Constanza Cilley/Latinoamérica21
En mayo de 2026, el Papa León XIV publicó Magnifica Humanitas, su primera encíclica, dedicada íntegramente a la inteligencia artificial y la gestión de la persona humana en la era digital. La decisión tiene un peso simbólico e histórico: sitúa a la IA en el centro de las preocupaciones morales y sociales de nuestro tiempo, retomando una tradición inaugurada por León XIII con la Rerum Novarum, en 1891, cuando la Iglesia decidió intervenir ante las transformaciones producidas por la Revolución Industrial.
La coincidencia temporal con los datos más recientes del WIN World AI Index 2026, un estudio realizado por WIN y Voices! sobre casi 40.000 personas en 44 países—invita a una conversación particularmente reveladora. Leerlos juntos ilumina, ya que los números muestran con precisión empírica lo que la encíclica nombra con categorías filosóficas y éticas.
Lo que muestran los datos ya no es una etapa de experimentación tecnológica, sino el paso a un mundo que empezó a depender de la IA como parte de la vida diaria. En tan solo un año, la adopción global de la inteligencia artificial aumentó del 62% al 74%, mientras que el uso frecuente o diario creció 24 puntos. El mundo dejó de probar la IA: empezó a incorporarla como un hábito diario para buscar información, planificar, trabajar, analizar y crear.
León XIV interpreta este fenómeno a través de una potente imagen bíblica: la Torre de Babel. En Magnifica Humanitas, Babel representa una construcción impulsada por una única lógica, una única dirección y una pretensión de autosuficiencia que termina erosionando la verdadera comunicación humana. Esto no es una condena de la tecnología (la encíclica reconoce explícitamente que la tecnología es parte de la historia humana) sino más bien una advertencia sobre la velocidad sin discernimiento. “La mayoría de la gente se queda quieta, observa desde lejos y simplemente espera a que todo salga bien”, escribe León XIV. Los datos parecen confirmar ese diagnóstico: la adopción está creciendo mucho más rápido que el debate público sobre sus consecuencias.
Y si hay algo que los datos nos permiten medir con precisión son precisamente los miedos que la encíclica intenta nombrar. Magnifica Humanitas identifica tres grandes preocupaciones: la desinformación, el impacto en el trabajo y la concentración del poder tecnológico en manos privadas.
La desinformación genera temores globales: el 73% de los usuarios de IA en el mundo temen que estas tecnologías puedan crear y difundir información falsa. En América Latina, países como México, Venezuela y Paraguay aparecen entre los más preocupados. No es el miedo de quienes no conocen la tecnología: es el miedo a
quienes lo utilizan todos los días y conocen su capacidad para producir textos, imágenes y contenidos cada vez más difíciles de distinguir de la realidad.
Pero la encíclica va aún más lejos. León XIV insiste en que no se puede pensar en la IA como una herramienta neutral. Todo sistema técnico incorpora prioridades, criterios y formas de clasificar la realidad: qué mide, qué ignora, qué considera relevante y qué optimiza. La discusión, entonces, es también cultural y política: quién define los criterios con los que estas herramientas organizan el mundo y dan forma a lo que las sociedades consideran verdadero.
El segundo gran miedo es el trabajo. El 65% de los usuarios globales teme que la IA pueda reemplazar los trabajos humanos. En México y Chile esta preocupación es aún mayor. León XIV retoma aquí una idea central de la tradición social de la Iglesia: el trabajo no es sólo un medio de subsistencia sino una dimensión constitutiva de la dignidad humana.
La tercera preocupación es quizás la más estructural: la concentración del poder tecnológico. “En el pasado, eran principalmente los Estados los que promovían y guiaban la innovación”, escribe León XIV. “Hoy, sin embargo, los principales impulsores del desarrollo son actores privados, a menudo transnacionales”. Por tanto, la encíclica advierte sobre una gobernanza profundamente asimétrica, donde las empresas tecnológicas adquieren capacidades de influencia mayores que las de muchos gobiernos.
En América Latina, además, la expansión de la IA no dibuja un mapa homogéneo sino más bien una región dividida entre líderes y rezagados. Paraguay, México y Ecuador se encuentran entre los líderes mundiales en adopción e integración de IA, junto con India y China. Colombia, Venezuela y Chile son “retadores emergentes”: reconocen el valor funcional de la IA, pero aún no se han comprometido emocionalmente con ella. Mientras tanto, Argentina, Brasil y Perú se definen como “adoptadores cautelosos”: países con alta infraestructura y conocimiento, pero también con una actitud más crítica y funcional hacia la tecnología.
Esta heterogeneidad regional también tiene implicaciones éticas. León XIV recupera una preocupación ya presente en el documento vaticano Antiqua et Nova: la desigualdad de acceso como problema central. No se trata sólo de quién usa la IA y quién no. También se trata de quién participa en la definición de sus reglas, valores y límites.
Pero quizás la dimensión más profunda no sea la tecnológica sino la humana. Más allá de los miedos instrumentales –desinformación, empleo o seguridad– emerge una transformación más silenciosa: la de los vínculos.
Un estudio reciente de Voices! en Argentina muestra que la importancia asignada a las relaciones humanas cayó del 89% al 81% entre 2019 y 2025. En este contexto, el 31% de los argentinos afirma haber hablado con sistemas de IA sobre temas personales o emocionales. El fenómeno es especialmente fuerte entre los jóvenes y entre las personas menos satisfechas con sus relaciones humanas.
La encíclica ofrece un marco particularmente poderoso para leer estos datos. León XIV advierte que “la imitación artificial de la comunicación humana positiva” puede generar “la falsa impresión de estar en una relación con un auténtico sujeto personal”. Y
añade una advertencia aún más profunda: el riesgo no es sólo que una persona crea que está hablando con alguien real, sino que progresivamente pierda el deseo mismo de buscar al otro.
Los datos sugieren que la IA ha llegado a un terreno relacional ya frágil y está empezando a ocupar funciones tradicionalmente humanas: escuchar, acompañar, conversar. Esto es exactamente lo que la encíclica pide no naturalizar sin una reflexión crítica.
Ahí aparece una de las grandes paradojas de este momento histórico. A medida que crece la adopción de la IA, también persisten altos niveles de preocupación y desconfianza. La gente utiliza más estas tecnologías, reconoce su utilidad e incluso disfruta experimentando con ellas, pero al mismo tiempo mantiene profundas dudas sobre sus consecuencias sociales y culturales.
Para pensar en esta tensión, León XIV recurre finalmente a dos imágenes bíblicas: Babel y la reconstrucción de Jerusalén por Nehemías. El primero representa la tecnología entendida como un proyecto de autosuficiencia. El segundo propone una reconstrucción colectiva basada en la cooperación y el cuidado de los vínculos.
Los datos muestran que el mundo decidió adoptar masivamente la inteligencia artificial. La pregunta que la encíclica deja abierta —y que los números por sí solos no pueden responder— es si esta adopción se está pareciendo más a Babel o más a Nehemías.
Es, quizás, una de las cuestiones más importantes de nuestro tiempo.



