Conversaciones recientes entre representantes de los gobiernos de Estados Unidos y Cuba han atraído la atención de actores internacionales y generado una intensa cobertura mediática. Esta avalancha de información ha provocado estados de opinión muy diversos, e incluso ha acentuado posiciones polarizadas respecto de los escenarios probables de la supuesta ‘negociación’ y los intereses de los actores involucrados.
Para el régimen cubano, el adverso contexto geopolítico y regional, la persistente crisis estructural y sus efectos sistémicos, el efecto ‘Venezuela’ y el bloqueo energético provocado por la orden ejecutiva de Trump del 29 de enero, han creado un escenario de aislamiento y vulnerabilidad sin precedentes. Esto ha obligado a la isla a un proceso de apertura «negociadora» limitada bajo condiciones de máxima presión coercitiva.
Estamos en presencia de un diálogo táctico, no de una negociación estratégica, dada la falta de un ‘núcleo de posible acuerdo’. Las autocracias son reacias a la negociación, y cuando las restricciones las obligan a dialogar, su preferencia es inelástica: sobrevivir mediante una adaptación controlada del modelo político.
Propongo centrar el análisis en los actores con capacidad de incidir estratégicamente en la negociación. En primer lugar, las declaraciones de la presidencia estadounidense, principalmente de su secretario de Estado, Marco Rubio, artífice del intercambio, y eventualmente, del presidente Trump, así como de portavoces del gobierno, legisladores y senadores. Este flujo de información no siempre ha sido coherente o constructivo en términos dialógicos.
Las declaraciones de Marco Rubio han pasado del optimismo de la «liberalización económica», dada la «incapacidad estructural» del régimen, a la condicionalidad normativa de la «democracia como condición no negociable». Esto refleja la tensión persistente entre los intereses estratégicos de la estabilidad regional y la presión política del exilio cubano, especialmente de su sector maximalista «duro».
Además, hay otro sector del exilio moderado, con una orientación pragmática y empresarial, que busca la inversión económica como condición para una progresiva liberalización política. La capacidad de influencia de este actor de veto, el exilio, explica la dualidad y oscilación entre pragmatismo y maximalismo en la proyección del gobierno estadounidense, más orientado por la dinámica de la política interna que por una estrategia consistente de política internacional.
Desde el punto de vista comunicativo, la radicalidad discursiva de las declaraciones de Trump “Será un gran honor tomar Cuba… puedo hacer con ella lo que quiera”, desinforman y elevan los costos de una posible negociación, generando un efecto perverso que legitima el cierre político del régimen, la cohesión intra-élite y el refuerzo de la narrativa antiimperialista.
Es conocido el monopolio absoluto del régimen sobre la información en Cuba. Las recientes declaraciones del presidente Miguel Díaz Canel han sido reacciones defensivas que dialogan con ‘rumores’ viralizados en plataformas digitales y medios internacionales. Algunas decisiones importantes han tomado por sorpresa al propio presidente cubano; por ejemplo, el repentino reemplazo del ex Ministro de Economía. Y dada la opacidad y verticalidad del régimen, podemos asumir que las decisiones estratégicas las toma una pequeña dirigencia cívico-militar encabezada por Raúl Castro y figuras con vínculos históricos, fundamentalmente militares.
El limitado cómputo de estos se compensa con la presencia de dos negociadores miembros de la familia del líder histórico, Alejandro Castro Espín y Raúl Guillermo Rodríguez Castro, y posteriormente es ratificado públicamente en los órganos estatales y del Partido Comunista de Cuba (Buró Político, Comité Central, Asamblea Nacional). La Cancillería se encarga de su difusión internacional y la prensa oficial se encarga de su comunicación interna.
Como es sabido, la posición cubana ha fluctuado del ‘mutismo’ al ‘negacionista’ y de la aceptación del ‘diálogo constructivo’ al rechazo de los términos de la negociación. Esto demuestra que los negociadores cubanos están dispuestos a hablar de cuestiones ‘técnicas’ comunes (seguridad, migración, narcotráfico, etc.), incluidas inversiones económicas y pequeñas concesiones en derechos humanos, pero no de reformas estructurales que impliquen cambios decisivos en la naturaleza económica y política del régimen.
En este sentido, la negociación o el diálogo, para el régimen cubano, significa una interacción defensiva encaminada a la supervivencia autoritaria. En otras palabras, el régimen tolera el deterioro económico, percibe las reformas estructurales como riesgos y elimina el cambio político como una opción probable. Su prioridad no es maximizar el bienestar económico, sino minimizar los riesgos de colapso y pérdida de control político, activando sus recursos adaptativos de resiliencia autoritaria.
Si bien es cierto que las sanciones económicas funcionan como mecanismos de presión que alteran los costos y beneficios de ciertas decisiones políticas, los estudios comparativos sobre el autoritarismo han demostrado la capacidad de ciertos regímenes para sobrevivir a crisis prolongadas activando mecanismos de adaptación limitada, control institucional y represión selectiva. En este sentido, la interacción actual entre ambos gobiernos podría definirse como un caso de negociación bajo coerción en condiciones de asimetría estructural más que como un proceso de normalización.
Estados Unidos intenta capitalizar la vulnerabilidad sistémica de Cuba para inducir cambios económicos y políticos estructurales, mientras que el régimen cubano responde con reformas económicas controladas destinadas a preservar la continuidad política.
Todo parece indicar que la estrategia estadounidense de coerción estructural sostenida produce un efecto estratégico de resistencia negociadora por parte del gobierno cubano. Si Marco Rubio asume los cambios políticos estructurales como principio de negociación y el régimen de La Habana fija una línea roja absoluta “el sistema político no es negociable”, estamos en presencia de una negociación asimétrica sin cruce de preferencias (o sin zona de posible acuerdo) cuyo resultado será un equilibrio inestable entre coerción, resistencia y diálogo limitado.
Esta negociación fragmentada e inestable tiende a producir acuerdos parciales, reversibles y contingentes cuyo resultado probable sería la adaptación económica, concesiones tácticas y continuidad política del régimen. La gran paradoja será, entonces, si la estrategia de coerción estructural sostenida puede producir un cambio político estructural en Cuba o si refuerza la lógica defensiva del régimen.



