Cada último domingo de mayo, República Dominicana celebra el dia de la madreuna fecha marcada por reuniones familiares, flores, regalos y homenajes al ser que la mayoría considera más especial en sus vidas.
Sin embargo, más allá de las visibles expresiones de cariño, el día también nos invita a reflexionar sobre las silenciosas historias de sacrificio que han sostenido a generaciones enteras.
Son historias de mujeres forjadoras, que renunciaron a sueños personales, enfrentaron dificultades económicas y asumieron responsabilidades para garantizar el bienestar y el futuro de sus hijos.
Y es allí donde, con el paso de los años, muchos niños descubren aspectos de la maternidad que pasaban desapercibidos en la infancia. Aquellas decisiones que parecían rutinarias cobran un nuevo significado cuando se observan desde la edad adulta.
Lo que alguna vez fue una simple inscripción en una escuela, una comida servida a tiempo o una presencia constante en momentos difíciles, hoy se entiende como el resultado de esfuerzos, privaciones y actos de amor que pocas veces fueron reconocidos en su momento. El diario Hoy comparte testimonios de hombres que, mirando hacia atrás, han comprendido que sus madres nunca dejaron de luchar por ellos, aún cuando nadie más lo viera.
para el El reportero deportivo Iván Joel Ramos.la figura materna tiene un nombre y rostro muy definido: Ercilia Hernández Matías. Aunque biológicamente era su abuela, fue ella quien asumió el rol de madre desde sus primeros años.
Iván Ramos es un reconocido periodista deportivo de diversas disciplinas, pero especializado en baloncesto.
«En mi caso, mi mamá es mi abuela. Mi abuela fue quien me crió. A mi abuela la llamaba mami», recuerda Ramos. Si bien su madre vivió fuera del país y regresó por algunos veranos, la presencia constante en su vida fue aquella educadora jarabacoeña que marcó a generaciones enteras de estudiantes.
“Cuando mi mamá salió del país un verano, la vi como alguien normal, porque mi mamá era mi abuela: la educadora Ercilia Hernández Matías, allá en Jarabacoa. En algún momento ella debió enseñar al 60% de las personas que saludé. La gente constantemente me decía: ‘Ella era mi maestra’”.
Con el paso de los años, Iván ha aprendido a medir los sacrificios que hizo esa mujer para garantizarle oportunidades que quizás parecían inalcanzables. Muchos de esos esfuerzos pasaron desapercibidos durante su infancia, pero hoy los reconoce como pilares fundamentales de la persona en la que se convirtió.
Desde pequeño estuvo rodeado de libros. Mientras su abuela daba clases en los primeros grados de primaria, él la acompañaba llevando sus ejemplares de lectura.
«Aprendí a leer con ella. Recuerdo ir a la clase donde ella daba clases en primero y segundo grado. Me llevaba mis libros de Nacho y Petete. Cuando llegó el momento de matricularme en la escuela, esos libros ya eran historia nacional para mí», dice entre risas.
Sin embargo, el sacrificio que más recuerda ocurrió cuando cursaba quinto grado en una escuela pública de Buena Vista, Jarabacoa. Algunos de sus amigos comenzaron a ingresar al Colegio Don Bosco, conocido popularmente como “el Colegio de los Padres”. Eso despertó en él una mezcla de curiosidad y nostalgia.
«Recuerdo haberle dicho a mi mamá que unos amigos iban allí. Ella me escuchó, pero no me dijo nada».
Días después llegó una pregunta que no esperaba. «Me preguntó: ‘¿Te gustaría estar en el Colegio de los Padres?’. No me lo esperaba. Le dije que sí».
Lo que siguió fue una muestra silenciosa de amor y determinación. Sin grandes anuncios ni promesas, Ercilia Hernández tomó la decisión de buscar una oportunidad para su nieto.
“A los pocos días me dijo: ‘Cámbiate, vamos a salir’. Y en esa salida fue al colegio, a hablar con el padre José Pastor Ramírez, que era el director”.
