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sábado, septiembre 12, 2026
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La industria de la vagancia

Deberías Leer

Por John Vladimir Bencosme Guzmán
El Buen Día

“Mi patrón, mi jefe, tamo aquí.” Esa frase es recurrente en las principales intersecciones de la capital. Es la consigna de quienes han convertido la calle en empresa: sin papeles, sin inversión, sin nómina. No tienen contrato ni horario, pero actúan como si el espacio público les perteneciera y nosotros fuéramos sus patrones obligados. Su negocio consiste en señalarnos un parqueo que no es suyo, limpiar un cristal que no lo necesita o “cuidar” un carro que nunca vigilan.

No hay un servicio real, hay un simulacro. Lo que se vende no es trabajo, es presión. El cliente nunca pidió el servicio, pero igual debe pagar. Y lo que empieza con un “mi jefe” amable puede terminar en una mirada hostil, un insulto soterrado o el temor de encontrar un rayón en la puerta.

He visto demasiadas veces la misma escena: jóvenes sanos, con fuerza para cargar blocks en una construcción o atender mesas en un restaurante, que prefieren vivir del semáforo. Mujeres cargando niños pequeños como si fueran herramientas de trabajo, convirtiendo la inocencia en moneda. No siempre es la pobreza extrema lo que explica este fenómeno, sino la comodidad de lo fácil. La idea de que la calle paga más rápido que un salario formal.

El problema no es solo lo que hacen, sino el mensaje que transmiten. Los niños que crecen en ese entorno aprenden que pedir es una profesión legítima y que la esquina es una oficina abierta. Aprenden que el cartón, la franela sucia o un bebé en brazos son más rentables que el esfuerzo. Es la cultura de lo inmediato, donde el mérito no es producir, sino insistir; donde no se gana por lo que se hace, sino por lo que se exige.

Pero aquí hay algo más profundo: un Estado que mira hacia otro lado, alcaldías que entregan las calles a “cuida carros” improvisados, policías que se hacen de la vista gorda, en muchos casos hasta de agresiones, y una economía que no logra absorber a los jóvenes en empleos dignos y formales. Lo que llamamos “viveza” también es el resultado de la desidia institucional. Mientras el desorden se normaliza, se consolida una industria de la vagancia que desplaza valores de esfuerzo y disciplina.

La mendicidad disfrazada de servicio es una trampa social. Atrapados quedan quienes piden, porque nunca salen del círculo de la dependencia, y atrapados quedamos quienes damos, porque con cada moneda perpetuamos un sistema de vagancia legitimada. Al final, los que sí trabajamos, los que rendimos cuentas a un patrón verdadero y soportamos un jefe real, terminamos financiando un mercado que se alimenta de la culpa y del miedo.

Yo no soy patrón de pedigüeños ni jefe de limpiavidrios. Este país no puede seguir dándole espacio a la cultura del facilismo. Si no apostamos por el trabajo, la disciplina y la educación, terminaremos legitimando la idea de que pedir rinde más que producir, y esa sería nuestra derrota colectiva.

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