Los datos de junio nos obligan a abandonar la complacencia. Él Banco Central reportó una inflación mensual de 0,51% y una tasa interanual de 5,67%. Ya están tres meses por encima del techo del rango objetivo, fijado en el 4% más o menos el 1%. La inflación subyacente alcanzó el 4,96%, apenas cuatro centésimas por debajo de ese techo.
La presión tampoco se concentró en un solo producto. El grupo Transporte aumentó 1,14% por ajustes en gasolinas, diésel, pasajes aéreos y taxis. Alimentos y bebidas no alcohólicas. subió 0,41%, impulsado por pollo fresco, yuca, agua purificada y refrescos. Bienes y Servicios Diversos avanzaron un 0,85%, mientras que Restaurantes y Hoteles aumentaron un 0,67%. Estos cuatro grupos explicaron alrededor del 90% de la inflación.
El Gobierno atribuye parte del resultado al aumento internacional de los precios del petróleo provocado por las tensiones en Oriente Medio. El argumento está bien fundamentado, pero es insuficiente.
El inflación El subyacente excluye combustibles, alimentos con precios volátiles y servicios regulados, entre otros componentes. Si este indicador se acerca al 5%, significa que la presión se extiende a los servicios, alquileres, comidas preparadas y otros precios menos sensibles a shocks temporales.
Aquí viene un concepto esencial: el ancla de la inflación.
La meta del Banco Central funciona como el ancla de un barco. No evita las olas, pero sí evita que el barco sea arrastrado por cada corriente. Cuando los hogares, las empresas, los bancos y los trabajadores confían en que la inflación volverá a niveles normales, no reaccionan aumentando los precios, los salarios, las tasas de interés o la demanda de dólares.
El problema comienza cuando esa confianza se debilita. Si las empresas esperan más inflación, ajustan los precios por adelantado. Si los trabajadores anticipan aumentos, exigen salarios más altos. Si los bancos temen una pérdida en el valor del dinero, suben las tasas. Si los ahorristas desconfían del peso, buscan dólares. El shock se multiplica.
Eso es quedarse a la deriva.
La República Dominicana no ha perdido el ancla. Pero tres meses por encima de la meta y una inflación subyacente cercana al límite constituyen una señal que no debe minimizarse. Cuanto más dure la desviación, mayor será el riesgo de que el objetivo ya no guíe las expectativas.
Recuperar un ancla perdida es caro. El ajuste termina pagándolo toda la economía, pero golpea más a quienes viven de sus salarios y compran en el colmado, el mercado o el ventorrillo.
Junio muestra que la inflación ya no es una desviación pasajera. El barco está sometido a corrientes más fuertes y el ancla se enfrenta a una presión cada vez mayor.
Cuando el objetivo deja de guiar las expectativas, el problema ya no es desviarse un poco. Está empezando a estar a merced de la inflación.



