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martes, octubre 20, 2026
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Investigación de UNICEF identifica los factores que enmascaran la disciplina violenta contra la infancia y la adolescencia en República Dominicana

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SANTO DOMINGO.— ¿Por qué persiste el castigo físico como práctica parental, aún cuando la mayoría de madres, padres y cuidadores no consideran necesario educar? Los resultados de la ENHOGAR-MICS 2025 revelan esta contradicción: mientras sólo el 12,1% de las madres y cuidadores consideran necesario el castigo físico, el 54,9% de los niños y niñas de 1 a 14 años fueron disciplinados utilizando algún método de disciplina violenta.

Esta proporción aumenta hasta el 61,4% entre los niños y niñas de 3 a 4 años.

Para comprender los factores que explican esta brecha entre creencias y prácticas parentales, el Fondo de la Naciones Unidas para niños (Unicef) realizaron un estudio cualitativo que examina los determinantes sociales, psicológicos y ambientales que contribuyen a mantener y reproducir la disciplina violenta en los hogares dominicanos.

El castigo físico viola la dignidad y los derechos de niñas, niños y adolescentes. La evidencia científica demuestra que la exposición a la violencia y el abuso durante la infancia puede provocar estrés tóxico, un proceso bioquímico que afecta el desarrollo del cerebro y puede tener efectos negativos graves y duraderos en la salud, el aprendizaje, las oportunidades futuras y el bienestar. Sus consecuencias trascienden el ámbito individual y representan un obstáculo para el desarrollo social y económico del país.

Todavía existe una idea muy arraigada de que, para que un niño respete, hay que hacerle sentir miedo. El desafío es demostrar, desde la familia, la escuela y la comunidad, que poner límites y ejercer autoridad no significa recurrir a la violencia”, afirmó. carlos carrerarepresentante de Unicef República Dominicana.

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Brecha entre rechazo y práctica violenta

los datos de la ENHOGAR-MICS 2025 muestran que sólo el 12,1% de las madres y cuidadores consideran necesario el castigo físico; Sin embargo, el 54,9% de los niños y niñas de 1 a 14 años fueron disciplinados mediante algún método de disciplina violenta, elevándose al 61,4% entre los niños y niñas de 3 y 4 años. La prevalencia de la disciplina violenta está generalizada, con pocas diferencias según el lugar de residencia (rural o urbano), el nivel de riqueza del hogar o el nivel educativo de la madre.

El castigo físico implica el uso de la fuerza para causar dolor o malestar como forma de corrección, mientras que la disciplina violenta también abarca formas de agresión psicológica, como insultos, amenazas y humillaciones.

La brecha entre lo que dicen y hacen los padres apunta a un problema que va más allá de una decisión individual: las normas sociales pueden enmascarar la violencia cuando se interpreta como corrección o como una forma legítima de ejercer la autoridad. Para profundizar en estos factores, Unicef realizó el Estudio sobre los determinantes asociados al castigo físico y la violencia psicológica contra niñas, niños y adolescentes en el hogar en el República Dominicana.

La investigación se basa en el Modelo de Determinantes de la Conducta, desarrollado por Unicef y el Universidad de Pensilvania en 2019. Este enfoque de investigación cualitativa nos permite analizar los factores que influyen en los comportamientos y ha sido utilizado en intervenciones en diferentes países. El estudio analizó 110 variables para identificar los principales factores que favorecen el castigo físico y la violencia psicológica, así como las barreras que dificultan su eliminación.

A partir de entrevistas con 431 personas, la investigación identifica las normas sociales que apoyan, reproducen y perpetúan la disciplina violenta como forma de crianza. Además, se necesita un enfoque de curso de vida para examinar las diferencias en los tipos y la gravedad del castigo físico durante la infancia, la niñez y la adolescencia.

El estudio también incorpora un análisis interseccional de la violencia contra niños y adolescentes en el país, que examina cómo factores como el género, la edad, la condición de discapacidad y la racialización influyen en las experiencias y manifestaciones de disciplina violenta.

Normas sociales que legitiman el castigo

Las creencias que legitiman la disciplina violenta

Uno de los principales hallazgos del estudio es que persiste la idea de que la violencia constituye una forma válida de corregir o educar. Las creencias sobre la obediencia, la autoridad adulta y el comportamiento esperado de niños y adolescentes pueden hacer que el castigo se perciba como justificado, incluso cuando viole sus derechos.

Estas ideas se transmiten de generación en generación y se refuerzan con las expectativas sociales sobre cómo deben disciplinar las madres, los padres y los cuidadores. El miedo a ser considerados permisivos o malos padres puede llevar a algunos adultos a recurrir al castigo violento para obtener reconocimiento social.

A su vez, la ausencia de lesiones visibles y la percepción de que el castigo fue proporcional a la conducta pueden dificultar que estas prácticas sean reconocidas como formas de violencia.

