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sábado, septiembre 19, 2026
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Treinta y cinco años de integración comercial no lograron cerrar la brecha de desarrollo

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América Latina21

Nicolás E. Salvoni/Latinoamérica21 Treinta y cinco años después del Tratado de Asunción, la supervivencia del Mercosur constituye en sí misma un resultado notable, aunque insuficiente. Compartir las reglas comerciales no fue suficiente para acercar las trayectorias de ingresos y producción de sus socios. Al mismo tiempo que el bloque discute la renovación del FOCEM, el fondo creado para reducir las asimetrías entre sus miembros, comienza una nueva etapa en su relación comercial con la Unión Europea.

En este marco, surge la pregunta: ¿qué significa que una integración sea exitosa cuando no se produjo la convergencia que da nombre a su principal instrumento redistributivo? La integración a menudo se evalúa por el comercio intrarregional, la continuidad institucional o la capacidad de evitar perturbaciones. Estas dimensiones dicen poco sobre otra aspiración histórica del regionalismo: reducir las asimetrías y favorecer una transformación productiva compartida.

Crecimiento sin convergencia

Desde la formación del Mercosur, todos los miembros han crecido, aunque sus trayectorias fueron dispares. La distancia en producto por habitante entre los cuatro socios es mayor hoy que al inicio del bloque. La divergencia se concentró en la primera década, coincidiendo con la etapa de mayor peso del comercio intrarregional en las exportaciones. Desde entonces, la participación del comercio intrabloque ha perdido peso en las ventas externas de los cuatro socios.

Argentina y Brasil, que explican alrededor del 96% del producto y de la población del bloque, mantuvieron su ratio de producto por habitante casi sin cambios, mientras que Paraguay cerró ligeramente la brecha con ambas economías. La distancia corresponde principalmente a Uruguay, que partió prácticamente empatado con Argentina en el primer lugar y amplió su ventaja: creció un 129% entre 1990 y 2024 frente a entre un 56% y un 64% de los demás socios.

La falta de convergencia no se produjo como un distanciamiento general y sostenido durante treinta y cinco años. Fue un episodio concentrado principalmente en los años noventa y protagonizado por un solo socio, mientras el núcleo argentino-brasileño se mantuvo estable en el tiempo. La integración comercial, por sí sola, no fue suficiente para converger.

La paradoja productiva

Las estructuras de producción también cambiaron en direcciones opuestas. Paraguay fue el único socio donde la industria manufacturera ganó participación en el PIB, aumentando 5,1 puntos porcentuales entre el promedio de 1989-1991, en torno a la firma del Tratado, y el de 2022-2024. En Argentina, Brasil y Uruguay perdió peso. El panorama cambia cuando se analizan las manufacturas exportadas. Entre 2020 y 2024, más de la mitad de las exportaciones manufactureras de Argentina, Paraguay y Uruguay tuvieron como destino el bloque. Para Brasil, la proporción fue mucho menor, cercana al 20%. Sin embargo, el mercado regional absorbió sólo el 6% de sus ventas totales y la canasta enviada a sus socios fue considerablemente más industrial que la destinada fuera del Mercosur.

Ésa es la paradoja. El Mercosur mantuvo un espacio valioso para determinadas manufacturas, pero esta función no fue suficiente para generar convergencia en indicadores como producto por habitante o capacidades productivas.

La convergencia pendiente El Fondo para la Convergencia Estructural del Mercosur, o FOCEM, financia proyectos de infraestructura, competitividad y desarrollo social destinados a reducir las asimetrías. Su primera etapa se diseñó con aportes anuales de 100 millones de dólares. Tomando la población de 2024 para los cuatro socios fundadores, esa suma equivale a menos de 40 céntimos al año por habitante.

Con los recursos de esa primera etapa acercándose al agotamiento, el bloque negocia su relanzamiento a través de una segunda etapa. En octubre de 2025, Brasil presentó un borrador que reducía el fondo a un tercio de su escala original y modificaba la distribución de aportes y beneficios entre los socios. La propuesta asignaba el 57,1% de los aportes a Brasil frente al 70% esperado para este país en la etapa original, lo que habría situado su aporte en alrededor de 17 millones anuales. La propuesta encontró una fuerte resistencia de Paraguay y Uruguay. Ambos cuestionaron el recorte y Paraguay rechazó públicamente un fondo de ese tamaño. Ante esta oposición, Brasil cambió de estrategia: en junio anunció que estaba dispuesto a aportar 100 millones de dólares anuales durante diez años por su cuenta y dejó para una negociación posterior la distribución de aportes y beneficios entre los miembros.

En ocho meses, Brasil pasó de un aporte implícito de alrededor de 17 millones de dólares a una oferta de 100 millones anuales. Más que una variación del instrumento en sí, el viaje muestra hasta qué punto su relanzamiento depende todavía de la negociación política entre los socios.

Una nueva etapa La aplicación provisional del Acuerdo Comercial Interino con la Unión Europea añade ahora una nueva dimensión. A partir del 1 de mayo de 2026 comenzaron a aplicarse sus disposiciones comerciales y las primeras reducciones arancelarias. La apertura exterior, por tanto, dejó de ser una posibilidad futura.

El acuerdo comienza a operar en cuatro economías con diferentes escalas, estructuras productivas y niveles de competitividad. Al mismo tiempo, el mercado regional continúa absorbiendo una parte central de los bienes manufacturados exportados por varios de sus miembros. Las capacidades para aprovechar nuevas oportunidades y enfrentar una mayor competencia tampoco son iguales.

Evaluar el Mercosur únicamente por su supervivencia o su comercio ofrece una medida incompleta. Durante esas décadas, Argentina y Brasil mantuvieron su ratio de producto por habitante casi sin cambios y continuaron existiendo relaciones industriales relevantes dentro del bloque. Ninguno de estos eventos se tradujo en una trayectoria de desarrollo común.

Las políticas nacionales, las crisis recurrentes, los ciclos de las materias primas y los cambios en la economía global explican buena parte de estas diferencias: la conclusión más limitada es que compartir reglas comerciales durante treinta y cinco años no fue suficiente para producir convergencia.

Esa deuda deja de ser un saldo del pasado cuando la apertura externa ya ha comenzado. La discusión sobre el FOCEM y la aplicación del acuerdo con la Unión Europea ponen a prueba la capacidad del bloque para reducir sus asimetrías y la de sus socios para aprovechar una etapa que los encuentra en posiciones desiguales.

Nicolás E. Salvani tiene una maestría en Estudios Internacionales de l

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