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lunes, agosto 17, 2026
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¿cuáles son las causas de una crisis recurrente?

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América Latina21

Por Kathy Zegarra

El 17 de febrero, Perú volvió a quedarse sin presidente. Lo que en cualquier democracia significaría una crisis excepcional, en el caso peruano se ha convertido en un episodio recurrente. Desde 2016, ningún presidente ha logrado completar su mandato. La inestabilidad ya no es un accidente del sistema político: es su característica dominante.

José Jerí, quien fue presidente de la Mesa Directiva del Congreso hasta que Boluarte fue reemplazado, asumió la presidencia conforme al orden constitucional por un período de 130 días. Jerí había ingresado al Congreso como cómplice tras la inhabilitación de Martín Vizcarra. Durante su breve administración intentó proyectar una imagen de liderazgo firme, visitando centros penitenciarios y utilizando una retórica centrada en el orden y la seguridad. Sin embargo, su popularidad se erosionó rápidamente.

La encuestadora Ipsos registró un 60% de desaprobación, en un contexto marcado por cuestionamientos públicos, como reuniones con empresarios chinos, denuncias de violaciones y el deterioro de los indicadores de seguridad ciudadana. Si bien los motivos esgrimidos por los congresistas para su destitución estuvieron vinculados a estos episodios, su destitución es parte de una estrategia política de los partidos de cara a las próximas elecciones. Tras su partida, José María Balcázar, un congresista de izquierda de 83 años tristemente conocido por su apoyo al matrimonio infantil, se ha convertido en el nuevo presidente de Perú.

uno tras otro

El último jefe de Estado en culminar su mandato fue Ollanta Humala (2011-2016). Desde entonces, la sucesión se ha acelerado. Pedro Pablo Kuczynski renunció después de poco más de un año y medio en el cargo, acosado por un Congreso controlado mayoritariamente por el fujimorismo. Su vicepresidente, Martín Vizcarra, quien asumió el cargo tras su renuncia, fue destituido mediante la figura de “vacancia presidencial”. Manuel Merino, entonces presidente del Congreso, asumió el cargo conforme al orden constitucional, pero renunció cinco días después, tras intensas protestas sociales en las que murieron dos jóvenes. Francisco Sagasti completó la transición hasta las elecciones de 2021. Pedro Castillo, electo ese año, fue destituido tras intentar disolver el Congreso. Y su vicepresidenta, Dina Boluarte, asumió la presidencia, y tras débiles pactos con los congresistas, quedó vacante.

Más allá de los nombres y los días que permaneció cada uno en el poder, lo relevante es que el Perú enfrenta una fragilidad institucional que permite la destitución frecuente del jefe de Estado. La Constitución peruana contempla la figura de “vacante por incapacidad moral permanente”, que faculta al Congreso para declarar la destitución del presidente con dos tercios de los votos (mayoría simple en caso de censura del Presidente de la Mesa Directiva del Congreso).

Se trata de un mecanismo excepcional, diseñado para situaciones extremas; Sin embargo, en la práctica se ha convertido en una herramienta de presión política. La expresión “incapacidad moral permanente” es lo suficientemente ambigua como para permitir diversas interpretaciones. En los últimos años ha sido invocado por diversos motivos, desde acusaciones de corrupción hasta cuestiones políticas, sin que exista un estándar jurídico claramente definido.

Esta inestabilidad tiene consecuencias concretas. Las políticas públicas requieren continuidad, planificación y coordinación interinstitucional. Cuando los gobiernos se suceden rápidamente, los equipos ministeriales cambian, las prioridades se redefinen y las reformas estructurales pierden impulso. Problemas complejos como la inseguridad ciudadana, la informalidad económica o la precariedad de los servicios públicos difícilmente pueden abordarse eficazmente en un entorno donde la supervivencia política es el objetivo inmediato.

Por otro lado, es importante indicar que no hubo ninguna reforma constitucional que alterara formalmente el equilibrio de poderes después de 2016. Lo que cambió fue la forma en que los actores políticos decidieron utilizar los instrumentos disponibles. La vacancia pasó de ser un recurso extraordinario a convertirse en una amenaza constante contra presidentes sin mayoría. En este contexto, la estabilidad del Ejecutivo depende menos de criterios legales que de la aritmética legislativa. A esto se suma que, tras la disolución del Congreso durante el gobierno de Martín Vizcarra, el Legislativo ha buscado reforzar sus competencias, limitando, por ejemplo, la posibilidad de que el Senado pueda ser disuelto.

Lo que realmente necesita el país

Por lo tanto, es esencial una reforma política fundamental. Fortalecer el sistema de gobierno y el sistema de partidos es una condición necesaria para reducir la fragmentación y la confrontación permanente. Sin embargo, no basta con cambiar las reglas. La experiencia reciente demuestra que el compromiso genuino de las elites políticas con la estabilidad democrática es esencial. En 2018, el entonces presidente Martín Vizcarra impulsó un paquete de reformas que fue sometido a referéndum. Si bien incluyó la participación ciudadana, parte de su contenido se diluyó en el proceso legislativo posterior y no logró generar los cambios estructurales esperados.

En los próximos meses, Perú volverá a las urnas para elegir presidente y vicepresidentes, así como miembros del Senado y la Cámara de Diputados. Dada la debilidad institucional que caracteriza al país, surge una pregunta inevitable: ¿es decisivo quién ocupa la presidencia, si las reglas del juego permiten interrumpir su mandato con relativa facilidad?

El contexto sugiere que la estabilidad del sistema no depende únicamente de la figura presidencial, sino del diseño y funcionamiento del conjunto institucional. Sin ajustes a ese marco, el riesgo de que la historia se repita seguirá presente.

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