Mucho antes de saber de su existencia y de lo que había escrito Gramsci, y que luego el apreciado amigo lo atendió. rafael acevedo En un artículo sobre “La dictadura de los subalternos”, había escuchado a mi abuelo materno hablar de algo similar desde que yo era muy joven. Él, como muchos otros, había llegado a la República Dominicana procedente del Oriente Medio y se radicó entre Moca y Salcedo, donde realizó negocios distintos a los que hacían la mayoría de los inmigrantes. Se ocupó de la fotografía y de fabricar puros.
Mi abuelo fue un hombre en su época, como mi papá, bastante leído. No dejaron tiempo libre para tener un libro o una revista delante de sus ojos. El abuelo era dado a contarnos historias. Disfrutamos escuchando sus historias. Conocía las Mil y una noches al dedillo y nos las presentó como si las estuviéramos viviendo. En este sentido, no sé si las experiencias a las que se refería mi abuelo sobre la dictadura de los subalternos habían sido vividas, leídas o escuchadas.
El «dictadura de los subalternos» Puede definirse como el poder que ejercen diariamente los funcionarios, burócratas o mandos intermedios que ejecutan las directivas del Estado. Según esta teoría, los subordinados imponen su propia voluntad, en detrimento del ciudadano. Y se manifiesta, fundamentalmente, como un abuso de autoridad por parte de funcionarios y empleados de mandos medios. En ocasiones, exigiendo prebendas, retrasando trámites o imponiendo trabas con fines indescriptibles.
Lo cierto es que, siempre que el abuelo tenía la oportunidad, enfatizaba la importancia de dar seguimiento a lo que hacían las personas asignadas para realizar determinadas tareas. Porque existía el riesgo de que los encargados de aplicar las disposiciones hicieran otra cosa. Y, además, se llegó a una especie de acuerdo entre ellos para cambiar las disposiciones o hacerlas de otra manera, sin que el directivo o jefe se diera cuenta. No sólo alterar los resultados, sino hacer quedar mal a la persona que tenía la responsabilidad o autoridad para ello.
Tomando como ejemplo lo que nos habían enseñado y luego conociendo las teorías que se habían escrito para tal fin, he hecho una práctica recomendar a quienes he tenido la oportunidad de servir o compartir, no dejando lugar a que los responsables de aplicar las medidas dictadas, hagan lo que quieran o lo que les convenga. Por eso, cuando se trata de funciones públicas, donde tantos intereses se mueven, conviene realizar un seguimiento constante y puntual de las mismas.
Con el paso del tiempo, sobre todo después de acumular tantos años, he podido comprender mejor qué son las dictaduras subalternas. Llegar a comprender que, erróneamente, muchas personas tienden a culpar al reclinable o titulares de las instituciones de determinadas situaciones que se presenten; Sin embargo, las experiencias indican que algunos funcionarios, al igual que los ciudadanos, son víctimas de enclaves que se entrelazan o entrelazan dentro de las instituciones, a menudo inteligentemente dirigidas por intereses ocultos.
Debo advertir, como lo he hecho durante décadas, que la dictadura de los subalternos representa un grave peligro. Un peligro que hay que combatir con firmeza, porque puede afectar al buen funcionamiento de los asuntos públicos y también privados.



