Cuando atravesamos tiempos de necesidad, a menudo le hacemos muchas promesas a Dios. Le decimos que si nos ayuda, si nos responde o si nos concede lo que anhelamos, le serviremos más, oraremos más, seremos más fieles, etc. Sin embargo, muchas veces, cuando recibimos la bendición, olvidamos lo que prometimos.
Esto a veces se convierte en un patrón repetitivo en nuestras vidas. Recibimos el favor de Dios y disfrutamos de su bendición, pero olvidamos lo que le prometimos. Con el tiempo, si lo hacemos continuamente, podemos perder sensibilidad espiritual y dejar de valorar la importancia de cumplir nuestra palabra ante el Señor.
Él no toma a la ligera lo que le prometemos. Por eso, cuando le volvemos a preguntar, sentimos que la respuesta tarda en llegar, no porque él no nos ama, sino porque quiere que reflexionemos, maduremos y aprendamos a honrar nuestros compromisos.
Cada bendición recibida debe producir en nosotros un corazón más agradecido, más obediente y más comprometido con Dios. Por eso, antes de volver a prometer, examinemos nuestro corazón y recordemos lo que prometimos al Señor.
Si vivimos así agradaremos a Dios y él siempre estará dispuesto a bendecirnos y darnos mucho más.



