Como en mayo de 1968, un movimiento estudiantil Nace en París, expandiéndose por toda Francia y de allí a prácticamente toda Europa. El contenido de las demandas, los temas principales y la violencia del movimiento actual difieren del de entonces. Esta vez la ira, las frustraciones, el sentimiento de exclusión y la incertidumbre sobre el futuro constituyen el combustible fundamental que sopla las llamas que queman edificios públicos, comercios, vehículos y negocios privados en las principales ciudades de la citada nación. Las demandas cambian según el país, pero no las cuestiones de los servicios. En España, la vivienda es crucial en la actual situación electoral.
Pero ese país no sólo está al borde de unas elecciones decisivas para su futuro, sino que Alemania, Francia e Italiacuyos resultados podrían cambiar drásticamente el destino del continente, ya que junto con Inglaterra constituyen el corazón de su economía. El movimiento actual se desarrolla en el contexto del ascenso de la derecha reaccionaria a nivel mundial y la extrema debilidad de los grandes partidos, gremios y sindicatos que antes aglutinaban y protegían a la clase trabajadora que, además, tenía una influencia significativa en el mundo de la política. academia, arte y cultura.
En las últimas décadas, la pobreza y la desigualdad han crecido de manera sostenida en todas las ciudades del mundo, a diferencia de lo que ocurría antes cuando sólo crecían en el tercer mundo. El diario El País informa que el 5,4% de la población de la Francia metropolitana vivía por debajo del umbral de pobreza en 2024, el porcentaje más alto desde 1996, según el Instituto Nacional de Estadística y Estudios Económicos. Las desigualdades espaciales están aumentando entre los tradicionales barrios ricos de París y sus periferias. Por esta razón, la tesis de Mike Davis gana consistencia: “la urbanización de la pobreza global” ha “producido la urbanización de la insurgencia”. En consecuencia, la ciudad se convierte en escenario de luchas políticas y sociales incontrolables.
Algunos piensan que el curso violento de las reivindicaciones actuales, a excepción de la lucha por la vivienda en España, podría favorecer electoralmente a la derecha reaccionaria. Pero estas luchas muestran una nueva y auspiciosa tendencia de la juventud a conectarse con sectores progresistas que puede que no sea temporal. La mayoría de los jóvenes franceses y españoles votarían por la izquierda, como ocurrió en Chile en 2019. Estos estallidos sociales no conducirán a la revolución como se piensa tradicionalmente, pero son señales de que la llamada paz social no es posible si persisten la pobreza y la desigualdad.
Muestran que sin grandes inversiones públicas para tener una educación de calidad, sería difícil tener un proceso productivo tecnológicamente eficiente y socialmente efectivo, con capacidad de ofrecer servicios básicos para la vida diaria de las personas. Que, sin esa inversión en las ciudades más allá de la infraestructura vial, éstas desarrollarán sus espacios en la lógica de la especulación del capital inmobiliario y, por tanto, con la degradación de sus periferias. Serán escenas de rabia, convertidas en violencia espasmódica e incendiaria, generalmente poco propicia, de la que ningún ámbito quedará a salvo.


