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martes, noviembre 3, 2026
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Hasta siempre, hombre bueno

Deberías Leer

Porque la vida contigo era una aventura de aprendizaje. Un ir y venir por territorios donde la gente necesitaba desarrollo para llegar. Allí siempre llevaste la convicción de que era posible construir un futuro mejor.

Desde que tengo memoria te vi caminar entre el trabajo del campo y los libros. Entre agricultores, comunidades y proyectos. Y en medio de ese ajetreo constante, siempre encontraste tiempo para nosotros: jugar, asesorar, escuchar y organizar cada reunión familiar.

Crecí viéndote enseñar en pequeños cenadores con pisos de barro y techos de palma. En lugares recónditos de Veraguas y Chiriquí, en Panamá; o en los rincones productivos de San Juan y Santiago, en nuestro país. Allí entendí que tu trabajo iba mucho más allá de la agricultura: consistía en acompañar a las personas, compartir conocimientos y sembrar esperanza.

Siempre Me sentí privilegiado por la oportunidad de acompañarlos en tantos talleres de extensión agrícola. Esos días también estuvieron cargados de responsabilidades: manejar el rotafolio, organizar las sillas o escribir las aportaciones de los participantes en fichas.

Sin embargo, lo que más disfruté fueron los viajes de ida y vuelta. En esos caminos hablábamos de la vida, de la política, de la economía y de las responsabilidades que trae consigo el paso del tiempo. Nunca olvidaré aquella noche en que, regresando de Tamboril a Santo Domingo, una fuerte tormenta nos sorprendió en Bonao. Fue allí, mientras esperábamos que amainara la tormenta, que me hablaste de fe, de lealtad y de amor. Son lecciones que sigo llevando conmigo.

Tu vida como agrónomo, planificador y pensador territorial terminó, de alguna manera, entrelazada con mi sueño de ser periodista. Recuerdo que una vez me dijiste que esto lo sabías desde que era niño, cuando después de hacer una gira Panamá, Costa Rica, Nicaragua y Honduras A lo largo de la carretera Panamericana, escribí una historia sobre cada lugar que habíamos visitado.

También nos regalaste esas inolvidables “vacaciones en la granja”, como llamabas a los viajes familiares. Esperábamos esos momentos con entusiasmo. Durante esos recorridos compartiste anécdotas y enseñanzas que hoy forman parte de nuestra historia familiar: el recuerdo de aquel niño de 13 años que se enteró del fusilamiento de Trujillo en medio de un silencio sepulcral, porque se respiraba miedo en cada centímetro; o las vivencias que marcaron su participación en los hechos del 24 de abril de 1965 en su querido barrio de Capotillo.

Unos días antes de tu partida tuve la oportunidad de confirmarte, una vez más, el inmenso amor que sentías por nuestra madre. Cincuenta y dos años de matrimonio no era sólo un número. Fue un amor que cultivaste con el mismo esmero y dedicación con el que asumiste todo lo importante en tu vida.

Para tus nietos eras mucho más que un abuelo. Te convertiste en cómplice de sus sueños, compañera de sus ocurrencias y guardiana silenciosa de sus inquietudes. Gracias a ellos, y también gracias a ellos, aprendiste sobre Internet y las redes sociales. Siempre quisiste comprender el espíritu de los tiempos y encontrar la manera de dialogar con cada nueva generación.

Esa capacidad de conectar con las personas nació tanto de tu amor por la familia como de tu permanente vocación de servicio. Primero acompañasteis a campesinos y campesinas; luego a comunidades de fe; después a personas que enfrentaban enfermedades terminales, para no olvidar el dolor de mi hermana Haydee Carolina (EPD). Siempre estuviste dispuesto a escuchar, comprender y ayudar.

Y no lo digo sólo como tu hija.

Dado que su ausencia amenaza con abrumarme, muchas personas que recibieron su apoyo a lo largo de los años se han acercado. Algunos me tomaron de la mano; Otros me hablaron al oído. Todos coincidieron en algo: me pidieron que encontrara consuelo en tu memoria, porque habías vivido haciendo el bien.

Entonces comprendí que tu legado no vive sólo en la familia. También vive en cada persona a la que le tendiste la mano. Vive en las comunidades donde trabajaste, en las amistades que sembraste y en las generaciones que encontraron en ti guía sincera.

Como las semillas que tanto amabas cultivar, tu ejemplo seguirá dando frutos.

Adiós, buen hombre.

mi padre, Manuel Antonio Lora Gerardo (1947-2026).

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