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domingo, agosto 16, 2026
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¿Son los años salvajes del populismo de izquierda un capítulo cerrado en Latinoamérica?

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América Latina21

Por Alberto Ruiz Méndez

Con la captura de Nicolás Maduro es pertinente preguntarnos si este es el fin de los años salvajes del populismo de izquierda que comenzaron a principios de este siglo. La pregunta es obligada, entre otras cosas, porque esta ola comenzó con un discurso antiamericano, antiglobalización y antineoliberal: el de Hugo Chávez.

De estos lineamientos surgió lo que se llamó socialismo del siglo XXI, una ola de populismo de izquierda que, en general, estuvo marcada por un conjunto de discursos y políticas sociales que se presentaban como alternativas progresistas a las desigualdades producidas por las prácticas neoliberales implementadas en la región hacia finales del siglo XX.

Para cumplir su promesa de igualdad social y radicalización de la democracia, esta forma de populismo se basó en líderes personalistas que creían encarnar la voluntad popular con un discurso de polarización moral que dividía la sociedad entre el pueblo y la élite, algo que también está presente en el discurso de los líderes populistas de extrema derecha. A esto se sumaron programas sociales para la redistribución de la riqueza y la ampliación de los mecanismos de participación ciudadana.

Si bien esta corriente populista, también conocida en su momento como “marea rosa”, tuvo sus avances y retrocesos en la región, sus efectos, tanto teóricos como prácticos, en este primer cuarto de siglo han sido intensos en América Latina y a nivel global. Por tanto, no sería exagerado decir que hemos sido testigos de los años salvajes del populismo de izquierda.

En la práctica, los triunfos electorales convirtieron a estos movimientos en una fuerza social que generó un torbellino de disputas, ataques, controversias y discursos políticos, académicos y cotidianos. En su dimensión teórica, el análisis de este populismo nos ha dejado grandiosas defensas, diversidad de definiciones, enfoques teóricos heterogéneos, datos duros para defenderlo o criticarlo y alguna que otra mirada conciliadora.

En el centro de esta vorágine populista está el debate sobre su relación con la democracia: hay quienes están convencidos de que el populismo de izquierda es una clara amenaza a la democracia, mientras que para otros expresa tanto la promesa de inclusión de los sectores populares como la fragilidad de las instituciones democráticas.

Aunque puede haber un amplio espectro entre un polo y otro, esta ola de izquierda nos enseña que el populismo, ya sea de un lado o del otro, no puede concebirse como una anomalía, como algo que no existiría si la democracia “funcionara bien”. Por el contrario, la intensidad del debate y su penetración social revelan que el populismo -en sus distintas caras- es una de las gramáticas recurrentes de la historia política de América Latina. De tal modo que, por su ritmo arrollador y su carácter polarizador, tanto en las aulas universitarias como en las conversaciones callejeras, parece obligado hacer una valoración crítica de los errores que han llevado a este populismo de izquierdas a callejones sin salida.

En el caso de Bolivia, se desarrolló un movimiento populista, el MAS liderado inicialmente por Evo Morales, que reivindicaba la necesaria inclusión simbólica y política de sectores históricamente marginados, uno de los rasgos positivos del populismo. Sin embargo, este ejemplo reveló una de las principales debilidades del populismo de izquierda: la excesiva dependencia de la figura del líder y la dificultad para distinguir entre proyectos personalistas y democráticos.

En México, si bien podemos hablar de un populismo de izquierda decididamente redistributivo y respetuoso de algunas reglas del juego democrático, la construcción moral de un “pueblo bueno” y sus “enemigos” demostró que, si bien no destruye la democracia, la desgasta polarizando a la sociedad y generando tensiones entre el gobierno y los organismos autónomos, la prensa y la sociedad civil, algo que también se observa en los populismos de extrema derecha actuales.

Venezuela puede ser, por haber mostrado el camino a otros países latinoamericanos, el modelo arquetípico. Si bien comenzó con una narrativa de “democracia participativa” que sacudió sus engranajes políticos y sociales -al menos esbozando que la promesa de transformar la democracia podía ser real-, ese mismo discurso terminó justificando la progresiva concentración del poder.

El populismo de izquierda tiene la cualidad de desafiar la democracia, ya que la obliga a revisar quién es reconocido como parte del pueblo y quién queda fuera de su promesa de igualdad. Sin embargo, estos movimientos populistas terminaron creando sus propias condiciones paradójicas, ya que o mantuvieron intactas las estructuras y las encubrieron con un discurso moralizante, o revelaron su incapacidad para dar espacio político a quienes dicen representar.

Esta paradójica condición del populismo de izquierda en el poder nos obliga a preguntarnos si ha agotado su capacidad de ofrecer igualdad y futuro o si podrá rehacerse sin devorarse.

Si algo nos dejan estos años salvajes de populismo de izquierdas, así como los de derecha, es que son un reflejo de la profunda crisis política que vivimos. Entonces, si no pueden cumplir su promesa de mejorar la democracia, ¿qué debemos hacer?

Doctor en Filosofía Política. Profesor Investigador de la Universidad Anáhuac México. Profesor de Materia en FFyL, UNAM. Coordinador Académico del Proyecto “Narrativas Democráticas” de la UNAM.

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