Pocos países han sido tan incomprendidos como Suecia. Según quién cuente la historia, representa la prueba definitiva de que la socialdemocracia funciona o, por el contrario, el mejor ejemplo de que los mercados libres generan prosperidad mientras que la intervención estatal termina debilitándola. Ninguna de estas interpretaciones refleja con precisión la experiencia sueca. Su historia económica es mucho más compleja, ya que su éxito no se explica por haber elegido entre el capitalismo y el Estado de bienestar, sino por haber encontrado un equilibrio entre una economía de mercado competitiva, un sólido sistema de protección social y una estricta disciplina fiscal.
Hay un hecho que es difícil de discutir: Suecia ya era un país próspero antes de construir el extenso Estado de bienestar por el que es conocido hoy. Durante gran parte del siglo XIX estuvo entre las naciones más pobres de Europa y cientos de miles de suecos emigraron a América del Norte en busca de oportunidades que su país aún no podía ofrecerles. El cambio comenzó cuando una serie de reformas económicas impulsaron la iniciativa privada, fortalecieron los derechos de propiedad, redujeron las barreras al comercio y favorecieron la industrialización. A finales del siglo XIX, las empresas suecas competían con éxito en los mercados internacionales, la industria manufacturera se expandía rápidamente y la productividad aumentaba constantemente. Entre 1870 y la década de 1930, Suecia experimentó una de las tasas de crecimiento económico más altas del mundo industrializado, sentando las bases de la riqueza que décadas más tarde haría posible financiar un extenso sistema de servicios públicos.
Este recorrido histórico desmonta una idea muy extendida sobre el modelo sueco. La atención sanitaria universal, la educación pública, las pensiones y el seguro social no son responsables de la prosperidad del país; sucedió exactamente lo contrario. Décadas de crecimiento económico sostenido proporcionaron los recursos necesarios para que los sucesivos gobiernos ampliaran estos programas sin comprometer la estabilidad económica. En otras palabras, Suecia primero construyó una economía capaz de generar riqueza y sólo después utilizó parte de esa riqueza para desarrollar un sólido sistema de protección social.
Después de la Segunda Guerra Mundial, el modelo social sueco se expandió gradualmente. La asistencia sanitaria universal se convirtió en uno de los pilares del contrato social; La educación superior estuvo disponible para la mayoría de la población; el cuidado infantil recibió un importante apoyo público y una generosa licencia parental facilitó una mayor participación de las mujeres en el mercado laboral. Durante varias décadas, esta combinación pareció funcionar de manera ejemplar porque el crecimiento económico permitió mejorar simultáneamente los niveles de vida y ampliar el gasto público. Mientras la productividad siguiera aumentando y las empresas siguieran siendo competitivas, el sistema parecía plenamente sostenible.
Ese equilibrio, sin embargo, comenzó a deteriorarse durante los años 1970 y 1980. El gasto público aumentó rápidamente, las presiones fiscales alcanzaron niveles extraordinariamente altos y la regulación se volvió cada vez más extensa. En algunos casos, las tasas marginales efectivas llegaron a ser tan altas que desalentaron la inversión y el espíritu empresarial. La productividad comenzó a desacelerarse, las empresas perdieron dinamismo y parte del capital buscó mejores oportunidades fuera del país. El problema no era la existencia del Estado de bienestar, sino más bien que el marco institucional que lo sustentaba se había vuelto cada vez menos eficiente y cada vez más difícil de financiar en el largo plazo.
Estas debilidades quedaron expuestas con la crisis financiera de principios de los años noventa. Suecia sufrió una profunda crisis bancaria, el desempleo aumentó drásticamente, la actividad económica se contrajo y las cuentas públicas entraron en un desequilibrio significativo. Entonces, los formuladores de políticas comprendieron que preservar un generoso sistema de protección social requería recuperar la fortaleza de la economía privada que lo financiaba. En lugar de desmantelar el Estado de bienestar o aferrarse a políticas que habían dejado de funcionar, gobiernos de diferentes tendencias políticas coincidieron en la necesidad de emprender reformas profundas.
Esas reformas transformaron la economía de Suecia sin desmantelar su red de seguridad social. Se liberalizaron los mercados financieros, aumentó la competencia en muchos sectores, se rediseñó el sistema de pensiones para asegurar su sostenibilidad y se fortaleció el marco fiscal mediante límites de gasto, metas de superávit presupuestario y reglas más estrictas para las finanzas públicas. Al mismo tiempo, se redujeron las altas tasas marginales del impuesto a la renta y se eliminaron tanto el impuesto a la herencia como el impuesto al patrimonio con el propósito de fomentar la inversión, el ahorro y el emprendimiento. Detrás de estas decisiones había un amplio consenso político: los servicios públicos sólo podrían mantenerse si las empresas seguían siendo competitivas, la innovación continuaba generando riqueza y la economía generaba los ingresos fiscales necesarios para financiarlos.
