República Dominicana se ha convertido en un país donde los jóvenes estudian, se esfuerzan, se gradúan… y aun así terminan chocando contra un muro. Un muro hecho de desigualdad, indiferencia institucional, corrupción, impunidad y un mercado laboral que parece diseñado para excluir a quienes no nacieron con privilegios.
Los datos lo confirman. Más del 58% de los jóvenes trabaja de manera informal, según ENHOGAR 2023. Y aunque miles completan estudios universitarios, solo entre el 35% y el 45% logra un empleo formal en los primeros tres años después de graduarse. El resto está atrapado en empleos precarios, mal remunerados o en la eterna espera de una oportunidad que nunca llega.
La educación superior, que debería ser el gran motor de la movilidad social, está fracasando. Sólo el 22% de los jóvenes de hogares pobres logran terminar la universidad. Y aun así, el título no garantiza nada. El país produce profesionales, pero no genera oportunidades para ellos.
Cuando el país no ofrece carreteras, los jóvenes buscan atajos
Muchos jóvenes de clase media y baja han llegado a una dolorosa conclusión:
En República Dominicana la movilidad social no depende del mérito, sino del azar o el riesgo.
Por ello, miles de jóvenes se centran en tres rutas –peligrosas, inciertas o extremadamente competitivas– que, para ellos, representan sus únicas posibilidades reales de ascenso social:
La política, convertida en un espacio donde algunos buscan lo que el mercado laboral les niega: estabilidad, ingresos y estatus.
El narcotráfico, que seduce a jóvenes sin oportunidades con la promesa de dinero rápido en un país donde el trabajo honesto no garantiza ni siquiera cubrir la canasta básica.
El béisbol, una industria donde sólo el 1% llega a firmar, pero donde miles apuestan su futuro porque no ven alternativas.
Cuando un país empuja a sus jóvenes a seguir estos caminos, no es la juventud la que está fracasando.
Es el país.
Un mercado laboral que castiga a quienes no tienen patrocinadores
El sector empresarial dominicano sigue operando bajo una lógica excluyente: exige experiencia previa a quienes nunca han tenido la oportunidad de adquirirla, ofrece pasantías no remuneradas que sólo los privilegiados pueden aceptar y mantiene prácticas de contratación que favorecen contactos, apellidos y universidades específicas.
Como dice el diccionario de la lengua española, la meritocracia es un sistema de gobierno en el que los puestos de responsabilidad se adjudican en función de los méritos personales. Por otro lado, en la sociedad dominicana la meritocracia no es la regla. Es la excepción.
Universidades que gradúan, pero no acompañan
Las universidades dominicanas han convertido la graduación en un acto simbólico, pero no en una puerta de entrada al desarrollo. Forman profesionales, sí, pero no garantizan empleabilidad. Sus programas de emprendimiento tienen baja efectividad, sus vínculos con el sector productivo son débiles y la orientación vocacional es prácticamente inexistente para los estudiantes universitarios de primera generación.
Para un joven de clase media o baja graduarse supone un enorme sacrificio familiar. Pero ese sacrificio no siempre se traduce en movilidad social.
Resistencia al relevo generacional: un país donde nadie suelta el poder
En múltiples sectores (política, sindicatos, universidades, medios de comunicación, cultura, salud) existe una feroz resistencia al cambio generacional. Las personas que ya han completado su ciclo profesional se aferran a puestos de poder, bloqueando la entrada de jóvenes talentos.
No se trata de edad. Se trata de actitud. Son aquellos que, pese a sus limitaciones físicas, cognitivas o de actualización profesional, se niegan a ceder espacio.
En resumen, se trata de estructuras que prefieren la comodidad del pasado a la innovación del futuro. Esta resistencia no sólo frena la movilidad social. Impacta negativamente en el desarrollo del país.
El punto más oscuro: corrupción e impunidad en las residencias médicas
He aquí una de las vergüenzas institucionales más graves del país. El sistema que regula el acceso a residencias y especialidades médicas ha estado permeado por la corrupción. Es decir, está contaminado por:
Falta total de transparencia en los criterios de selección.
