Él racismo Ha sido una de las peores cargas de la humanidad. Siempre ha estado latente en la geografía mundial, pero en ocasiones y por situaciones particulares, se manifiesta brutalmente a través de ideas, hechos, exclusiones y genocidios casi siempre justificados en nombre de la preservación de una ficticia pureza étnica o cultural que caracterizaría a una comunidad, nación o continente imaginado. Es lo que, con distintos grados de radicalización, experimenta el mundo hoy, condicionando o, peor aún, corroyendo la práctica política y las relaciones sociales, interpersonales y familiares.
En nuestro país, el racismo como recurso de campaña política comenzó abierta y profusamente contra Peña Gómez en los procesos electorales del 94 y 96, utilizando escasos recursos para denigrarlo y presentarlo como un peligro para la nación. Era un “mal camino”, el peligro de fusión con Haití. Las expresiones verbales, los videos, las marchas con monos de peluche en referencia a ese líder fueron profusas. Eso lo vi en una caravana del PLD que pasó frente a mi casa en la avenida Sarasota; También leí en la prensa las declaraciones descaradamente racistas de un destacado miembro de la Academia Dominicana de la Lengua, en las que decía que Peña era “gestual y emocionalmente haitiano”.
Estos malos trucos fueron utilizados en las primarias del Partido Demócrata en el Distrito 13 de Nueva York, para tratar de impedir Darializa Ávila Chevalierun dominicano nacionalizado estadounidense, fue nominado como candidato a la Cámara de Representantes de Estados Unidos para las elecciones de mitad de período de noviembre próximo. Pese a ello, resultó electa, pero el uso desenfrenado del racismo en ese proceso tiene efectos perversos, pues contribuye a la división de la diáspora dominicana en ese distrito y quizás en toda la ciudad, y eso tiende a limitar el alcance de las luchas de esa comunidad por preservar y ampliar sus derechos.
Aquí, el racismo y su correlato, la cuestión haitianacobra fuerza en el contexto del aumento sostenido de la migración haitiana en nuestro país en las últimas dos décadas, utilizándola profusa e ilegalmente como recurso de campaña electoral. Esta carga, como en otros países, se ha «normalizado» como una práctica abierta y abierta en el ámbito político, al tiempo que se desempolva la idea delirante de que la población migrante acabaría superando a la a veces supuesta población autóctona (blanca), lo que se conoce como «teoría del reemplazo». Sin decirlo, pero con base en ello, se pretende no regularizar a personas migrantes o de origen que, aquí y en otros lugares, se han arraigado.
El uso abierto del racismo como recurso de campaña política Tiene un efecto corrosivo sobre la democracia y la unidad nacional y sin él ningún proyecto político puede ser sostenible. Muchos de nuestros políticos que en cierta medida lo hicieron en procesos electorales pasados, no tienen reparo en intentar volver a hacerlo en el próximo, con hechos, ya han dado claras manifestaciones. Podrían pagar una factura cara. Persistir en esta actitud significa buscar un chivo expiatorio para eludir los numerosos problemas nacionales y justificar directa e indirectamente exclusiones, abusos y el no reconocimiento de derechos universalmente establecidos.



