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sábado, septiembre 26, 2026
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Cumplir 18 años en México: del cuidado residencial a la vida adulta sin red de apoyo

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América Latina21

Luis Omar Orozco Ascencio/Latinoamérica21

En México cumplir 18 años puede significar celebrar la llegada de la edad adulta. Pero para quienes han crecido o permanecieron durante una etapa importante de su vida en un Centro de Asistencia Social (espacio residencial de protección para niñas, niños y adolescentes cuyos derechos han sido vulnerados) esa fecha también puede representar el fin de una medida de protección y el inicio de una independencia para la que no siempre tuvieron tiempo, condiciones o apoyo suficiente.

De un día para otro, la sociedad puede dejar de ver al adolescente como alguien bajo protección y comenzar a exigirle que actúe como un adulto autónomo: conseguir un trabajo, administrar el dinero, continuar sus estudios, encontrar un lugar donde vivir, cuidar su salud, tomar decisiones y mantenerse emocionalmente. Todo ello afrontando, en muchos casos, una historia previa de abandono, violencia, consumo de sustancias, separación familiar o ausencia de redes de apoyo.

La edad legal cambia en un instante. La madurez, la autonomía y la seguridad emocional no lo son. Por lo tanto, proteger a un adolescente no puede reducirse a ofrecerle alimentación, alojamiento y cuidados mientras permanezca dentro de una institución. Proteger también significa prepararle para el momento en el que tenga que tomar decisiones fuera de él.

Una responsabilidad reconocida, pero aún pendiente

Esta obligación no es sólo moral. La Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes establece deberes de protección integral para los Centros de Asistencia Social. A nivel internacional, las Directrices sobre Cuidados Alternativos para Niños y el Comité de los Derechos del Niño de las Naciones Unidas señalan que quienes abandonan los cuidados alternativos requieren preparación para la transición, acceso al empleo y a la vivienda, apoyo psicológico y servicios de seguimiento.

Sin embargo, aún existe una distancia considerable entre lo que reconocen las normas y lo que viven muchos jóvenes. La preparación a menudo comienza demasiado tarde, se limita a unos pocos talleres o depende de recursos fragmentados. El resultado es una contradicción: se brinda protección durante la adolescencia, pero al llegar a la edad adulta se espera una autosuficiencia inmediata que ni siquiera se exige a la mayoría de los jóvenes que crecen con una familia y una red estable.

Graduarse de una institución no debería significar quedarse solo. La independencia no puede convertirse en una forma renovada de abandono.

Prepararse para la vida es un proceso

Preparar a un adolescente para vivir de forma independiente no consiste en impartir un curso unas semanas antes de cumplir 18 años. Es un proceso gradual que debe comenzar temprano, adaptarse a cada historia y permitir que el joven participe en las decisiones que afectarán su futuro.

Implica aprender a obtener y resguardar documentos personales; gestionar ingresos y gastos; preparar comida; utilizar transporte; cuidar la salud física y mental; continuar estudiando o ingresar a un empleo; reconocer relaciones seguras; utilizar responsablemente las herramientas digitales; pedir ayuda y afrontar los errores sin sentir que un revés anula todo el camino recorrido.

También requiere algo menos visible, pero decisivo: generar confianza. Quienes han experimentado violencia, pérdida o separación pueden haber desarrollado estrategias de supervivencia útiles para resistir, aunque no siempre para vincularse, planificar o aceptar apoyo. Pedirle autonomía sin reconocer esas experiencias corre el riesgo de responsabilizarlo por heridas que no causó.

El proyecto de vida, por tanto, no es un formulario que se rellena para cumplir un requisito. Es una conversación sostenida sobre deseos, capacidades, miedos, alternativas y límites reales. Debe revisarse con el tiempo y traducirse en objetivos concretos: completar un título escolar, comenzar la capacitación, obtener documentos, ahorrar una cantidad posible, identificar un lugar seguro para vivir y saber a quién llamar durante una crisis.

El apoyo no termina en la puerta

En Casa Mahayana Jóvenes, centro especializado en vivienda, que brinda no solo asistencia básica, sino también apoyo psicoeducativo a adolescentes y jóvenes, entendemos que la protección residencial debe estar vinculada, desde el inicio, con la restitución de derechos previamente vulnerados y la preparación para el futuro. El apoyo psicoeducativo, la atención a la salud, la continuidad escolar, el desarrollo de habilidades para la vida y la construcción de redes no son componentes separados: son parte de un mismo camino hacia la autonomía.

Ninguna institución puede recorrer ese camino sola. Se necesita coordinación entre autoridades de protección, familias cuando su participación sea segura, escuelas, servicios de salud, universidades, empleadores, organizaciones sociales y comunidades. La transición debe contar con responsables identificables, acuerdos verificables y recursos que no desaparezcan el día del alta.

Un plan serio debe comenzar con mucha antelación e incluir, como mínimo, documentación personal, educación o formación, opciones de empleo digno, gestión básica del dinero, vivienda segura, continuidad médica y psicológica, una red de apoyo elegida con el joven y un seguimiento posterior. Sobre todo, debes escuchar su voz. No se prepara a alguien para decidir ignorándolo en las decisiones.

Construye un puente, no te acerques a un acantilado.

El objetivo no es prometer una independencia perfecta. Nadie llega a la edad adulta con todas las respuestas. El objetivo es que el alta no se produzca como un corte brusco, sino como una transición acompañada, con oportunidades reales y la posibilidad de pedir ayuda sin perder la dignidad. Para que sea posible, el plan de egreso debe incluir documentación oficial de mayoría de edad, como el INE en México, continuidad escolar o laboral, vivienda segura, atención médica, red de apoyo y seguimiento posterior.

Cuando un joven sale de un Centro de Asistencia Social, la pregunta no sólo debe ser si la institución cumplió mientras estuvo dentro. También debemos preguntarnos si al partir tienes las herramientas, los vínculos y las condiciones mínimas para sostener tu proyecto de vida; y si la comunidad está dispuesta a no dejarla sola.

Cumplir 18 años debería abrir derechos y posibilidades, no una caída al vacío. La protección es completa cuando se convierte en capacidades, redes y futuro. No basta con proteger hasta que se cierra la puerta. Hay que acompañarlo para que, cuando se abra, haya camino al otro lado.

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