Los colonizadores franceses dominaron Burkina Faso desde 1896, cuando se estableció el protectorado franco-burkinabé. Durante este período, los Mossi resistieron, pero finalmente se sometieron a la influencia colonial. En 1919, se estableció la colonia del Alto Volta en el actual territorio de Burkina Faso, con siete círculos administrativos.
Tras el golpe de Estado del 4 de agosto de 1983, los capitanes Blaise Compaoré, Thomas Sankara y Henri Zongo rebautizaron el país como Burkina Faso, “la tierra de los hombres íntegros”. Sankara fue asesinado en 1987 y desde entonces la nación ha experimentado ciclos de inestabilidad.
El 30 de septiembre de 2022 se produjo un nuevo golpe militar. El capitán Ibrahim Traoré asumió como líder interino y, días después, fue nombrado presidente. Desde entonces, Burkina Faso se convirtió en un dolor de cabeza para Occidente, principalmente para Francia.
En enero de 2023, Traoré dio un mes a las tropas francesas para abandonar el país. Tomó el control de los recursos minerales, denunció la explotación histórica de África y apeló a la necesidad de una soberanía continental. Francia reaccionó con intentos de aislamiento económico y presión diplomática. La respuesta fue contundente: ruptura de relaciones diplomáticas y acusaciones de ambiciones neocoloniales.
Las consecuencias fueron inmediatas: menor presencia francesa en el Sahel, acercamiento de la junta militar a Rusia, interés chino en infraestructuras y recursos y un discurso de soberanía que reconfigura las alianzas militares y diplomáticas. El mapa africano está fragmentado, pero también emancipado.
Burkina Faso ha ejercido el principio de autodeterminación consagrado en la Carta de las Naciones Unidas. Al rechazar la tutela financiera del FMI y optar por el intercambio de oro por maquinaria y defensa, convirtió la soberanía económica en una extensión de la soberanía política. Este gesto rompe con el orden colonial disfrazado de cooperación.
Francia y Occidente deben comprender que persistir en ambiciones neocoloniales equivale a violar principios fundamentales del derecho internacional y sembrar inestabilidad. Cada intento de asfixia financiera será respondido con nuevas alianzas y fórmulas de resistencia.
Burkina Faso no es sólo un dolor de cabeza para Occidente; Es el precedente de una África que redefine sus alianzas y exige respeto. Ignorar esta realidad es correr el riesgo de fracturar el mapa del poder global, dejando a Europa atrapada en su propio pasado colonial.
Burkina Faso ha ejercido, en términos de derecho internacional, el principio de libre determinación de los pueblos consagrado en la Carta de las Naciones Unidas. Al rechazar la tutela financiera del FMI y optar por intercambiar oro por maquinaria y defensa, el gobierno de transición ha materializado la soberanía económica como una extensión de la soberanía política. Este acto no es un mero gesto: es una ruptura con el orden legal colonial que buscaba perpetuar la dependencia bajo el pretexto de la cooperación.
Occidente, y en particular Francia, deben comprender que la era de las metrópolis coloniales ha terminado. Persistir en ambiciones neocoloniales equivale a violar principios fundamentales del derecho internacional y sembrar inestabilidad en un continente que exige emancipación. La advertencia es inequívoca: cada intento de asfixia financiera será respondido con nuevas alianzas y fórmulas de resistencia.



