«La historia no se repite, pero muchas veces rima.» La célebre cita atribuida a Mark Twain resulta especialmente pertinente a la hora de analizar la propuesta de memorando de entendimiento entre Estados Unidos e Irán. De implementarse en los términos propuestos, este acuerdo podría convertirse en uno de los acontecimientos diplomáticos más significativos de las primeras décadas del siglo XXI. Sus disposiciones contemplan el fin de las hostilidades, el levantamiento progresivo de las sanciones, la liberación de los activos iraníes congelados, la reapertura de rutas comerciales estratégicas, la reconstrucción económica de Irán y la creación de un marco para futuras negociaciones sobre la seguridad regional y el programa nuclear iraní. Para sus defensores, sería una victoria de la diplomacia sobre la confrontación militar. Para sus detractores, sin embargo, representaría algo mucho más profundo: una derrota estratégica para Donald Trump y un síntoma de que el sistema internacional avanza rápidamente hacia una nueva realidad multipolar.
La ironía política es difícil de ignorar. En 2018, Trump retiró a Estados Unidos del Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA), el acuerdo nuclear negociado por la administración Obama. Durante años denunció ese pacto como una concesión excesiva a Teherán y prometió sustituirlo por un acuerdo mejor, apoyado en una política de «máxima presión». La lógica era simple: sanciones económicas sin precedentes, aislamiento diplomático y presión militar eventualmente obligarían a Irán a aceptar términos más favorables para Washington. Sin embargo, si el memorando propuesto llegara a buen término, muchos observadores concluirían que el resultado final está muy por debajo de esa promesa. Además del levantamiento de sanciones, el acuerdo contempla la liberación de activos congelados, la progresiva normalización de las exportaciones de petróleo iraní, el apoyo a los programas de reconstrucción económica y el reconocimiento implícito de Irán como uno de los principales actores de la seguridad regional. Desde la perspectiva de sus críticos, Trump habría abandonado el acuerdo de Obama y habría terminado aceptando uno que otorga concesiones aún más amplias a Teherán.
Precisamente por eso, para muchos analistas la cuestión central no sería el contenido técnico del acuerdo, sino el significado político que podría adquirir. Trump construyó gran parte de su identidad política en torno a la imagen de un líder fuerte, capaz de doblegar a sus adversarios mediante presiones económicas, diplomáticas o militares. Si después de años de sanciones, amenazas y despliegues militares el resultado final fuera percibido como favorable a Irán, el golpe político sería considerable. Sus críticos sostendrían que la humillación sería doble: primero, por haber abandonado el acuerdo de Obama para acabar aceptando uno potencialmente más beneficioso para Teherán; en segundo lugar, porque la narrativa de la «presión máxima» concluiría con un resultado que muchos interpretarían como una victoria diplomática iraní. En la política internacional, las percepciones suelen importar tanto como los hechos. Los acuerdos no sólo producen consecuencias materiales; También envían mensajes sobre quién ganó, quién perdió y quién tiene la capacidad de imponer condiciones.
Aquí es precisamente donde la historia ofrece algunas lecciones útiles. Muchos comentaristas recurren automáticamente al Tratado de Versalles de 1919 para explicar los acuerdos controvertidos. Sin embargo, la comparación es imperfecta. Versalles fue un tratado diseñado para castigar a una potencia derrotada. La analogía más apropiada no es la Alemania de 1919, sino aquellos momentos históricos en los que los grandes imperios descubrieron los límites de su capacidad para configurar el orden internacional. La historia muestra que las potencias rara vez comienzan su decadencia con una derrota definitiva. El proceso suele comenzar cuando descubren que la superioridad militar ya no garantiza automáticamente el éxito político.
El Imperio Romano constituye uno de los ejemplos más ilustrativos. Durante siglos dominó gran parte del mundo conocido y proyectó una imagen de invulnerabilidad. Sin embargo, a medida que aumentaron los costos de defender sus fronteras y surgieron nuevos centros de poder, Roma se vio obligada a depender cada vez más de la diplomacia, las alianzas y los acuerdos con actores a los que antes habría sometido por la fuerza. Algo similar ocurrió con el Imperio español. En el siglo XVI parecía invencible gracias a las riquezas procedentes de América y a su formidable capacidad militar. Sin embargo, las guerras constantes, las crisis financieras y el surgimiento de nuevas potencias erosionaron progresivamente su dominio. España no desapareció de la noche a la mañana; Simplemente dejó de poder imponer unilateralmente las reglas del sistema internacional.
