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domingo, agosto 16, 2026
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entre lo que logramos, lo que rompimos y lo que todavía podemos reconstruir

Deberías Leer

Nací bajo un gobierno democrático que sería interrumpido poco después por los militares. Crecí escuchando hablar de reforma agraria, de patria, de revolución, de orden, de inflación, de terrorismo, de corrupción, de democracia recuperada y de democracia recién herida.

He vivido más de 58 años viendo al Perú cambiar presidentes, constituciones, modelos económicos, promesas y discursos. Pero hay una pregunta que me sigue rondando:

¿Qué hicimos realmente con tanto dolor, tanto talento y tanta oportunidad?

Porque no basta con decir que un gobierno fue bueno o malo. La historia de un país no cabe en un eslogan. El Perú ha tenido momentos de progreso y momentos de vergüenza. Ha tenido gobiernos que corrigieron injusticias, pero crearon otras. Gobiernos que trajeron estabilidad, pero debilitaron las instituciones. Gobiernos que hablaron de inclusión, pero dejaron esperando a territorios enteros. Gobiernos que prometieron moralizar, pero terminaron siendo investigados, desalojados, fugados, encarcelados o desacreditados.

Y ahí radica, quizás, nuestra primera gran lección: el Perú no ha fracasado por falta de talento; Ha fracasado demasiadas veces por falta de institucionalidad.

que se hizo bien

Fue bueno reconocer que existía el Perú profundo.

Durante décadas, el campesino, el indígena, el residente rural y el ciudadano alejado de Lima parecían vivir en un país paralelo. La reforma agraria, con todos sus errores y consecuencias, obligó al país a mirar la desigualdad histórica. No todo se hizo bien. No todo estuvo bien planeado. Pero se abrió una conversación que ya no podía ocultarse bajo la alfombra de estamentos, apellidos y privilegios.

Fue bueno recuperar la democracia después del gobierno militar.

Votar nuevamente en 1980 fue más que un acto electoral. Era una señal de que el país quería volver a la vida civil. Pero la democracia se debilitó, con un Estado que no llegaba a todo el territorio y con una violencia que empezó a crecer desde los márgenes que nadie quería mirar a tiempo.

Fue bueno enfrentar el terrorismo.

El Perú vivió años de miedo, sangre y silencio. Sendero Luminoso golpeó cruelmente al país, especialmente a los más pobres, a los más remotos, a los menos protegidos. Derrotar al terrorismo era una necesidad histórica. Pero también hay que decirlo claramente: luchar contra el terrorismo no autoriza violar los derechos humanos. El Estado debía defender la vida sin perder el alma.

Fue bueno estabilizar la economía.

Después de la hiperinflación, el caos y la angustia diaria, el Perú logró ordenar sus cuentas, controlar la inflación, atraer inversiones y crecer. Millones de peruanos escaparon de la pobreza. Se fortaleció una clase media. El país se abrió al mundo. Eso no es menor. La estabilidad económica fue un logro.

Pero aquí viene la otra parte: la estabilidad económica sin justicia territorial es una mesa débil. Crecer no basta si el ciudadano continúa sin agua, sin salud, sin seguridad, sin educación de calidad y sin un Estado que lo trate con dignidad.

¿Qué se hizo mal?

Era un error creer que el fin justifica los medios.

El Perú ha pagado cara esa frase. Demasiadas veces se aceptó que, en nombre del orden, se pisoteaban las instituciones. Se permitió que la fuerza reemplazara al diálogo. Se justificó que el poder estaba concentrado porque “había que resolverlo”. Pero cuando un país permite que alguien rompa las reglas para salvarlo, termina quedándose sin reglas y sin un salvador.

Fue un error no crear partidos políticos serios.

Hemos tenido líderes, movimientos, úteros sustitutos, alianzas improvisadas y candidatos temporales. Pero no hemos construido suficientes organizaciones políticas con doctrina, capacitación, personal técnico, ética pública y presencia territorial real. Y sin partidos serios, la democracia se convierte en un casting electoral.

Fue un error abandonar la institucionalidad.

Congreso y Ejecutivo se han enfrentado como enemigos, no como poderes del Estado. La vacante se convirtió en un arma. Censura, cálculo. Representación, negocios. La política dejó de ser un puente y pasó a ser una trinchera.

Y cuando la política se convierte en una trinchera, el ciudadano queda en el medio.

Fue un error no escuchar a tiempo al interior del país.

El Perú rural, andino, amazónico y periférico no se presenta sólo en las elecciones. Existe todos los días. Producir, trabajar, migrar, resistir, protestar, votar y esperar. Pero muchas veces se le mira tarde, se le atiende tarde y se le comprende tarde. Luego nos sorprendemos cuando el voto expresa enfado, aburrimiento o desconfianza.

No es ninguna sorpresa. Es acumulación.

Fue un error permitir que la corrupción se convirtiera en un paisaje.

Cuando casi todos los expresidentes recientes terminan investigados, procesados, encarcelados, destituidos o cuestionados moralmente, el problema ya no es sólo personal. Es sistémico. Es un modelo que permite financiar campañas sin transparencia, gobernar sin rendición de cuentas y utilizar al Estado como botín.

La corrupción no sólo roba dinero. Roba la confianza. Robar futuro. Roba la posibilidad de creer.

La gran contradicción peruana

El Perú puede crecer y desordenarse al mismo tiempo.

Puede exportar minerales y no garantizar agua.

Puedes tener cocina de clase mundial y niños con anemia.

Puede tener talento emprendedor y trabajadores informales.

Puedes tener elecciones constantes y poca representación real.

Puede que tenga una historia milenaria y poca memoria.

Ésa es nuestra contradicción.

Somos un país capaz de salir de crisis inmensas, pero también capaz de repetir los errores que nos llevaron a ellas.

¿Qué pasa ahora?

No se trata de mirar atrás para repartir culpas. Se trata de mirar atrás para aprender.

El Perú necesita una nueva conversación nacional. No es una conversación de odio. No es una conversación entre partes. No es una conversación entre Lima y Lima. Una conversación real, territorial, honesta, incómoda y necesaria.

Necesitamos reconstruir los juegos.

Necesitamos defender las instituciones.

Necesitamos descentralizar con capacidad, no sólo con discurso.

Necesitamos que la economía crezca, sí, pero también que incluya.

Necesitamos memoria para no repetir la violencia.

Necesitamos justicia para no normalizar la impunidad.

Necesitamos que los ciudadanos no deleguen todo en políticos a los que luego decimos que no reconocemos.

Porque un país no se arregla sólo con cambiar de presidente.

Un país se arregla cambiando la forma en que entiende el poder.

Y quizás esa sea la mayor lección de estos 58 años de vida mirando al Perú: hemos tenido gobiernos fuertes, gobiernos débiles, gobiernos militares, gobiernos democráticos, gobiernos de transición y gobiernos en crisis. Pero aún necesitamos construir un Estado que se preocupe, una política que represente y una ciudadanía que no se conforme con sobrevivir.

Nací en Perú.

Y aunque la vida me ha llevado por otros caminos, el Perú sigue siendo parte de mi memoria, de mi identidad y de mi pregunta.

¿De qué país queremos salir?

No es el país perfecto. Eso no existe.

Pero es uno que es más justo, más decente, más institucional y más capaz de convertir su dolor en aprendizaje.

Porque el Perú no necesita otro salvador.

Necesita ciudadanos, instituciones y un propósito común.

Y todavía tenemos tiempo para construir eso.

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