El reciente aumento de los rendimientos de Bonos del Tesoro de Estados Unidoscon el bono a 30 años alcanzando el 5,34%, su nivel más alto en 18 años, no es un episodio aislado ni un simple reflejo de presiones inflacionarias. Es la manifestación más visible de un fenómeno que está reconfigurando los mercados financieros internacionales: el dominio fiscal.
Este concepto describe el momento en el que la política fiscal termina imponiéndose a la política monetaria, desplazando a la Reserva Federal (FED) como principal ancla de las expectativas. Hoy, la trayectoria del déficit y la deuda estadounidense está condicionando el comportamiento del tramo largo de la curva, independientemente de las decisiones de corto plazo de la FED.
Estados Unidos opera con un déficit fiscal superior al 6% del PIB, incluso en un período sin recesión. Es un déficit estructural, no cíclico. El deuda federal supera los 40 billones de dólares y la necesidad de financiación obliga al Tesoro a emitir volúmenes cada vez mayores de deuda a largo plazo.
Pero esta vez, la demanda estructural de estos bonos es menor: la Reserva Federal no compra, los bancos están saturados, los inversores extranjeros son más cautelosos y los fondos privados exigen una mayor compensación por el riesgo fiscal.
El resultado es mecánico: más oferta de bonos a largo plazo, menos demanda y mayor percepción de riesgo. La consecuencia es un aumento de los rendimientos del tramo de 10 a 30 años.
La FED se reúne este mes y la discusión es si aumentar la tasa de los fondos federales en 25 puntos básicos o posponer la decisión hasta la reunión de diciembre.
Sin embargo, lo más relevante es que la FED ha perdido capacidad de influencia en el largo plazo. Los rendimientos de los bonos a 10 y 30 años ya no responden exclusivamente a la política monetaria, sino también a la presión fiscal. Se trata de dominancia fiscal en su forma más clara.
Dada la volatilidad y el deterioro de la liquidez de los bonos a largo plazo, el Tesoro recompró 4.000 millones de dólares en títulos a largo plazo. La medida buscaba aliviar tensiones, mejorar la liquidez y contener movimientos excesivos en los rendimientos. La intervención tuvo un efecto inmediato, moderando temporalmente el aumento. Pero su alcance es limitado.
No reduce el déficit. La trayectoria de la deuda no cambia. No elimina la necesidad estructural de emitir bonos a más largo plazo. Por lo tanto, aunque la intervención es relevante como señal, no altera la tendencia subyacente: los rendimientos a largo plazo seguirán siendo altos mientras el déficit y la deuda sigan creciendo.
Las tasas de interés más altas de los bonos del Tesoro a 10-30 años afectan los préstamos hipotecarios, los préstamos al consumo y las tarjetas de crédito en Estados Unidos y se transmiten a nivel mundial. Los bonos franceses (OAT) y británicos (Gilts) han replicado la tendencia alcista. Para evitar la fuga de capitales a Estados Unidos, deben ajustar sus rendimientos al alza. El coste de la financiación europea aumenta, incluso sin cambios por parte del BCE o del Banco de Inglaterra.
Los países emergentes emisores de deuda soberana, como República Dominicana, sufrirán un aumento del coste de financiación en los mercados internacionales. Las condiciones de acceso dependerán de la disciplina fiscal interna y la credibilidad macroeconómica. Además, las tasas internas deben ser atractivas para evitar la fuga de capitales o una caída de la inversión extranjera de cartera.
Estamos entrando en una etapa en la que la política fiscal estadounidense actúa como un “impuesto global” sobre las tasas de interés, afectando a países grandes y pequeños, desarrollados y emergentes, emisores y receptores de capital.
Este es un nuevo orden financiero mundial.


