El texto aborda la relación entre el concepto jurídico de «incorrecto» y la noción contable de «depreciación»aplicándolas como metáforas para analizar el comportamiento humano y la transformación social contemporánea. El Código Civil dominicano sanciona el uso indebido de la cosa, mientras que la contabilidad distingue entre depreciación por uso, abuso y desuso. Esta triple categoría se traslada al nivel social: el hombre, que no puede tolerar sentirse abandonado o despreciado, busca trascender su situación real y proyectarse hacia horizontes indefinidos.
La sociedad actual ha virado hacia un modelo de consumismo globalizado, donde la apariencia y la competencia personal reemplazan los valores tradicionales. La presión social y grupal nos obliga a consumir bienes superfluos generando un estilo de vida “sobregirado”es decir, por encima de las posibilidades reales. El hombre compra objetos no por necesidad inmediata, sino para que parezcan disponibles, lo que configura un modus vivendi basado en vanidades y marcas.
Este fenómeno ha impactado profundamente a la juventud dominicana, que aspira a reproducir lo que observa en los líderes y modelos de consumo. La consecuencia es la pérdida de principios y valores morales transmitidos por generaciones anteriores. Tres generaciones recientes se han visto afectadas por esta inversión de valores, que se refleja en el aumento de la violencia y la imitación de patrones culturales norteamericanos. La nueva regla social se resume en el principio: “El que nada tiene, nada vale”.
La sociedad se convierte así en un signo monetario, donde el dinero es el eje central, evocando la caricatura de «Tío McPato Donald». Este ritmo de vida desordenado y desproporcionado lleva al hombre por un camino equivocado, marcado por el exceso de consumo y la opulencia transitoria. Como advierte Doris Javier en Listín Diario (23/3/01), “la búsqueda de una mejor calidad de vida se ha convertido en una utopía, ya que el bombardeo de factores globalizadores genera estrés, competitividad y enfermedades emocionales y físicas”.
El hombre que vive económicamente desordenado comete una injusticia contra sí mismo, ya que lleva su vida de manera azarosa y arbitraria. La distinción entre necesidad y estímulo se diluye dando lugar a una existencia evanescente. Si bien el desarrollo humano es legítimo, no debe lograrse a expensas de normas y costumbres aceptadas. El consumismo estridente se convierte en simulación e histrionismo, alejando al individuo de la autenticidad.
Los científicos dominicanos, señala el autor, investigan la “gen del mal”, entendido como el deseo demostrativo que impulsa la competencia personal para aparentar lo que no se posee. Esta propensión al gasto inadecuado conduce a un estilo de vida abusivo y deshonesto, que acaba marginando al individuo de la sociedad. Quien hace mal uso de su vida corre el riesgo de ser despreciado y excluido del “inventario físico”, es decir, excluido de la comunidad humana.
En resumen, el ensayo denuncia cómo el consumismo y la inversión de valores han generado una depreciación moral y social comparable a la depreciación contable de los bienes. El hombre, al abusar de su vida mediante gastos indebidos, se expone a exclusión y a desprecio. La realidad es bastante clara: el camino del mal, marcado por la apariencia y el consumo excesivo, conduce a la degradación personal y colectiva, poniendo en riesgo la dignidad y la justicia social.


