Enrique Gomáriz Moraga/América Latina
En el fragor de las últimas contiendas electorales, proliferan entre los contendientes acusaciones de que el oponente está poniendo en duda la democracia. Y en el ámbito de la reflexión, en las últimas semanas han aparecido varios informes alarmantes sobre el estado de la democracia en América Latina. Esta singular coincidencia parece un buen indicador de la creciente preocupación por la gobernabilidad democrática en la región.
El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) acaba de emitir un informe general sobre democracia y desarrollo en la región, con un título bastante indicativo, Democracias bajo presión, donde señala en su prólogo que las tensiones actuales «se están desarrollando en un contexto en el que las democracias enfrentan presiones nuevas e interconectadas. La polarización política se ha intensificado. El crimen organizado y las economías ilícitas han ampliado su influencia en algunos contextos. Las plataformas digitales y la inteligencia artificial están transformando el espacio público y la forma en que las personas participan en la vida política».
Paralelamente ha aparecido una monografía sobre las condiciones de la gobernabilidad en América Latina, elaborada por la revista española Tiempo de Paz, encabezada por Paquita Sauquillo y Carlos F. Liesa, que revisa las tendencias estructurales y contextuales que sientan las bases de la gobernabilidad democrática en la región. Junto al análisis de la situación económica, de seguridad y violencia y el aumento de los flujos migratorios, la representante de Idea Internacional para América Latina, Marcela Ríos, exministra de Justicia de Chile, analiza las condiciones de la democracia en la región, entre la resiliencia y el desencanto.
Ambas publicaciones coinciden en la preocupación que suscita la actual encrucijada en que se encuentra la democracia en América Latina, pero presentan algunas diferencias de enfoque. El informe del PNUD asegura que “retoma la noción de “democracia de los ciudadanos” propuesta por el informe del PNUD de 2004”, pero añade que “incorpora el papel del Estado como mediador clave entre la democracia y el desarrollo humano”. Este énfasis en el papel clave del Estado cambia el énfasis puesto en el informe de 2004, que consideraba que la clave principal estaba en lo que llamaba “la creación de ciudadanía”.
Esta diferencia de enfoque se refleja en varios de los artículos y en la introducción de la monografía sobre América Latina producida por Tiempo de Paz. La base de esta diferencia reside en la valoración que se hace de la democracia. El valor de la democracia es doble: uno, de carácter instrumental, donde la democracia se valora o no por los productos de bien común que puede facilitar (empleo, educación, salud, etc.) y otro valor, de carácter sustantivo, que entiende la democracia como un sistema político que permite alcanzar decisiones colectivas en paz. Cuando se prioriza el valor instrumental de la democracia, su apoyo está condicionado por otras tendencias estructurales (crisis económicas globales, etc.), mientras que, si se percibe claramente el valor sustantivo de la democracia, su apoyo se pone en práctica sin demasiadas condiciones.
En el proceso que generó el informe sobre la democracia en 2004, este doble valor se reflejó en una frase que obtuvo mucho consenso: “la calidad de la democracia no depende sólo de la calidad de las instituciones, sino también de la calidad de los ciudadanos” (o, dicho de otra manera, de la calidad de la cultura política de los ciudadanos). Por ello, el informe de 2004 consideraba clave la creación de ciudadanía, para consolidar una democracia de ciudadanos.
En realidad, ya en el informe de 2004 se evidenciaba una diferencia de sensibilidades entre quienes consideraban al Estado como la llave del arco y quienes creían que la clave se encontraba en la cultura política de los ciudadanos. Al parecer, en el actual informe de 2026 presentado por el PNUD, los partidarios de poner el énfasis en el Estado han vuelto a “reimaginar los futuros de la democracia”. Es posible que algunos piensen que se trata de una rectificación necesaria, mientras que otros perciban más bien un retroceso respecto a la idea de democracia ciudadana, tan elogiada desde 2004.
Como se ve en el monográfico Tiempo de Paz, se trata de un falso dilema: no parece necesario tener que elegir entre tener Estados sólidos y eficaces y contribuir al esfuerzo de crear ciudadanos con una cultura política que perciba el valor sustantivo de la democracia.