Él imperio otomano experimentado un proceso similar. Durante siglos fue una de las grandes potencias de Eurasia, pero acabó enfrentándose a una combinación de dificultades económicas, transformaciones tecnológicas y competidores cada vez más dinámicos. La expansión territorial dio paso a una larga estrategia de adaptación y supervivencia. Lo mismo ocurrió con la Unión Soviética. A pesar de poseer uno de los ejércitos más poderosos del planeta y un arsenal nuclear capaz de destruir el mundo varias veces, Moscú descubrió en Afganistán que la superioridad militar no garantizaba la victoria política. Muchos observadores interpretaron la retirada soviética en 1989 como una señal de que la capacidad de la Unión Soviética para sostener sus ambiciones globales estaba llegando a su límite.
Sin embargo, ninguna de estas analogías es tan poderosa como la del Imperio Británico. Después de la Segunda Guerra Mundial, Gran Bretaña siguió siendo una potencia militar importante y formó parte del bando vencedor. Sin embargo, la realidad económica y geopolítica había cambiado profundamente. El episodio que simbolizó esta transformación fue la crisis de Suez de 1956. Convencidos de que aún podían actuar como potencia imperial, británicos y franceses intervinieron militarmente contra Egipto para recuperar el control del Canal de Suez. Aunque lograron éxitos militares iniciales, terminaron sufriendo una derrota política. Bajo la presión conjunta de Washington y Moscú, Londres y París se vieron obligados a retirarse. Muchos historiadores consideran que Suez marcó el momento en que Gran Bretaña se dio cuenta de que todavía era poderosa, pero que ya no era la potencia dominante en el sistema internacional.
Desde esta perspectiva, el acuerdo con Irán podría convertirse en el «momento Suez» de Donald Trump. No porque Estados Unidos deje de ser una gran potencia, sino porque podría simbolizar el reconocimiento de que incluso la principal superpotencia del mundo enfrenta límites cada vez más evidentes a su capacidad para imponer unilateralmente sus preferencias. Después de años de sanciones, despliegues militares y promesas de que Irán eventualmente cedería a la presión estadounidense, Washington podría terminar aceptando un acuerdo que muchos interpretarían como favorable a Teherán. El impacto de esa percepción sería observado atentamente por China, Rusia, India, Turquía, Arabia Saudita y otras potencias emergentes que buscan expandir su influencia en el sistema internacional.
Nada de esto significa que Estados Unidos esté entrando en un proceso de colapso comparable al de los imperios del pasado. Sigue siendo la economía más innovadora del mundo, tiene la fuerza militar más poderosa del planeta y mantiene una red de alianzas sin precedentes. Sin embargo, la historia enseña que los momentos decisivos suelen ser psicológicos más que militares. Los imperios empiezan a perder influencia cuando aliados y adversarios empiezan a percibir que su poder ya no es ilimitado. Roma, España, el Imperio Otomano, Gran Bretaña y la Unión Soviética atravesaron procesos similares. Ninguno desapareció inmediatamente después de sus respectivos momentos decisivos, pero todos vieron cómo la percepción de su poder comenzaba a erosionarse.
Por tanto, las implicaciones de este acuerdo trascienden con creces la relación entre Washington y Teherán. Lo que está en juego no es sólo el futuro del programa nuclear iraní o la estabilidad de Oriente Medio. Lo que realmente está en juego es la naturaleza del orden internacional que está surgiendo. Para sus partidarios, el acuerdo representaría un ejercicio pragmático de diplomacia destinado a evitar una nueva guerra costosa. Para sus críticos, sería una capitulación estratégica que mostraría los límites del poder estadounidense y aceleraría la transición hacia un mundo multipolar. Como suele ocurrir en la historia, la importancia de determinados acontecimientos reside no sólo en lo que producen inmediatamente, sino en lo que simbolizan. Si este acuerdo se implementara, muchos podrían recordarlo como uno de esos momentos en los que el mundo comenzó a comprender que la era de hegemonía estadounidense indiscutible estaba dando paso a una nueva realidad geopolítica.