Iván recuerda claramente aquella conversación entre el cura y su abuela. El centro educativo contaba con un sistema que ajustaba el costo de la matrícula según la situación económica de cada familia.
“Nunca olvidaré la negociación entre mi padre y mi abuela”.
El esfuerzo dio sus frutos. Ingresó en el centro educativo y, dice, esa decisión transformó el rumbo de su vida.
“Esa fue mi herencia”, dijo.
La transición no fue fácil. Acostumbrado a una metodología diferente en la escuela pública, enfrentó un proceso de adaptación que se volvió frustrante.
«Pasé de un colegio donde me daban cuestionarios para memorizar, a escuchar a profesores que me pedían síntesis y resúmenes. Ni siquiera entendía esos conceptos. Los primeros meses fueron caóticos. No había manera de que pudiera ponerme en pie», afirmó el experto en periodismo deportivo.
Pacientemente, sus maestros comenzaron a guiarlo. Poco a poco descubrió una herramienta que marcaría su desarrollo académico y profesional: la comprensión lectora.
“Aprendí a leer con pensamiento crítico. Eso me hizo mejor estudiante y me abrió puertas que nunca imaginé”, recordó.
Esa formación fue decisiva años después, cuando se mudó a Santo Domingo para estudiar en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) y luego iniciar una carrera en los medios de comunicación.
«La educación que recibí gracias al sacrificio de mi abuela me marcó para siempre. Me ayudó a convertirme en el ciudadano que soy hoy, el padre que trato de ser para mis hijos y el profesional que he logrado construir».
Por eso, cuando habla de Ercilia Hernández Matías, no solo se refiere a una mujer que lo crió. Habla de alguien que sembró en él valores, disciplina y oportunidades que trascendieron generaciones.
«Siempre digo que esa fue la herencia que me dejó mi abuela, mi mamá. Ella era una señora muy entusiasta, que intentaba no salir nunca sin llevarme a su lado», reiteró Ramos.
«Fueron muchas las cosas que hizo mi mamá Ercilia para que yo estuviera bien. Mi adolescencia con ella, en Jarabacoa, en un patio donde había un árbol de cada fruto, han sido, hasta ahora, los mejores años de mi vida», destacó el cronista.
A Carlos Emil VólquezCEO de EIBOL y dominicano Residente en México, la comprensión del sacrificio maternal llegó con la madurez y la experiencia de construir su propio camino lejos de casa.
Carlos Emil Vólquez se ha superado en el extranjero.
“Con el tiempo uno crece y comprende mucho mejor los sacrificios que nuestros padres han hecho por nosotros. Hoy quiero tomarme un tiempo para agradecer profundamente a mi madre: una madre dedicada, una madre que ha dado todo lo que podía para ayudar a sus hijos a salir adelante”, expresó.
Al reflexionar sobre su historia familiar, Carlos reconoce que muchas de las enseñanzas y valores que lo han acompañado en su desarrollo personal y profesional tienen su origen en el esfuerzo constante de su madre. Aquellas lecciones que recibió durante la infancia se perciben hoy como un legado que trasciende generaciones.
“Y quiero agradecerte mamá, desde lo más profundo de mi corazón. Quiero que sepas que hoy, Día de la Madre, tu esfuerzo no ha sido en vano ni nunca lo será. Quiero que sepas que las enseñanzas que me diste quedan conmigo y en el futuro serán parte de otras generaciones, y que tu legado continuará y perdurará en el tiempo”, afirmó.
Para él, el verdadero éxito no se mide sólo por los logros profesionales alcanzados, sino también por la capacidad de honrar los valores inculcados en casa y transmitirlos a quienes vienen después.
«Muchas gracias mamá, desde lo más profundo de mi corazón. Te quiero mucho y espero que estés con nosotros por mucho tiempo. Y hoy, en el Día de la Madre, disfruta de haber logrado la hazaña que has logrado: sacar adelante a tus hijos y ser esa madre ejemplar que siempre has sido», dijo.



