P. Profesor, ¿por qué tanto celo por impedir la minería en la Cordillera Norte?
R. En primer lugar, porque la Cordillera del Norte es el principal sello de seguridad del clima y la hidrología de la República Dominicana y de la isla La Española, por su papel insustituible en la precondensación de la humedad que impregna nuestra isla y luego por las huellas imborrables de la minería en la piel de este organismo montañoso.
El agua es el primer grito de soberanía hídrica de la naturaleza, que marca el norte de sus ecosistemas y sus dinámicas multifuncionales que garantizan el desarrollo y el futuro en las frondosas tierras, llanuras y montañas, de la Llanura Costera Atlántica, el Valle del Cibao y más allá de la Columna Vertebral de Quisqueya, para irrigar todos sus espacios, los valles de San Juan, Macacías, Neiba y Artibonito, para convertirlo en el Golfo. de Gonaives su horizonte.
Si entendiéramos que sólo la continuidad funcional de los sistemas montañosos, su tapiz verde y sinuoso, puede garantizar la conectividad entre riqueza y bienestar humano, entenderíamos por qué son tan nocivos los impactos de la minería a cielo abierto, cuyos impactos siempre son cosechados por los Seres Humanos. El mejor ejemplo lo tuvimos en Pedernales (Las Mercedes – Aceitillar) con la explotación de sus yacimientos de Bauxita, en las Lomas La Peguera y Frasier y la explotación de sus minas de Ferroníquel y ni hablar del beneficiario del oro de Pueblo Viejo y la extracción de calizas de Pomier, con decenas de años que rondan el medio siglo a sus espaldas, hablando de sulfuros, polvo, pobreza y ruina paisajística.
¡Que en su momento produjeron mucho dinero y riquezas efímeras…!, es innegable; pero ¿a qué precio y para quién? Sólo el verde de las montañas puede combinar futuro, bienestar y desarrollo, en una sola palabra: “Resiliencia”.



