Constanza Mazzina/Latinoamérica21
Durante décadas, el discurso predominante en las relaciones internacionales en nuestra región estuvo marcado por la globalización comercial y la cooperación internacional. Se pensaba que la interdependencia económica sería suficiente para disolver las viejas tensiones de poder. Sin embargo, asistimos al regreso de la geopolítica en su estado más puro: la competencia entre grandes potencias por el control de espacios geográficos, recursos estratégicos y flujos tecnológicos.
En este nuevo sistema internacional, la geografía ha vuelto a convertirse en destino. La competencia estratégica entre Estados Unidos y el eje autoritario liderado por China, Rusia e Irán ha transformado a América Latina de una zona de relativa paz a una frontera crítica. Ya no se trata sólo de hacer negocios; Cada puerto financiado, cada antena 5G y cada contrato de litio son hoy una pieza en un tablero de ajedrez donde la economía ya no es independiente de la seguridad nacional.
La presencia de este eje se ha consolidado explotando la “fatiga democrática” a través de la convergencia táctica. China actúa como el “socio económico” indispensable; ha pasado de la compra de materias primas a la propiedad de infraestructura crítica, utilizando la dependencia financiera para neutralizar las críticas políticas. Rusia, por su parte, funciona como “agente de desestabilización”, garantizando la supervivencia de los regímenes de Cuba, Venezuela y Nicaragua mediante inteligencia y guerra asimétrica. Finalmente, Irán se posiciona como el “actor de seguridad”, exportando tácticas de control social y tecnología de drones.
La batalla actual se libra en el Estrecho de Ormuz, pero también en los cables de fibra óptica y en los cuellos de botella logísticos. La exportación de sistemas de vigilancia llave en mano permite a los gobiernos locales monitorear a la oposición en tiempo real, erosionando la democracia desde adentro. El verdadero peligro surge en la intersección de la logística y el mundo digital. Con herramientas como la plataforma LOGINK, Beijing gana visibilidad de cada movimiento de carga en la región. Si a esto le sumamos que los puertos modernos tienen capacidad de doble uso –civil y militar– el riesgo es evidente: quien controle el principal puerto de salida de un país adquiere un poder de veto de facto sobre su política exterior a través de “retrasos técnicos” o cambios arancelarios que pueden asfixiar una economía en semanas.
Esta dualidad no es teórica, sino que define la agenda actual del Cono Sur. En Perú, el megapuerto de Chancay representa una inversión vital de 3.500 millones de dólares, pero a riesgo de
convertirse en un enclave soberano de una empresa estatal china. En Argentina, la licitación de la Hidrovía Paraná-Paraguay —de donde proviene el 80% de su agronegocio— no es una cuestión técnica, sino una señal de alineamiento: aceptar el control chino de la navegación interior es una “línea roja” para la relación con Occidente.
Chile ofrece un contraejemplo interesante: ante la propuesta de Huawei de un cable submarino a Asia, Santiago optó por la ruta Humboldt vía Australia y Japón. Priorizó la seguridad de los datos y la interoperabilidad con socios democráticos, pagando un costo de oportunidad para permanecer en el ecosistema de seguridad occidental.
La opcionalidad (jugar para ambos lados) es la estrategia actual, pero el margen de maniobra se está agotando. La oferta democrática de Estados Unidos y la Unión Europea a menudo se percibe como lenta y burocrática en comparación con el pragmatismo autoritario que ofrece infraestructura inmediata sin condiciones de derechos humanos. Para cerrar esta brecha, los socios occidentales deben ofrecer resultados tangibles: financiación competitiva y transferencia real de tecnología.
La paradoja del Cono Sur es brutal: la autonomía estratégica dependerá de entender que, en el retorno de la geopolítica, no hay créditos gratis y que la soberanía se defiende tanto en las fronteras como en los servidores de datos.
Las consecuencias de ignorar este cambio de paradigma podrían ser irreversibles para la arquitectura institucional de la región. Si América Latina no logra articular una respuesta estratégica, corre el riesgo de quedar reducida a una mera junta de extracción y vigilancia, donde la soberanía se fragmenta en enclaves logísticos y digitales fuera del control nacional. La consolidación de este seguro de vida autoritario no sólo debilita la influencia de las democracias liberales, sino que también despoja a los Estados de su capacidad para decidir su propio rumbo sin tutela externa. En última instancia, la verdadera prueba para las naciones del Cono Sur no será cuánto comercio pueden generar con el eje autoritario, sino cuánto de su propia integridad democrática están dispuestas a sacrificar en aras del pragmatismo inmediato. Se está acabando el tiempo para una neutralidad cómoda; Lo que hoy se acepta como una inversión necesaria mañana puede ser lo que limite nuestra libertad de elegir.



