¿Qué está pasando en Haití Podría marcar un antes y un después en la historia reciente de esa nación. La llegada de unos 2.000 militares salvadoreños, bajo el liderazgo del presidente Nayib Bukeleha cambiado el escenario de enfrentamiento contra las organizaciones criminales que mantienen secuestrada a la sociedad haitiana desde hace años. Y hay una señal que merece especial atención: los propios líderes de las pandillas están empezando a solicitar diálogo y mediación a las Naciones Unidas.
La situación parece estar entrando en una nueva etapa. José Wilsonconocido como Muerte de Sanjouuno de los principales líderes de las organizaciones criminales haitianas, confirmó que envió una comunicación al Secretario General de la ONU solicitando una delegación para promover el diálogo. También expresó su disposición a deponer las armas, aunque sin explicar en qué condiciones.
Este movimiento no debe interpretarse necesariamente como una voluntad genuina de abandonar la violencia. También puede ser una señal de que las estructuras criminales están sintiendo una presión que no habían experimentado antes.
Y ahí es precisamente donde se encuentra la diferencia de este momento.
Salvador No envía simplemente un grupo de observadores o una representación simbólica. Está desplegando tropas de su Fuerzas armadascon experiencia en operativos de seguridad y preparación desarrollados bajo una política de enfrentamiento directo contra organizaciones criminales. La experiencia salvadoreña bajo el Gobierno de Nayib Bukele ha demostrado que, cuando hay voluntad política, coordinación institucional y capacidad operativa, es posible cambiar radicalmente el panorama de inseguridad de una nación.
Sin embargo, Haití tiene características particulares. Su crisis no se limita a las pandillas: incluye también la debilidad institucional, la ausencia de autoridad en grandes territorios, la pobreza, la inestabilidad política y la penetración del crimen organizado en sectores de poder. Por tanto, la solución no puede descansar exclusivamente en las armas.
Lo que sí parece evidente es que las organizaciones criminales empiezan a entender que el escenario ha cambiado. Durante demasiado tiempo, las pandillas han impuesto sus condiciones, controlado comunidades, secuestrado ciudadanos, paralizado actividades económicas y desafiado abiertamente a las autoridades. Ahora, ante el despliegue de una fuerza militar con mayor capacidad de respuesta, sus dirigentes parecen buscar una salida a través de la mediación internacional.
Pero hay algo que debe quedar claro: el diálogo no puede convertirse en una negociación que premie a quienes han mantenido a un pueblo bajo el terror. La paz no puede significar impunidad, ni entrega de espacios de poder a organizaciones criminales. Cualquier proceso debe tener como punto de partida el desarme, el sometimiento a la justicia y la recuperación de la autoridad legítima del Estado.
Tampoco podemos perder de vista la protección de la población civil. La lucha contra las pandillas debe desarrollarse en el marco del derecho internacional, protegiendo a los niños, las mujeres y las familias que ya han sufrido demasiado. El objetivo no es sustituir un terror por otro, sino devolver la tranquilidad y la dignidad a los haitianos.
Haití necesita mucho más que una operación militar: Necesita convertirse definitivamente en un Estado funcional.
Y en este propósito la comunidad internacional tiene una responsabilidad histórica. No se trata sólo de enviar tropas, financiar misiones o celebrar reuniones diplomáticas. Se necesita una estrategia integral para reconstruir las instituciones, fortalecer la policía y las fuerzas armadas haitianas, recuperar el sistema judicial, organizar elecciones confiables y crear las condiciones para que la economía vuelva a funcionar.
La República Dominicana, por su condición de país vecino, tiene razones suficientes para observar atentamente este proceso y apoyar todas las iniciativas que contribuyan a la estabilidad haitiana. No podemos aspirar a una frontera segura mientras del otro lado haya un Estado debilitado, sin capacidad para garantizar el orden y la seguridad de sus ciudadanos.
La estabilidad de Haití es también una necesidad para la República Dominicana y toda la región del Caribe.
Es hora de que los sectores políticos haitianos dejen de utilizar a las pandillas como instrumentos de poder. Es hora de que las élites económicas comprendan que no puede haber prosperidad en medio del caos. Es hora de que la comunidad internacional deje de gestionar una crisis y contribuya verdaderamente a resolverla.
El pueblo haitiano merece vivir en paz, tener autoridades legítimas, trabajar, producir y construir su futuro sin temor a ser secuestrado o asesinado.
La llegada de militares salvadoreños podría representar una oportunidad para cambiar el curso de los acontecimientos, siempre y cuando su acción vaya acompañada de una estrategia política, institucional y humanitaria.
Ha llegado el momento de que Haití empiece a ser un país en todas las dimensiones del mundo. Y para lograrlo tenemos que contribuir todos: los haitianos, sus líderes, los países vecinos y la comunidad internacional.
Porque Haití no puede seguir siendo una nación atrapada entre pandillas, pobreza e inestabilidad. Debe recuperar su Estado, su soberanía y, sobre todo, el derecho de su pueblo a vivir con dignidad.