Denuncias constantes de favoritismo y tráfico de influencias
Manipulación de listas y decisiones tomadas en comités cerrados
Ausencia de un sistema auditable, meritocrático y supervisado externamente
Pero la pregunta clave que deben hacerse a los responsables de garantizar la transparencia, la credibilidad y el respeto al proceso de evaluación de las especialidades médicas es la siguiente:
¿Quién responde a los jóvenes de clase media y baja que, con extremo sacrificio, obtuvieron excelentes índices académicos y buenas notas en los exámenes de residencia, pero fueron desplazados por otros con menos mérito, pero con más conexiones, más dinero o más tigueuraje?
Otras preguntas que aún esperan respuestas creíbles y oportunas, especialmente frente a quienes han corrompido el proceso de admisión a las especialidades médicas, son inevitables y dolorosas: ¿Quién les devolverá a estos jóvenes los años de estudio que sacrificaron? ¿Quién les devuelve los desvelos, la disciplina, la renuncia a la vida social, la esperanza puesta en un sistema que prometía meritocracia?
Surge también una preocupación mayor, que afecta la confianza pública: ¿Podrán los ciudadanos confiar plenamente en especialistas de diferentes áreas médicas cuando algunos de ellos pudieron comprar un examen para acceder a una de las limitadas plazas disponibles? La cuestión no es menor, porque la salud es un bien público y la sociedad deposita en los médicos un nivel de confianza que no permite fisuras éticas.
Ante este escenario, el país merece una explicación clara y contundente. ¿Qué se dirá a la sociedad dominicana sobre la conducta ilícita de quienes compraron y vendieron exámenes para ingresar a una especialidad médica? ¿Cómo se justificará que, mientras jóvenes de clase media y baja estudiaran con sacrificio y honestidad, otros usaran dinero, influencias o conexiones para obtener un resultado fraudulento?
Este episodio no sólo perjudica a los directamente afectados; Erosiona la credibilidad de las instituciones, profundiza la desigualdad y envía un mensaje devastador a toda una generación: que el esfuerzo no es suficiente, que el mérito puede ser desplazado por la corrupción y que la justicia es un privilegio, no un derecho.
La corrupción en la asignación de especialidades no es un detalle técnico. Es un mecanismo que bloquea la movilidad social, reproduce élites cerradas y obliga a muchos médicos jóvenes a emigrar para completar su formación. Un país que tolera esta mala práctica está renunciando a su propio futuro y a sus instituciones.
Políticas públicas que no cambian la realidad
El Ministerio de la Juventud, el Ministerio de Trabajo y el MESCyT han puesto en marcha valiosos programas: becas, formación TIC, primer empleo, formación dual. Pero la verdad es que:
La cobertura es mínima.
La articulación entre instituciones es débil
Los presupuestos son insuficientes
Los programas no llegan a los barrios donde más se necesitan
En resumen, la juventud dominicana de estratos medios y bajos no necesita más anuncios vacíos ni promesas demagógicas. Lo que realmente requiere es que el gobierno, los sectores empresariales y políticos asuman su responsabilidad histórica e implementen políticas públicas creíbles, sostenibles y verificables que garanticen una movilidad social real y el acceso a empleos dignos.
Los jóvenes dominicanos no deberían verse obligados a emigrar para encontrar oportunidades y mucho menos sentirse empujados a realizar actividades ilícitas como única forma de progresar. La sociedad dominicana no puede seguir normalizando que el talento se desperdicie, que el mérito se castigue y que la desigualdad se convierta en destino.
Los jóvenes exigen acciones concretas, no discursos; resultados, no excusas; instituciones que funcionen, no estructuras que reproduzcan privilegios. Sólo así será posible reconstruir la confianza y ofrecer a las nuevas generaciones un país donde valga la pena quedarse, crecer y contribuir. Espero que quienes dirigen el Ministerio de la Juventud diseñen e implementen más y mejores iniciativas verdaderamente orientadas a las necesidades de los jóvenes de la República Dominicana.
