Hay días suspendidos en el tiempo, fragmentos de eternidad que se resguardan en los albores de la memoria para recordarnos que vivir es un milagro. Son esos momentos capaces de transformar el otoño más frío en una perpetua primavera, donde cada hoja que se cae no cae, sino que fecunda el suelo, convertida en el pétalo de una nueva ilusión. Son fechas que viajan en el tren de nuestra existencia y, al tocar su estación, sacuden el alma con un suspiro imperecedero.
Bajo el cielo de este sentimiento, recuerdo lo que pasó el 20 de octubre de hace exactamente veintiún años.

Aquella mañana amaneció vestida de una solemnidad celestial. El sol parecía haber transformado su luz en un esmoquin de destellos resplandecientes, mientras los pájaros, en una coreografía perfecta, cantaban canciones de amor de rama en rama. Arriba, en el lienzo infinito, las nubes se entrelazaron como manos invisibles para dibujar un corazón monumental.
Sin embargo, ante tal complicidad de la creación, mi quietud flaqueó. Un sutil viento de nervios y ansiedad sacudió mi pecho: mis manos estaban húmedas, mis piernas temblaban y mi pulso latía como tambores sagrados en medio del silencio. La casa, convertida en una pista de carreras sin meta, testimoniaba mi deambular de un lugar a otro. Pero detrás de la avalancha, una inmensa bienaventuranza surgía en mi horizonte.
Mientras el reloj avanzaba hacia la hora señalada, un aleteo invisible de mariposas multicolores inundó mi ser con tonos de pura alegría. Y entonces, el tiempo se detuvo. Dios mismo, vestido de luz prístina, nos esperaba en el altar. Su sonrisa universal, cómplice y protectora pareció estallar en un aplauso divino cuando nos vio llegar. Ante su sagrada mirada, dos almas imperfectas, sostenidas por su infinita misericordia, decidieron entrelazar sus destinos para siempre.
Ese 20 de octubre, el Creador me entregó el más excelente de los legados: una rosa de fragancia eterna, tejida de alegría y bienaventuranza. Tu nombre, Rosalis, estaba sellado en mi pecho.
Hoy celebramos veintiún años de unión matrimonial, las Bodas de Roble que simbolizan no sólo la resistencia y la perseverancia, sino el refugio inquebrantable de un hogar que ha mantenido a Dios como su roca y centro. Dos décadas y un año navegando juntos, decididos a amarnos más allá de las mareas imprevistas, perdonando y aceptando nuestras debilidades y transformando los desafíos en puentes hacia la eternidad.
Caminar a tu lado, Rosalís, es habitar la esperanza. Has sido, eres y serás la decisión más lúcida y bonita de mi vida. Eres la música que arrulla mi alma, la poesía que rescata mis anhelos, la suave ola que besa las playas de mi amor y la única melodía que resuena, sin pausa, en la estación de mi ser. Eres mi ternura, mi cordura y mi bendición.
Al conmemorar este aniversario, elevo mi agradecimiento en un canto de oración al Padre Celestial por haberme coronado con tan sublime musa. Bajo su santa gracia, renuevo hoy nuestros votos, rogando que nunca falte en nuestra mesa el vino milagroso de Caná de Galilea, aquel que transforma lo cotidiano en extraordinario.
Pido a Jesús, nuestro Hermano Mayor, que me conceda la alegría de amarte todos los días de mi existencia, sin tregua, sin vacaciones ni fines de semana largos; un amor tan vasto y ardiente que hace que el infinito mismo parezca pequeño.
¡Feliz 21 aniversario de bodas, mi amor! Te elegí ese día, te elijo hoy y te elegiré por el resto de mi vida. ¡Te amo y te amaré por siempre!


