La violencia contra las mujeres en República Dominicana es una fractura cultural que lamentablemente atraviesa generaciones y territorios.
Se trata de una grieta que revela las tensiones más profundas de nuestra convivencia familiar y social, con cifras tan contundentes como la que establece que “más de 842.288 denuncias por violencia de género, doméstica y delitos sexuales ocurrieron en el periodo 2015-2025”.
Los datos fueron tomados de la “Radiografía de los delitos de violencia de género, doméstica y sexual en República Dominicana”, publicada por la Fiscalía General de la República, en noviembre del año pasado 2025.
Si bien los feminicidios han mostrado cierta reducción en los últimos años, la persistencia del fenómeno demuestra que no basta con celebrar descensos porcentuales cuando la vida de tantas mujeres aún está en riesgo y las causas que podrían estar amenazandolas siguen latentes.
Las estadísticas indican que los fines de semana representan casi la mitad de los feminicidios, y que los lunes son los días con mayor número de denuncias.
Estos datos nos obligan a reconocer que la violencia es alimentada por dinámicas familiares y sociales que requieren una profunda transformación cultural, más allá de la respuesta ministerial, policial o judicial.
Por estas razones, la reunión del “Gabinete de Mujeres, Adolescentes y Niñas”, encabezado por la ministra de la Mujer, Gloria Reyes, representa un valioso intento de articular voluntades.
Más de 20 instituciones públicas, organizaciones civiles y organismos internacionales se han sentado a la mesa para revisar medidas, ampliar la atención y fortalecer la protección, en un esfuerzo que merece reconocimiento, porque la dispersión institucional ha sido históricamente uno de los mayores obstáculos en la lucha contra la violencia de género.
El cruce de registros entre el Sistema Nacional de Atención a Emergencias y Seguridad 9-1-1 y la Línea 212 del Ministerio de la Mujer es un avance significativo, que va más allá del simple intercambio de datos y busca construir inteligencia colectiva e identificar recurrencias y áreas críticas, para dirigir recursos públicos hacia donde más se necesitan.
La iniciativa del Ministerio de la Mujer, denominada Programa PRISMA 2027, que comenzará en Santiago, Santo Domingo y San Cristóbal, busca ampliar la cobertura territorial a través de asociaciones sin fines de lucro bajo estándares de calidad y supervisión y eso es sumamente necesario.
Es una apuesta por descentralizar la atención y acercar los servicios a las comunidades más afectadas. Sin embargo, el desafío será garantizar que estas organizaciones tengan la capacidad real de respuesta y que el Estado mantenga la vigilancia necesaria para evitar improvisaciones.
También se trabaja en la Ley Mirabal, que agrega una dimensión política y jurídica crucial y es un proyecto que pretende articular prevención, atención, protección, sanción y reparación en un sistema integral.
Es, en esencia, un intento de dar coherencia a un marco jurídico disperso y garantizar derechos claros para las víctimas. Pero hay que esperar porque, como toda ley, su efectividad dependerá de la voluntad política y la capacidad institucional para aplicarla sin demoras ni excusas.
El Ministerio de Hacienda, por su parte, ha recordado que la violencia no se puede analizar de forma aislada: la mortalidad materna, el trabajo no remunerado, las desigualdades territoriales y las brechas de género forman parte de un mismo marco escalofriante.
Combatir la violencia requiere también combatir la pobreza, la exclusión y la falta de oportunidades, porque se entiende que la violencia es síntoma de un problema estructural.
Las iniciativas integrales propuestas son interesantes y necesarias, pero, como reflexión final, cabe preguntarse si hay capacidad suficiente para transformar estos planes en resultados tangibles.
La violencia contra las mujeres se combate con educación en igualdad desde la infancia, en el hogar, en la escuela, con políticas públicas sostenidas, con una justicia que llega a tiempo y con una sociedad que decide no tolerar más la indiferencia. ¡Estamos a tiempo!


