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viernes, septiembre 18, 2026
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“Aprendí lenguaje de señas para no perderme el mundo de mi hijo”

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Santo Domingo.-Para Leivy Marian Ramírez Cruz, aprender lengua de señas no fue un proyecto personal ni un objetivo académico: fue una decisión materna.

Como madre de tres hijos, siempre sintió una profunda preocupación por criarlos con valores, amor y propósito, decisión que la llevó, junto a su esposo, a acercarse a la fe y construir un hogar enfocado en principios espirituales.
Sin embargo, la vida le tenía reservada otra lección: un hijo es sordo.

Códigos familiares
Aunque desde pequeño, Leivy Marian nos cuenta que buscó oportunidades para su desarrollo e integración y durante años la comunicación entre ambos se construyó con señas, miradas y códigos familiares improvisados, “pero entendí que eso ya no era suficiente”. Ella recuerda: «Sentí que me faltaba algo. Quería entenderlo mejor, conocer su mundo y que él también pudiera entenderme completamente a mí».

El momento decisivo
Dice que el momento decisivo llegó en la iglesia, porque “todos los domingos veía a mi hijo sentado a mi lado, físicamente presente, pero desconectado de todo lo que pasaba a su alrededor. Fue entonces cuando entendí que la lengua de señas no era una opción. Era su lengua”.

Reflejo del cambio
Ramírez Cruz afirma que esta reflexión lo cambió todo y comenzó a investigar, estudiar y acercarse a la comunidad sorda, “lo hice por necesidad, pero también por amor”.

“Me di cuenta de que, sin querer, estaba limitando a mi propio hijo al no hablar su idioma”. Afirma que este aprendizaje transformó la relación con su hijo.

«Hoy puedo ayudarlo con las tareas escolares, hablar de sus emociones, apoyarlo en actividades religiosas y acompañarlo en cada etapa de su crecimiento. Poder comprender plenamente a un niño es uno de los mayores regalos que puede recibir una madre».

rutina familiar
Dice que el impacto no fue solo entre ellos, ya que en casa la lengua de señas empezó a ser parte de la rutina familiar y sus otros hijos aprendieron a comunicarse con su hermano y la convivencia cambió.
Asegura: “Las señas se convirtieron en nuestro lenguaje del amor”.

fuera de casa
En la iglesia acompaña constantemente a su hijo, interpretando enseñanzas y actividades para que pueda participar plenamente. Uno de los momentos más significativos ocurrió cuando compartió por primera vez su testimonio frente a una congregación. Y concluye: “Aprender el lenguaje de señas no sólo cambió nuestra comunicación, sino que también cambió nuestras vidas”.

Realidad

—Aprenden señas
A través de esta experiencia, Leivy descubrió una realidad que considera urgente visibilizar: muchas familias aún no aprenden la lengua de signos de sus hijos. “Cuando un niño sordo no tiene acceso a su lengua, experimenta enormes limitaciones”.

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