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lunes, agosto 17, 2026
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Los dominicanos cambiaron, los partidos no

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¡El país real ya no encaja en la política tradicional! Ha surgido una generación que los partidos no han sabido comprender y mucho menos manipular.

Mientras los partidos siguen centrados en alianzas, candidaturas, cuotas de poder y estrategias electorales, una parte creciente de la población discute otros temas: corrupción, calidad del gasto público, inseguridad, educación, salud, transporte, salarios y costo de vida. La agenda ciudadana avanza por un camino distinto al de los partidos

Informarse ya no depende exclusivamente de los periódicos, la televisión o los discursos de los partidos para formarse una opinión. Hoy estos jóvenes tienen acceso a información, comparan datos, contrastan versiones y, sobre todo, conversan entre iguales. La política dejó de ser monopolio de los partidos.

Robert Michels Advirtió (hace más de un siglo) que toda organización política tiende a concentrar el poder en una élite gobernante. Su conocida “ley de hierro de la oligarquía” explica cómo los partidos terminan distanciándose de las bases que dicen representar y centrándose en sus propios intereses, los de las élites o familias que los dirigen o los grupos “oscuros” que representan.

Las redes de comunicación han cambiado la relación entre poder y ciudadanía, permitiendo que la indignación se organice y desafíe las estructuras tradicionales, según Manuel Castells, desde hace unos años. Eso es exactamente lo que está pasando en la República Dominicana.

La pérdida de confianza no surgió con un gobierno o con un partido en particular. Es el resultado de décadas de promesas incumplidas, de campañas que prometen transformar el país y de gobiernos que, una vez instalados en el poder, terminan priorizando objetivos muy diferentes a los que ofrecieron en las plazas públicas. Las partes hablan entre ellas; El país habla de otra cosa.

No es casualidad que cada elección encuentre más dominicanos desencantados y que aumente la abstención. Tampoco sorprende que las encuestas reflejen un porcentaje creciente de ciudadanos que no se sienten representados por ninguna organización política. Cuando las instituciones dejan de canalizar demandas sociales, siempre aparece alguien dispuesto a llenarla y casi nunca lo llena la moderación, lo llena el desencanto, el populismo o los extremos.

Paradójicamente, muchos de los cambios más importantes que ha experimentado el país en los últimos años no nacieron de los partidos, sino de la presión de los movimientos sociales impulsados ​​principalmente por una clase media cada vez más oprimida, desprotegida, pero conectada e informada.

Fueron estas movilizaciones las que colocaron cuestiones fundamentales en el centro del debate nacional y obligaron al poder político a reaccionar.

La historia muestra que cuando los partidos dejan de representar las frustraciones y aspiraciones de la sociedad, la gente tiende a buscar alternativas cada vez más radicales. No necesariamente porque crean en ellos, sino porque quieren castigar a quienes consideran responsables de su estancamiento. La votación se convierte entonces más en un instrumento de protesta que de esperanza.

Quizás el mayor error del PRM, el PLD y la Fuerza del Pueblo sea no gobernar mal ni oponerse a la oposición de manera deficiente. Su mayor error es seguir creyendo que los ciudadanos siguen jugando con las reglas de una política que cambió hace mucho tiempo… Y cuando los partidos no entienden el cambio en la sociedad, es la sociedad la que acaba cambiando a los partidos.

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