profundas de nuestra identidad. Sin embargo, tener principios firmes no me impide comprender que el Estado no es un templo de pureza ideológica sino una maquinaria de la más alta sofisticación. La brújula moral que guía nuestras vidas es una cosa y la administración de los asuntos públicos es otra muy distinta. La fe y los valores sostienen el alma de una nación, pero la eficiencia y el orden técnico sustentan su viabilidad diaria.

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