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domingo, agosto 16, 2026
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cuando la prisa de hoy es la hipoteca del mañana

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América Latina21

Por Constanza Mazzina

En la geopolítica actual, el tiempo es una moneda tan valiosa como el dólar o el yuan. Mientras las democracias occidentales llegan a la mesa de negociaciones con maletines llenos de manuales de cumplimiento, estudios de impacto ambiental decenales y cláusulas de derechos humanos que parecen sermones, China llega con un bolígrafo y un cheque. Es el «ritmo chino»: una velocidad frenética que no se explica por una logística superior, sino por una voluntad política de sortear los filtros que suelen proteger a las naciones de sus propios errores.

Cuando los controles institucionales son débiles, la velocidad de Beijing actúa como un seductor canto de sirena que permite a las elites ignorar la supervisión técnica en favor de una rentabilidad política inmediata. China entiende perfectamente el ciclo electoral: un político necesita inaugurar algo grande antes de las próximas elecciones. Beijing ofrece precisamente eso: la capacidad de pasar del plan a la realidad en un tiempo récord, sin hacer preguntas incómodas sobre la transparencia de la licitación o la viabilidad a largo plazo. Sin embargo, esta velocidad tiene un diseño estratégico: en países donde la justicia es débil y la supervisión nula, es mucho más fácil cooptar a las élites que convencer a una sociedad. La negociación deja de ser un acuerdo entre Estados y pasa a ser un pacto entre individuos, donde el beneficio inmediato del gobernante se paga con los bienes futuros de la nación.

Los ejemplos de esta «vía rápida» hacia el desastre suenan hoy como una advertencia en todo el Sur Global. En Ecuador, la represa Coca Codo Sinclair se vendió como el milagro energético que necesitaba el país. Fue negociado y construido con asombrosa rapidez bajo el gobierno de Rafael Correa. ¿El resultado? Hoy la infraestructura tiene miles de grietas, funciona a la mitad de su capacidad y está bajo la sombra de una erosión regresiva que amenaza con destruirla por completo. Lo que fue un éxito de “gestión rápida” se convirtió en una deuda eterna para una obra que se viene abajo.

Algo similar ocurrió en Sri Lanka, donde el puerto de Hambantota era hijo predilecto de una élite política que buscaba proyectos faraónicos en su región natal. La falta de un estudio de mercado serio y la rapidez del crédito chino permitieron la construcción de un puerto que nadie utilizó. Cuando el país no pudo pagar, la «facilidad» china mostró su otra cara: Sri Lanka tuvo que ceder la soberanía del puerto a una empresa estatal china durante 99 años para perdonar la deuda. Incluso en proyectos más pequeños, la prisa es a menudo el velo de la corrupción. En Bolivia, el caso de la empresa CAMC reveló cómo los contratos por invitación directa –el mecanismo favorito para la celeridad– terminaron vinculados a círculos internos del poder, dejando obras cuestionadas y procesos judiciales a medio terminar.

Sin embargo, la historia no es una condena inevitable. Países como Malasia han demostrado que es posible despertar antes de que se seque el cemento. Tras un cambio de gobierno, Kuala Lumpur frenó proyectos ferroviarios multimillonarios ya firmados con Pekín, denunciando que los costes estaban inflados para encubrir esquemas de corrupción por parte de la élite anterior. Al exigir transparencia y sentarse a renegociar desde una posición de fortaleza institucional, lograron ahorrar miles de millones y recuperar la soberanía sobre su propia infraestructura.

La lección para nuestra región es clara: la velocidad de los contratos chinos no es un regalo, es una prueba de resistencia para nuestras democracias. Si un acuerdo tarda demasiado en ser auditado, probablemente se deba a que no está diseñado para beneficiar al país, sino para proteger a quienes están en el poder en ese momento. Al final, lo que se ahorra en tiempo de negociación termina pagándose con recursos naturales entregados a precio de ganga y con obras que tienen una fecha de vencimiento mucho antes de que se termine de pagar la deuda.

La próxima vez que un gobierno anuncie un megaproyecto firmado «en tiempo récord», no deberíamos celebrar la eficiencia, sino empezar a buscar dónde está la trampa; porque en la diplomacia rápida de chequera, quien no lee la letra pequeña acaba renunciando al futuro. El verdadero peligro no reside en la ambición de China, sino en la fragilidad de nuestros propios contrapesos.

La velocidad china, en última instancia, no tiende puentes hacia el desarrollo, sino más bien abre caminos hacia la captura del Estado, donde la factura de la opacidad siempre termina siendo pagada por la próxima generación.

Constanza Mazzina es directora de la carrera de ciencias políticas de la Universidad del CEMA (UCEMA), Argentina.

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