Un testimonio recogido durante la investigación ilustra cómo las ideas de obediencia y autoridad pueden utilizarse para justificar el castigo físico. Uno de los padres entrevistados relató un episodio en el que exigió a una niña realizar una tarea doméstica:

La madre mandó a la niña a lavarse y le dijo: “No voy a lavar nada”. Entonces, corté un pequeño cordón de esos cables. Yo digo: “Si no frota…”. Y no quiso fregar: “No voy a fregar, sabes que no voy a fregar”. Le respondí: «Vas a fregar. Vas a fregar», porque temo a Dios. Entonces, si Dios me exige, tengo que exigirle al que está debajo de mí”.

En este fragmento, el participante vincula la autoridad paterna con una posición jerárquica que, desde su interpretación, le otorga el poder de ejercer la violencia para obtener obediencia.

Al mismo tiempo, el relato continúa con la descripción del castigo físico como medio para lograr que la niña cumpla la instrucción:

Entonces”, dijo, “no voy a fregar”, y se puso a jugar, y ¡guau!, cuando le pegué corrió a lavarse, porque tiene que haber respeto entre el niño y el padre y es la única manera. Porque los niños quieren jugar contigo y piensan que eres un maniquí, y no lo eres. El padre tiene que exigirle respeto al niño”, dice el mismo participante.

Este testimonio muestra cómo la violencia puede justificarse como recurso disciplinario, mientras que la posibilidad de establecer límites sin recurrir al miedo o al dolor queda fuera de las alternativas que describe.

Cuestionar esta asociación es fundamental para promover una concepción del respeto que no dependa del miedo y que reconozca a las niñas, niños y adolescentes como sujetos de derechos.

El informe también señala que el estrés, la fatiga y la sobrecarga de cuidados, que generalmente recaen sobre las mujeres, pueden limitar la capacidad de responder reflexivamente a situaciones de conflicto.

También influyen la historia personal de crianza, las condiciones de vida y la disponibilidad de apoyo, factores que inciden en las alternativas que los cuidadores consideran posibles en ese momento.

Cuando querer cambiar no es suficiente

Reconocer los efectos negativos del castigo físico no garantiza que los cuidadores puedan modificar sus prácticas. Muchos necesitan herramientas concretas para gestionar conflictos, establecer límites y responder a las diferentes etapas del desarrollo infantil, además de apoyo continuo y acceso a apoyo psicosocial.

Asimismo, la crianza basada en el respeto también enfrenta prejuicios que la presentan como permisiva, ineficaz o exclusiva de familias de mayores recursos. Superar estas barreras requiere mostrar alternativas adaptadas a diferentes realidades y ofrecer oportunidades para ponerlas en práctica, especialmente en situaciones de estrés y sobrecarga.

Las necesidades tampoco son las mismas para todas las familias. La investigación destaca factores de vulnerabilidad relacionados con la discapacidad, el género, las condiciones socioeconómicas y el territorio, que deben ser tenidos en cuenta a la hora de diseñar respuestas de prevención y apoyo.

De los hallazgos a las respuestas

Para abordar los factores que sustentan la disciplina violenta, el estudio recomienda una respuesta coordinada a nivel legal, institucional, comunitario, familiar e individual.

Entre sus principales propuestas se encuentran establecer una prohibición expresa del castigo físico y la violencia psicológica en todos los ámbitos, armonizar el marco regulatorio para eliminar, sin excepción, la disciplina violenta e incorporar la crianza basada en el respeto como una política pública intersectorial.

Asimismo, propone mejorar la coordinación entre las instituciones de protección, salud, educación, justicia y protección social; fortalecer las vías de detección temprana y atención; y ampliar el apoyo práctico y psicosocial a las familias.

También propone promover la corresponsabilidad de los hombres en las tareas de cuidado y garantizar la participación efectiva de niñas, niños y adolescentes en las decisiones que les afectan.

los datos de la ENHOGAR-MICS 2025 muestran la magnitud de las prácticas disciplinarias violentas, mientras que el estudio de Unicef Ayuda a comprender los factores que contribuyen a mantenerlos e identifica áreas específicas de intervención.

La respuesta, por tanto, requiere más que promover el rechazo al castigo: requiere transformar las normas que lo justifican y asegurar que las familias tengan herramientas y apoyo para educar sin violencia.

La importancia de iniciar la conversación

La forma en que hablamos sobre la paternidad y la autoridad puede ayudar a cuestionar la violencia o enmascararla. Según el estudio, justificar el castigo, minimizar sus efectos o presentarlo como parte de la identidad cultural refuerza su normalización. Asimismo, las narrativas centradas exclusivamente en la agresión extrema pueden invisibilizar las formas cotidianas de violencia física y psicológica.

La investigación mencionada propone establecer alianzas estratégicas para promover nuevas formas de entender la crianza de los hijos y garantizar el derecho de niñas, niños y adolescentes a crecer libres de violencia. Es una responsabilidad compartida que requiere la participación de las familias, las comunidades, las instituciones y la sociedad en su conjunto.

Transformar las normas sociales es un desafío complejo, ya que implica no sólo cambiar los conocimientos y actitudes individuales, sino también fortalecer los entornos familiares, comunitarios e institucionales para apoyar diferentes prácticas de crianza. La historia muestra que las transformaciones culturales son posibles cuando son impulsadas de manera decidida y sostenida por el Estado y la sociedad.

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