Durante casi un siglo, decir “el médico” en nuestro país equivalía a decir Joaquín Balaguer. La duda sobre esta sinonimia me asaltó cuando, mientras estaba en Londres en 1970, estudiando una maestría, y mi amigo y compadre Manuel Cocco Guerreroen París, me informó que fue a la Sorbona y que, haciendo una búsqueda minuciosa en la lista de egresados de esa prestigiosa universidad, se había dado cuenta de que el nombre de Balaguer no aparecía en la lista oficial de egresados de esa casa de altos estudios que habían recibido el título de Doctor. Aquella historia generó en mi mente una profunda duda sobre si Balaguer era realmente médico, como comúnmente se le llamaba en nuestro país, o si, por el contrario, ese título no le correspondía en la realidad de los hechos. Esa duda desapareció por completo de mi cerebro, al leer todo lo reseñado en la página 100, y siguientes del libro “Yo, Balaguer” donde aparece amplia información sobre Balaguer, que, a su vez, narro a continuación. Inicialmente Balaguer fue nombrado secretario de la embajada dominicana en Madrid, luego fue trasladado a la embajada dominicana en Francia, matriculándose inmediatamente en la Universidad de París en la facultad de Economía y Ciencias Políticas, donde convalidó sus estudios de Licenciatura en Derecho en la Universidad de Santo Domingo y se matriculó para obtener el Doctorado en Derecho, pero Balaguer fue trasladado a Madrid, su anterior sede, al salir de París, debido a este impertinente y desafortunado decreto que lo alejaba de París. Expresó amargamente, palabra por palabra, que tal decisión le había «impedido presentar, en junio de 1935, la tesis necesaria para obtener el doctorado».
En consecuencia, «el de licenciado sería, por tanto, el único título que recibiría, si se exceptúan los títulos honoríficos. A mi regreso al país, sin embargo, ya sea por ignorancia o por adulación, siempre me llamaron médico, – me convertí – me hicieron – en el Doctor, el médico por excelencia. Y aunque no obtuve este título, siempre estaría íntimamente ligado a mí, como el perfume a la flor, como el dolor a la herida. No fue la única vez que la pasión partidista hizo a nuestro pueblo, tal vez acomplejados por su falta de cultura general, exageraban las credenciales de sus políticos, fue también el caso de Bosch pero, a diferencia de él, a quien llamaban “el profesor” sabiendo que era autodidacta, los dominicanos siempre estuvieron convencidos de que yo era, en verdad, un doctor en derecho.
Cuando medio siglo después hice la aclaración en las páginas de “Un cortesano de la época de Trujillo”, mi prestigio ya no requería título alguno. Con mi extensa carrera política ya había demostrado que un título universitario también puede ser un simple papel”.
Todo lo esbozado hasta ahora en la biografía ficticia, “Yo, Balaguer”, del escritor Pablo Gómez Borbón, sirve para validar la información que me había compartido en Londres en 1970 mi amigo y compadre Manuel Cocco Guerrero quien, según su minuciosa investigación, revisando la lista oficial y exhaustiva de doctores en Derecho en la Sorbona, Balaguer no aparecía en esa lista, demostrando así que no había alcanzado el alto título. Académico Doctor en Derecho. Esa información era cierta, no calumnias ni dictámenes, ni contumelia. Fue el propio “doctor” Joaquín Balaguer quien proclamó que no era médico. Tal confesión explicativa emitida por “el médico” debe ser aceptada sin reparos por los dominicanos de las actuales y futuras generaciones conocedores de la política y, con mayor fundamento por quienes siguieron a Balaguer como líder ya que éste confesó en sus memorias de “Yo, Balaguer”, que él, el “Doctor Balaguer” no era, realmente, médico. Esta confesión del mismo que astutamente se dejó llamar “doctor” debería ser eliminada del lenguaje coloquial de las nuevas generaciones. Ciertamente, en ese caso más que en cualquier otro tema, los balagueristas deben cumplir, per secula seculorum, el más sagrado mandamiento ideológico y doctrinal, condensado en la inviolable expresión: ¡Lo que dice el médico es lo que importa!



