Un nuevo fantasma ronda el mundo, y no es el del comunismo que Marx anunció en el siglo XIX, sino el de geopolítica que se ha convertido en una palabra de moda, repetida hasta la saciedad para explicar cualquier acción internacional. Hablamos de geopolítica cuando viaja un presidente, cuando se firma un tratado cultural o cuando se inaugura una embajada. Esta saturación del término lo vacía de significado, y muchos de quienes lo pronuncian parecen no ser conscientes de que no toda acción internacional es geopolítica.
La geopolítica es más que diplomacia o expansión. Como bien lo ha definido mi maestro, el general Paco Moncayo, es una ciencia que parte del análisis de los factores geográficos para deducir las posibilidades de desarrollo de los Estados, tanto en los aspectos internos como en sus relaciones internacionales. Es el estudio de cómo la geografía condiciona el poder y cómo se proyecta ese poder. Augusto Pinochet la llamó “la conciencia geográfica del Estado” y destacó que debe servir como asesora de los tomadores de decisiones. Esta conciencia es la que permite a los Estados articular su desarrollo, seguridad y defensa, identificando oportunidades, amenazas, riesgos y vulnerabilidades.
No debemos confundirla con la política exterior, que es práctica diplomática: tratados, negociaciones, cooperación internacional. No toda la acción internacional es geopolítica porque no todas responden a la lógica del poder y el espacio. Un acuerdo cultural, una visita o un intercambio son acciones internacionales, pero no necesariamente geopolíticas. La política exterior se convierte en geopolítica cuando estas acciones se vinculan con la proyección del poder:
Dentro de la geopolítica se ha desarrollado un subcampo que estudia la expansión: la geoestrategia, que históricamente estuvo vinculada al ámbito militar, el despliegue de fuerzas, el control de rutas y la defensa nacional. Hoy ha mutado hacia los negocios. Las corporaciones transnacionales aplican la geoestrategia para decidir dónde invertir, cómo asegurar las cadenas de suministro y qué mercados dominar.
Por eso es necesario diferenciar claramente, porque estos conceptos muchas veces se utilizan como sinónimos, ya que forman parte de las relaciones internacionales, y actúan de manera complementaria. Sin embargo, cada uno cumple una función diferente. La geopolítica nos permite comprender cómo la geografía influye en la distribución y ejercicio del poder; La política exterior es el instrumento a través del cual los Estados ponen en práctica sus decisiones y relaciones con otros actores internacionales; mientras que la geoestrategia representa el conjunto de acciones encaminadas a lograr objetivos de influencia, expansión o posicionamiento. En términos simples, la geopolítica ayuda a comprender la realidad, la política exterior gestiona las relaciones internacionales y la geoestrategia busca materializar la expansión y la influencia. Por eso confundirlos ha generado una distorsión académica, porque significa perder de vista cómo los estados y los actores globales diseñan su proyección en un mundo cada vez más interdependiente, marcado por la globalización. Y los primeros impulsores de la geopolítica nunca imaginaron que esa ciencia, nacida para explicar la relación entre territorio y poder, terminaría expandiéndose hasta abarcar mercados, redes digitales y corporaciones que hoy deciden el destino de pueblos enteros.



