El motocicleta Constituye la expresión más visible e irritante del crecimiento desmedido del parque automotor en nuestro país. Es, al mismo tiempo, el punto más saliente de una patética manifestación del fracaso del Estado dominicano en materia de políticas urbanas y de transporte y movilidad urbana e interurbana. En consecuencia, centrarse en la mera demonización del uso masivo de este medio y de la conducción imprudente/suicida de sus conductores no lleva a ninguna parte. La cuestión debe verse desde la perspectiva de la relación transporte-ciudad, porque el uso masivo de las motocicletas es, en gran medida, un efecto perverso del incumplimiento de esta relación.
En ese sentido, las cifras son irrefutables. Él Gran Santo Domingo Tiene una población de unos 4 millones de habitantes, alrededor de 1.420 km2 y por su red vial circulan aproximadamente 2,8 millones de vehículos, que es de 400 a 500, en la que circulan unos 5.000 vehículos por kilómetro de vía, una de las densidades vehiculares más altas del continente. De ese parque vehicular hay 1,6 millones de motocicletas. Santiago tiene 635.362 habitantes, circulan 329.000 vehículos, de los cuales aproximadamente 196.780 son motocicletas. Higüey cuenta con 201.788 vehículos y, según algunos concesionarios, se venden mensualmente entre 150 y 300. Puerto Plata tiene 172.500 vehículos y 107.175 son motocicletas.
Son el medio esencial para la circulación de mercancías. Las dificultades de la movilidad limitan el aprovechamiento de su potencial, al tiempo que agravan las condiciones de vida de la población que habita en el territorio y en los espacios urbanos e interurbanos. El flujo de movilidad no está condicionado sólo por la densidad de vehículos, sino por el diseño y la práctica urbana de la ciudad y si se respetan los principios básicos para el flujo de la vida urbana.
Estos principios son, entre otros, lograr una combinación virtuosa de la vocación residencial y comercial de las zonas de los barrios central y pericentral, la promoción del caminar, caminar para ir de compras a las tiendas, al bar, al restaurante, como forma de disfrutar del ocio y el tiempo libre.
De esta manera, se aleja el ideal de una ciudad de 15 minutos: tener acceso en ese tiempo a las necesidades básicas de la vida cotidiana. Es casi imposible reducir la densidad vial y la insoportable molestia del enjambre de automovilistas suicidas, pero con la acción proactiva de los sectores políticos y profesionales es posible lograr que las autoridades locales y nacionales asuman este tema con determinación. Lo primero es hacer cumplir las leyes de tránsito con castigos razonables para los infractores, una inversión sostenida y significativa en tecnología y personal calificado.
Asimismo, asumir la conciencia de que la construcción de grandes infraestructuras viarias de transporte y movilidadsi no van acompañadas de importantes inversiones municipales y nacionales en proyectos y planes urbanos que reorienten la construcción, el crecimiento, el diseño y la gestión de las ciudades, difícilmente superaremos las quejas sobre los costosos embotellamientos en las zonas urbanas y en algunos tramos de las carreteras. Estos no se deben sólo a la densidad de vehículos o motocicletas, sino también a la forma en que está construido el hábitat.