La Suecia actual demuestra que un gran sector público y una economía de mercado dinámica no son conceptos incompatibles. El país ocupa recurrentemente las primeras posiciones en los índices internacionales de innovación, competitividad y emprendimiento, al tiempo que mantiene la asistencia sanitaria universal, la educación financiada con recursos públicos, políticas familiares generosas y un sistema de protección social que cubre los principales riesgos que enfrentan sus ciudadanos. Lejos de constituir una contradicción, este modelo responde a una clara división de funciones: los mercados generan riqueza, mientras que el Estado proporciona bienes públicos, reduce la inseguridad económica y amplía las oportunidades para toda la población.
Otra característica distintiva de Suecia es que la responsabilidad fiscal nunca se considera un objetivo secundario. A diferencia de otras economías avanzadas que financian recurrentemente un elevado gasto público a través de déficits persistentes, el país opera bajo reglas fiscales diseñadas para preservar la sostenibilidad a largo plazo de las cuentas públicas. Existe un amplio consenso político en torno a la idea de que los programas sociales sólo conservan su legitimidad cuando pueden financiarse de manera responsable y sin traspasar una creciente carga de deuda a las generaciones futuras.
La experiencia sueca también nos invita a reconsiderar la relación entre crecimiento económico y desigualdad. Los dos objetivos a menudo se presentan como incompatibles, como si una sociedad tuviera que elegir entre maximizar la eficiencia económica o promover una mayor igualdad. Sin embargo, la historia sueca muestra que esta dicotomía es en gran medida falsa. Los mercados competitivos fomentan la innovación, la inversión y el aumento de la productividad, mientras que el acceso universal a la educación, la atención sanitaria, el cuidado infantil y el seguro social permite que más personas participen plenamente en la actividad económica. En ese sentido, la libertad económica y la protección social no son mutuamente excluyentes; Por el contrario, pueden fortalecerse cuando las instituciones funcionan adecuadamente.
Nada de esto significa que Suecia haya encontrado una fórmula perfecta. El país continúa enfrentando desafíos importantes, incluido el envejecimiento de la población, la escasez de vivienda, la integración de los inmigrantes, las listas de espera en el sistema de salud y los costos asociados al cambio demográfico. Como ocurre con cualquier economía desarrollada, sus instituciones continúan evolucionando para responder a nuevas circunstancias, en lugar de asumir que las políticas que funcionaron una vez seguirán siendo efectivas indefinidamente.
Quizás sea precisamente esta capacidad de adaptación la mayor fortaleza de Suecia. En lugar de enfrentar al mercado y al Estado como si fueran proyectos irreconciliables, el país ha ido ajustando el equilibrio entre ambos a medida que cambiaban las condiciones económicas. Cuando la presión fiscal resultó excesiva, se redujo; cuando las finanzas públicas perdieron fuerza, se reforzaron las reglas presupuestarias; y cuando ciertos programas sociales resultaron eficaces, fueron preservados y mejorados. El objetivo nunca fue la pureza ideológica, sino más bien la sostenibilidad institucional y la capacidad de corregir el rumbo cuando las circunstancias lo exigieran.
Para los países que buscan reducir la desigualdad sin renunciar al crecimiento económico, la experiencia sueca ofrece una lección que merece ser tomada en serio. Un Estado de bienestar fuerte no elimina la necesidad de mercados competitivos, del mismo modo que una economía de mercado no puede prescindir de instituciones públicas eficaces. La prosperidad sostenible requiere ambas cosas. Los mercados generan la riqueza que hace posible financiar los servicios públicos, mientras que las políticas sociales bien diseñadas amplían las oportunidades, fortalecen el capital humano y reducen la inseguridad económica.
La principal lección de Suecia no es que haya encontrado una receta infalible o un modelo exportable sin ajustes. Su verdadero mérito reside en haber comprendido que la prosperidad y la cohesión social no son objetivos incompatibles cuando los mercados funcionan, las instituciones son sólidas y las finanzas públicas se gestionan responsablemente. En lugar de elegir entre Estado o mercado, Suecia demuestra que el desafío es encontrar el equilibrio adecuado entre los dos y tener la voluntad política para preservarlo cuando las circunstancias cambien.
Referencias
Bergh, A. (2020). Estados de bienestar hayekianos: explicando la coexistencia de libertad económica y gran gobierno. Revista de economía institucional.
Bergh, A. y Erlingsson, G. (2009). Liberalización sin recortes: comprensión del consenso sobre las reformas del estado de bienestar sueco. Estudios políticos escandinavos.
Molander, P. y Nilsson, JA (2008). El marco de política fiscal sueca. Estudios Fiscales.