Migración: la decisión que muchos ven como la única salida
A juzgar por los hechos, los datos proporcionados por la encuestadora Gallup en 2024 –según los cuales el 52% de los jóvenes dominicanos preferirían emigrar si pudieran– continúan sin variaciones significativas. La mayoría de los jóvenes de las clases media y baja no emigran por falta de patriotismo; El motivo esencial que les impulsa a abandonar su país es, sin duda, la ausencia de oportunidades reales para desarrollarse y construir un futuro digno.
Cuando un país no garantiza la movilidad social, cuando la corrupción bloquea el mérito, cuando el mercado laboral no valora el talento y cuando las instituciones no protegen a los jóvenes, la migración se convierte en un acto de supervivencia.
La República Dominicana no puede seguir expulsando a su juventud. No se puede seguir perdiendo talento, sacrificio y esperanza. Por ello, es necesario hacer un llamado directo y urgente a quienes tienen la capacidad de transformar la realidad que hoy limita la movilidad social de los jóvenes sanos, con deseos e ideas de vivir en una sociedad que no les niegue la oportunidad de alcanzar el desarrollo mental, cognitivo, emocional, físico, social, profesional, financiero y espiritual que todo ser humano requiere:
Al Ministerio de la Juventud: dejar de administrar programas simbólicos. Convertirnos en una institución que transforma vidas, que llega a los barrios, que acompaña a los jóvenes sin patrocinadores políticos y que exige transparencia en todos los procesos que afectan a la juventud.
A las universidades: dejen de graduar jóvenes sin acompañarlos. Articular empleabilidad, alianzas productivas, orientación vocacional y seguimiento real. Formar sin oportunidades es una estafa social.
Al sector empresarial: comprendan que un país no avanza excluyendo. Abrir puertas, remunerar prácticas, apostar por el talento joven y romper con la cultura del “¿a quién conoces?”
A los sindicatos, instituciones y dirigentes que bloquean el relevo generacional: su tiempo ha pasado. El país necesita nuevas ideas, nuevas energías y capacidades. Renunciar a espacio no es perder poder; es garantizar el futuro.
A las entidades públicas y privadas que integran el Consejo Nacional de Residencias Médicas (CNRM): dejen de frustrar a jóvenes médicos éticos y empoderados que se esfuerzan por ingresar legalmente a una especialidad médica. No permitamos que idiotas carentes de valores y principios vendan los exámenes a los menos talentosos y a los más ricos para que sean los especialistas del mañana. ¿Qué pasará con el estado emocional y aspiracional de los jóvenes que se gradúan en medicina general en una determinada universidad, logran allí un excelente índice académico y luego obtienen una buena calificación en el Examen Único Nacional para Residencias Médicas (ENURM)?
Es, sin duda, una vergüenza nacional que la Oficina de Residencias Médicas de la UASD, el Consejo Nacional de Residencias Médicas (CNRM), el Ministerio de Salud Pública (MSP), la Asociación Dominicana de Facultades y Escuelas de Medicina (ADOFEM) y el Colegio Médico Dominicano (CMD) toleren, como si fuera algo normal, la corrupción e impunidad en torno al Examen Único Nacional para Residencias Médicas.
Los jóvenes dominicanos de clase media y baja no piden privilegios. Pide instituciones que funcionen, reglas claras, oportunidades reales y un país que no la obligue a irse para vivir con dignidad.
El liderazgo político, empresarial, académico y social de República Dominicana no puede quedarse de brazos cruzados ante una juventud que, poco a poco, ha ido perdiendo la esperanza en la educación como vía para lograr movilidad social y que, erróneamente, comienza a creer que el narcotráfico, la política poco ética o el sueño de convertirse en beisbolista de Grandes Ligas son opciones viables para obtener una prosperidad sana y sostenible. Es vital construir un país donde los jóvenes crean que vale la pena quedarse y luchar.



