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lunes, agosto 17, 2026
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¿Por qué y cómo impacta la guerra de Irán en América Latina?

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América Latina21

Por Juan Agulló/Latinoamérica21

El impacto de la guerra de Irán en América Latina, a pesar de las apariencias y la distancia, es y será significativo. El conflicto, con epicentro en Asia occidental y ramificaciones en todo el mundo, tiene un potencial considerable de inestabilidad para nuestra región.

La ausencia de una verdadera “Autonomía Estratégica” de nuestra región multiplica los riesgos y reduce el margen de maniobra. Nuestros gobiernos, a pesar de las apariencias, se ven obligados a someterse a la autoridad del dólar. Cualquier desviación que no cumpla con las reglas sistémicas no escritas puede terminar pagándose con fuga de capitales, depreciación de la moneda local o más inflación. Además, cuando el precio del petróleo se dispara, nuestros agujeros fiscales se amplían y nuestras deudas externas empeoran.

¿Por qué una guerra tan lejana puede afectarnos tanto?

El conflicto que estalló el 28 de febrero en Irán es una guerra asimétrica compleja. Hay muchos más actores detrás de escena que combatientes formales en el escenario. Caen bombas en Asia occidental, pero el juego de ajedrez se juega en un tablero universal.

Lo que se está resolviendo ahora mismo no es sólo el control del Estrecho de Ormuz o la continuidad del programa nuclear iraní. Nos guste o no, se trata de la capacidad de Estados Unidos para sostener tres pilares principales de su hegemonía: energético, logístico y monetario. Se trata, por tanto, de una guerra de desgaste en la que lo que está en juego es ni más ni menos que el sistema de gobernanza global con el que llevamos décadas operando.

Irán no busca, en este marco, una victoria militar convencional sino distanciar la presencia militar estadounidense de su entorno y erosionar la influencia de Washington de la forma más duradera posible. Y ahí, de nuevo, el problema de nuestros países es que su estabilidad (financiera, pero también política) depende de un cordón umbilical llamado dólar, con el que se calcula el precio del petróleo y con el que se importan bienes y servicios.

El drama de los presupuestos

Un elemento clave, que ayuda a entender mejor las cosas, es que nuestros países elaboran sus presupuestos, cada año, en base a una estimación del precio medio que tendrá el Brent durante el año siguiente. Cuando en 2025 los Gobiernos de Colombia, Brasil y México prepararon sus presupuestos para 2026, partieron de supuestos diferentes: Colombia pensaba que el petróleo se movería alrededor de 60 dólares por barril; Brasil, 65 y México, 70.

El Brent, sin embargo, superó los 100 dólares el 11 de marzo, y por lo visto hasta ahora (en el campo de batalla, en las bolsas y en los ministerios de Asuntos Exteriores) no parece que vaya a volver pronto a la zona de los 60-70 dólares por barril.

Esa brecha es un drama. La diferencia entre el precio real y el calculado por nuestros gobiernos el año pasado se llama inflación. O para ser más concretos, ‘presiones inflacionarias’: transporte, fertilizantes, fletes… todo rápidamente se encarece y acaba impactando en la estructura de precios, lo que afecta al poder adquisitivo de las familias y, en definitiva, a la estabilidad de nuestros países.

Inflación y áreas de riesgo

La inflación es clave para nuestro sistema: en la práctica funciona como un dispositivo de gobernanza. Atribuye al “mercado”, con muy pocas excepciones, la capacidad de determinar quiénes podrán seguir teniendo bienes y quiénes tendrán que dejar de comprarlos; qué empresas podrán mantenerse y cuáles terminarán creciendo -aprovechando las quiebras de sus competidores… En América Latina, la inflación opera como un dispositivo técnico y silencioso para reordenar las relaciones de poder y las desigualdades, por supuesto.

En el contexto actual, hay países latinoamericanos que pueden terminar pasándolo muy mal como consecuencia de la disrupción global provocada por la Guerra de Irán. Colombia, Ecuador, Chile, Uruguay, Paraguay o Panamá, si bien tienen poca o ninguna relación con ese lejano país, se caracterizan por una considerable exposición exterior –tanto para importar como para exportar– y eso tiene un precio que, además, se paga en dólares y puede resultar muy caro.

Catálogo de casos específicos

México, en este contexto, es casi una excepción. Por un lado, produce y exporta petróleo pero importa gasolina. Además, no puede aprovechar satisfactoriamente la situación alcista porque no puede escalar su producción de la noche a la mañana. Sin embargo, garantiza el precio de su petróleo cada año –lo que le proporciona una cobertura financiera invaluable– y utiliza las ganancias inesperadas para financiar subsidios que evitan que los aumentos de gasolina afecten la inflación. Esa combinación lo hace menos vulnerable que otros.

El resto, ante un acontecimiento tan perturbador como la guerra de Irán, tenderá a sufrir. No se trata sólo de tener petróleo y/o tener visión de futuro. Además, las vulnerabilidades estructurales tienen un precio muy alto. Muchos de los países mencionados un poco más arriba sufrirán la situación con especial dureza por su falta de diversificación productiva, sus deficiencias manufactureras y la ya mencionada exposición exterior, que no es cualquier cosa.

Un caso particular, en América Latina, es el de los grandes países agroexportadores de América del Sur. Allí, la falta y/o el aumento del precio global de los fertilizantes -que no se producen localmente en cantidades significativas y que han crecido un 30% desde finales de febrero- les dificultará mantener los costos, la productividad y las ganancias.

El aumento de este insumo, esencial para que los cultivos rindan más, termina trasladándose a la canasta alimentaria y forma parte de las ‘tensiones inflacionarias’ que nuestra región proyecta hacia otras partes del mundo, afectando así la seguridad alimentaria global. Por lo tanto, lo que sucede en Asia occidental tiene un gran impacto en América Latina, pero también en el resto del mundo y especialmente en el Sur Global, el eslabón más débil de un “orden mundial” frágil y asimétrico.

En conclusión

Lo que al final está claro, más allá de cálculos y pronósticos, es que lo preocupante para nuestra región son los impactos que esta situación ya comienza a causar: tasas de interés que castigan a la economía productiva; aumento silencioso de la desigualdad; intensificación de las migraciones irregulares y el crimen organizado; la degradación ambiental y, como previsible culminación, las interferencias externas.

Los eternos círculos viciosos que pesan sobre nuestra autonomía estratégica y comprometen nuestro desarrollo regional se ven, en última instancia, reforzados por una guerra lejana que profundiza nuestras fragilidades. No hace falta un solo soldado latinoamericano en el Golfo Pérsico para que una bomba financiera (y política) de efectos retardados haya caído sobre nuestras economías dolarizadas. Y la peor noticia es que no hay escudo que pueda detenerla.

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