El viejo continente europeo ha sido escenario de imperios que han tenido períodos de florecimiento, expansión, retracción, decadencia y desaparición. De esto, la historia registra como notables los imperios romano, español, británico y francés.
Como toda gran potencia, han tenido sus luces y sus sombras. Para los que amamos la literatura, reconocemos el legado que nos dejaron en el siglo XVII. William Shakespeare y Miguel de Cervantes Saavedra.
Los mortales que nos entretenemos con el género de las novelas de ficción escritas en la primera mitad del siglo XX notamos que dos escritores ingleses que han trascendido llaman nuestra atención porque, tras la muerte de ambos, han logrado resucitar con la singular sorpresa de que sus libros han dejado de ser un mito imaginario para convertirse en una aterradora realidad del presente. Quiero decir George Orwellcon su novela 1984, sobre la que ya he escrito anteriormente, y Aldous Huxley, autor de la obra que lleva el título de este artículo.
Huxley podría ser considerado un ciudadano occidental, ya que, aunque nació en Inglaterra, vivió en diferentes lugares hasta morir a los 69 años en Los Ángeles, California, el 22 de noviembre de 1963, coincidiendo ese viernes con el asesinato en Dallas, Texas, del entonces presidente norteamericano. John F. Kennedy.
La coordenada temporal futurista se sitúa imaginariamente en el año 2540, bajo el dominio de un gran Estado Mundial. Este régimen tiene seres humanos creados en laboratorios para comportarse automáticamente según la categoría para la que han sido fabricados.
La forma de pensar de estos habitantes ha estado determinada desde su formación. Existe un condicionamiento social donde los sentimientos morales, el matrimonio, el deber, la solidaridad y el amor al prójimo son vistos como cosas obscenas. Vives para el placer y el disfrute instantáneo. El soma es una droga al alcance de todos, con un efecto inmediato y adictivo. La alienación es la regla. Se repiten mensajes que mantienen la mente en el placer, en el aquí y ahora. El personaje perfecto es aquel que vive inmerso en el consumo, la promiscuidad y la apariencia.
Surgen excepciones: los personajes destinados a transformar esa cosmovisión inducida por el sistema y que se convertirán en la antítesis que cambiará ese mundo falso y alienado. En el nuevo milenio, vemos el estímulo constante del consumismo, la publicidad y la despersonalización. El entretenimiento fugaz y ligero, la distracción continua, hacen que hayamos perdido el valor del tiempo y nos importe poco el espacio. Estamos absortos frente a una pantalla, ignorando el dolor y la tragedia de nuestro prójimo. Nos divierte la tragedia y contemplamos sin asombro el martirio al que son sometidos los demás. Las amenazas, la violencia, el genocidio son noticias de otro mundo. Nada parece real hasta que es local. El hambre, la enfermedad y el desamparo no son percibidos por mentes alienadas y dominadas por el vicio.
Hay que volver a los valores que nos hicieron Homo sapiens. “Un mundo feliz” es un llamado a la acción crítico y oportuno, para recuperar la cordura en esta nueva era en la que el algoritmo nos controla.



