La reciente puesta en circulación de la edición ampliada del libro “Haití y los intereses nacionales”, del abogado, escritor y líder político Pelegrín Castillo Semáncoincide de manera milimétrica con un punto de inflexión para el aparato productivo del país.
El lanzamiento de Programa Nacional de Mecanización (Pronamec) del presidente Luis Abinader y el ministro de Agricultura, Francisco Oliverio Espaillat Bencosme, parece presentarse como la respuesta técnica y pragmática a una de las advertencias que la dirigencia de la Fuerza Nacional Progresista, junto a sectores nacionalistas, ha mantenido durante décadas: la urgencia de desmantelar la extrema dependencia de la mano de obra extranjera irregular en sectores claves de la economía nacional.
En su obra, Castillo desglosa con rigor cómo la soberanía de un Estado no sólo se defiende con el control militar de sus fronteras, sino también mediante la sostenibilidad y autodeterminación de sus estructuras internas. Me dio una entrevista para el programa de televisión. La prensa de hoy Domingo.
Desde el punto de vista del autor, la tolerancia histórica hacia la inmigración masiva de indocumentados ha funcionado como un subsidio artificial para ciertos sectores empresariales. Este fenómeno no sólo deprime los salarios de los trabajadores locales, sino que también estanca el desarrollo tecnológico del campo dominicano, atrapándolo en un esquema de baja productividad y alta vulnerabilidad geopolítica.
El plan oficial de tecnología agrícola valida, en teoría, esta tesis defensiva. El objetivo de automatizar la producción de arroz, maíz o frijol demuestra que acabar con el trabajo informal es técnicamente viable en las tierras planas del país. Sin embargo, un enfoque verdaderamente crítico y fiel a la complejidad que plantea Castillo en su libro requiere mirar las costuras de esta estrategia. La geografía dominicana impone severos límites físicos. Los cultivos de montaña, como el café, o la estructura atomizada de las pequeñas propiedades rurales, difícilmente podrán sustituir las armas humanas por drones o tractores en el corto plazo.
El paradoja central radica en el factor económico. Mientras los controles fronterizos sigan siendo permeables y persista la impunidad para quienes contratan al margen de la ley, la inversión en alta tecnología será poco atractiva para el productor promedio. La mano de obra precaria siempre competirá en costos con las máquinas. Por tanto, la mecanización no puede ser un esfuerzo de ingeniería aislado; Debe ser una política de Estado que incluya una profunda reforma laboral, el estricto cumplimiento de la ley migratoria y la real dignificación del salario del trabajador criollo.
Asimismo, el análisis de Castillo nos obliga a mirar más allá de las parcelas agrícolas. Aunque el campo inicia su reconversión, sectores urbanos como la construcción civil y los servicios turísticos continúan absorbiendo flujos migratorios masivos sin planes estatales de automatización equivalentes. El riesgo inminente es un simple desplazamiento del problema de las zonas rurales a las periferias urbanas.
el libro de Pelegrín Castillo Sirve hoy como un espejo incómodo pero necesario para el éxito del plan de gobierno. La modernización de la agricultura, un tema que se ha discutido durante décadas en el sector agrícola, no debe ser un anuncio temporal o una simple estrategia de relaciones públicas. Si República Dominicana aspira a proteger sus intereses nacionales frente a la crisis del vecino Estado fallido (Haití), la mecanización debe asumirse como el primer paso de una transición estructural irreversible hacia la legalidad, la modernización y la soberanía económica.


