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sábado, agosto 15, 2026
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La máquina en el altar

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Gabriel del Gotto

La inteligencia artificial no necesita proclamarse Dios para ocupar su lugar. Basta que se convierta en la primera reflexión ante la duda, el trabajo, la verdad y el sentido.

Ahí es donde comienza el problema. No porque la IA sea mala. No lo es.

Puede ser un progreso. Precisamente por eso hay que ponerlo en su lugar. La IA debe ayudarnos a pensar. No pensar por nosotros.

Nadie entrega su conciencia de golpe. Lo abandona por conveniencia. Una respuesta rápida hoy. Una decisión delegada mañana. Un juicio moral subcontratado después.

Una herramienta ayuda. Una autoridad gobierna.

El riesgo aparece cuando dejamos de tratar la inteligencia artificial como un instrumento y pasamos a utilizarla como juez, oráculo y sustituto de nuestra responsabilidad.

El Papa León XIV, en su reciente encíclica Magnifica Humanitas, vio el meollo del problema: la IA no es sólo un avance técnico. Es una pregunta sobre el ser humano. No se trata sólo de empleo o privacidad. Se trata de saber si la persona seguirá siendo el centro o si acabará reducida a un dato, un perfil, un trabajador desechable o sospechoso.

El peligro no es que la IA piense como Dios. El peligro es que los hombres empiecen a obedecerla como si así fuera. No estamos ante una máquina que quiere ser Dios, sino una humanidad tentada de ponerla en ese lugar.

Por eso importa quién lo controla.

La IA no es neutral: alguien decide qué aprende, qué permanece en silencio, qué privilegia y a quién sirve. Tiene dueños, servidores, censura, fronteras, prioridades comerciales y ambiciones geopolíticas.

Las grandes potencias no compiten por una herramienta de moda. Compiten por la infraestructura cultural, económica y militar del siglo XXI.

Lo estamos alimentando: libros, periódicos, redes sociales, radio, televisión, foros, imágenes, conversaciones, archivos y memoria. La humanidad cede su lengua y su memoria a empresas privadas que luego devuelven ese conocimiento convertido en producto. No hay ningún misterio: hay apropiación. Siglos de pensamiento humano alquilados mediante suscripción.

El empleo no es el único riesgo. También hay desinformación, ciberataques, vigilancia y manipulación política. La concentración de la riqueza, la alienación cultural y la pérdida de habilidades humanas pertenecen al mismo panorama. La enfermedad es una: técnica sin límite moral.

Si a una IA se le ordena maximizar la eficiencia, puede sacrificar a la humanidad. Si le piden que reduzca costos, puede eliminar puestos de trabajo. Si te piden que ganes una campaña, puedes fabricar miedo. Si se le pide seguridad, puede convertir a los ciudadanos en sospechosos.

La máquina no necesita odiar al hombre para hacerle daño. Le basta con obedecer demasiado bien una orden moralmente pobre.

Para República Dominicana, esta no es una discusión de laboratorio. La IA no vive en el aire: necesita datos, energía, talento, infraestructura, chips y decisión política. Somos un país pequeño. No tenemos que dominarlo todo. Pero si no decidimos dónde participar, otros decidirán por nosotros.

La IA debería estar en el taller, no en el altar. Debe servir para producir, educar, gobernar y pensar mejor. Para no dejar de pensar.

No estamos ante una simple innovación. Nos enfrentamos a una disputa sobre el futuro del juicio humano.

Es importante entenderlo ahora: una respuesta rápida no es una verdad, una máquina útil no es una conciencia y una herramienta poderosa no es un dios. Si lo olvidamos, no habrá necesidad de que la máquina nos domine: ya le habremos preparado un altar. Y estaremos de rodillas.

La responsabilidad de anticiparse

Deligne Ascencion Burgos

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