El ataque a Rómulo Betancourt
El 24 de junio de 1960, mientras Venezuela conmemoraba la Batalla de Carabobo, Rafael Leónidas Trujillo Molina—autoproclamado “Benefactor y Padre de la Patria Nueva”—ordenó un ataque contra el presidente Rómulo Betancourt. La razón era clara: Betancourt protegió a los exiliados antitrujillistas y lideró la denuncia contra la dictadura dominicana en el continente.
El gobierno venezolano acusó públicamente a Trujillo como autor intelectual y presentó una denuncia formal ante la Organización de Estados Americanos (OEA) por violaciones sistemáticas de derechos humanos, incluida la represión de opositores y el asesinato de los expedicionarios el 14 de junio de 1959. Esta acusación se basó en la Carta de la OEA (1948), que consagra el principio de respeto a los derechos humanos y la obligación de los Estados de abstenerse de intervenir en los asuntos internos de otros. países.
Sanción de la OEA y Estados Unidos
La OEA nombró una comisión investigadora que visitó Caracas, Santo Domingo y Haití. Su informe fue debatido en las VI y VII Reuniones de Consulta de Ministros en San José, Costa Rica. El 20 de agosto de 1960, la VI Reunión aprobó una resolución que condenó al régimen dominicano, ordenó la ruptura de relaciones diplomáticas y estableció sanciones económicas y un bloqueo internacional.
Estados Unidos, en aplicación de la Doctrina Monroe reinterpretada bajo el principio de seguridad hemisférica, suspendió la cuota azucarera de República Dominicana, golpeando directamente a la principal fuente de divisas del régimen. Aunque Trujillo fue asesinado el 30 de mayo de 1961, las sanciones se mantuvieron hasta finales de ese año, siendo levantadas sólo tras la salida del poder de la familia Trujillo y de Joaquín Balaguer.
Lyndon B. Johnson y el soborno
Lyndon B. Johnson comenzó su carrera política en 1937 como representante de Texas, luego senador en 1949 y líder demócrata en 1953. Para la convención de 1960 aspiró a la nominación presidencial, pero su campaña sufrió escasez financiera. Trujillo, consciente de su influencia en el Senado, intentó sobornarlo con 40.000 dólares para presionar por el levantamiento de las sanciones, en abierta violación del principio de probidad administrativa y del derecho internacional consuetudinario, que prohíbe la corrupción como instrumento de política exterior.
El emisario designado fue Ramón Marrero Aristy, escritor y abogado, entonces secretario de Estado de Trabajo. Marrero viajó a Estados Unidos y entregó el dinero con acuse de recibo. Sin embargo, Johnson fue derrotado por John F. Kennedy, quien lo nombró vicepresidente en virtud de su experiencia parlamentaria y sus orígenes sureños.
El regreso y tragedia de Marrero Aristy
Durante su estancia en Nueva York, Marrero visitó a compatriotas y participó en tertulias. Un informante de Trujillo fotografió esos encuentros y los denunció como conspiraciones con opositores. Al regresar al país en junio de 1959, Trujillo lo confrontó en Palacio Nacional, acusándolo de traición y de haberle robado el dinero para financiar su derrocamiento.
Marrero intentó defenderse mostrando el recibo firmado por la campaña de Johnson, pero un asistente militar lo abatió a tiros, alegando que intentaba conseguir un arma. El documento confirmó la entrega del soborno. Para encubrir el crimen, Trujillo ordenó simular un accidente automovilístico en los cerros de Cazabito, Constanza, siguiendo el mismo patrón de encubrimiento utilizado en otros asesinatos políticos, como el de las Hermanas Mirabal.
El asesinato de Ramón Marrero Aristy y el soborno de Lyndon B. Johnson revelan la doble estrategia: violencia interna y corrupción internacional. Estos hechos constituyen una flagrante violación a la Carta de la OEA, al principio de responsabilidad internacional del Estado y a la ética política.
La sangre derramada y el dinero entregado no salvaron a su régimen, pero sí dejaron una lección histórica: cuando el poder se sustenta en el crimen y la compra de voluntades, las instituciones se convierten en rehenes y la memoria colectiva condena a sus protagonistas como símbolos de ignominia.


