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domingo, septiembre 20, 2026
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El Judas

Deberías Leer

«¡No te asustes, hombre! ¿Qué te pasa? Anda, quédate quieto. Están matando a Judas, tonto. Sí. Están matando a Judas», Juan Ramón Jiménez.

Recuerdo, en mi infancia, la antigua costumbre de quemar a Judas, a la medianoche del Domingo de Resurrección.

Las jóvenes de aquella época, entre las que estaban mis hermanas Miledys, Aidé, Dérmina y nuestras vecinas Chea, Yolanda, Nicia, Ramona Concepción, una catequista de La Ceiba, y otras que ahora no recuerdo, estuvieron varios días haciendo una muñeca de tamaño humano adulto.

Lo vistieron con un traje extraño y le regalaron un sombrero de ala ancha y una barba que le prepararon con una cola de caballo.

El espectáculo comenzó cuando el Ozama Ingenuity pitó a las 12 de la noche y el sonido interrumpió el umbral sagrado de las ondas sonoras, que reinaba en los campos de aquella época, cuando aún no se había erigido el imperio infernal de la musicalidad actual.

Colgaron al pobre Judas de un mango centenario en el patio de la Iglesia, y el pueblo descargó sobre él toda su ira, lo escupió, lo golpeó, lo avergonzó y le arrojó agua y cáscaras de naranja.

Incluso cuando era niño, tuve la audacia de cuestionar esa tradición, considerándola bárbara y contraria al principio cristiano del perdón, pero fui inmediatamente reprendido por uno de los miembros religiosos de mi comunidad.

Después de muchas burlas contra la figura inanimada, procedieron a prenderle fuego, sobre un promontorio de leña, que los muchachos recogieron con gran entusiasmo. Y allí surgió el alboroto, fruto de la alegría.

Entonces, sentí pena por el pobre Judas, porque –con mi infantil sentido de la justicia despertado– pensé que tal vez el hombre había sido inocente, víctima de algún complot malévolo.

Leyendo de nuevo la obra magistral “Platero y yo”, de Juan Ramón Jiménez, me topo con un episodio en el que el narrador llega al pueblo de Moguer y se encuentra con que están matando a Judas un Sábado Santo, y esto me hace reflexionar sobre cuán antigua es la mala costumbre de acusar a Judas de todo aquel que no está de acuerdo con nuestras ideas.

Los dominicanos adoptamos esa costumbre, reflejo de la intolerancia y también escudo contra las calumnias y excusa para dar rienda suelta a instintos primitivos.

Juan Ramón Jiménez lo describe crudamente:

«Tenían uno puesto en el Monturrio, otro en la calle Enmedio; otro allí, en el Pozo del Concejo. Los vi anoche, fijados como por una fuerza sobrenatural en el aire, invisible en la oscuridad la cuerda que, de inclinados a balcón, los sostenía. ¡Qué grotescas mezclas de chisteras viejas y mangas de mujer, de caretas y miriñaques de ministros, bajo las serenas estrellas! Los perros les ladraban sin irse del todo, y los caballos, desconfiados, No quería pasar por debajo de ellos…»

«Ahora dicen las campanas, Platero, que se ha roto el velo del altar mayor. No creo que quede una escopeta en el pueblo sin dispararle a Judas. El olor a pólvora llega hasta aquí. ¡Otro tiro! ¡Otro!»

«…Sólo que Judas, hoy, Platero, es el diputado, o el maestro, o el forense, o el recaudador de impuestos, o el alcalde, o la partera; y cada hombre dispara su cobarde escopeta, hecho niño esta mañana de Sábado Santo, contra quien tiene su odio, en una superposición de vagas y absurdas simulaciones primaverales.»

Juan Ramón presenta una crítica a la crueldad humana, descubriendo instintos primitivos, desatados en una figura de paja, sobre la que descargan todos sus prejuicios y los males que la propia humanidad ha engendrado.

El autor ve con disgusto el goce que provoca en el pueblo el castigo contra la supuesta obra de traición de Judas. En la acción el pueblo queda liberado de sus propias culpas, de sus propios pecados, pero la satisfacción será momentánea.

La narrativa capta una condición humana muy peligrosa: la de actuar en masa contra un presunto culpable. Me parece la tradición bárbara de golpear a una persona que está corriendo y es atrapada después de que alguien haya gritado: “¡Un ladrón, un ladrón!”…

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