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jueves, octubre 15, 2026
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Un corazón envuelto en trozos de primavera

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El corazón, el lugar de las decisiones más profundas, donde conviven valores, diseños y deseos en un ambiente de emociones sublimes; Es allí donde los almendros florecen envueltos en versos, dejando atrás el otoño salvaje que despojó de las ilusiones perdidas y ese duro invierno lleno de episodios de frío, dando paso a días cálidos llenos de fragancias y perfumes de rosas.

El corazón, como espacio interior, representa lo que hay detrás de la apariencia, donde se fomentan en sus áridas llanuras las verdaderas luchas de una vida que atraviesa valientemente lo banal y falaz; decidida, por tanto, a superar en cada apartado y pulsación la valoración superficial de esa imagen que no dice nada de lo que realmente debería ser, porque engaña.

El corazón, jardín edénico donde se cultiva la sinceridad; libre de posturas, fingimientos o espinas; escenario en el que se vive con verdad y poesía, cuando se deja libremente que la llama divina penetre en el interior e ilumine todas las zonas oscuras y las falsedades más escabrosas y enredadas del alma, dando lugar con vigor al renacimiento de una existencia envuelta en armonía y plenitud.

El corazón, zona de cosas que nadie dice, espacio de misterio e intimidad con lo sagrado. Donde más allá de la palabra se habla en silencio, guiado con la brújula de la fe hacia el oasis de la paz serena. Donde más allá de las dunas calientes y sufridas, con su dedicación inmensurable hace posible que cada grano de arena del desierto se convierta en pétalos de amor de una eterna primavera.

El corazón, lugar fértil de autenticidad, donde no sólo se actúa con coherencia, dejando huellas de luz en cada paso, sino que, en la búsqueda de alcanzar el verdadero ideal, se detiene a escuchar atentamente ese latido interno que guía hacia lo verdaderamente trascendente, más allá de los líquidos caprichos de la vida. Es en ese nido donde la belleza de la realidad es más profunda y plena que la falsedad de la apariencia camaleónica, que sólo desdibuja la propia identidad.

El corazón, parnaso que preserva la verdad desnuda; Allí en sus cuencas superiores emergen intenciones profundas sin filtros ni máscaras, revelando la sinceridad trascendental del ser, que germina entre rimas y armonías, entre luz y follaje, entre cantos y libertad. Allí en sus cumbres cubiertas de nubes tropicales, se libra una valiente batalla contra la indiferencia y la ira, el ruido y las prisas; para permanecer fieles a lo real, a la suprema bondad infinita.

El corazón, un rincón propio, donde las emociones utópicas toman forma, haciendo que el alma se revele sabiamente con gestos de abrazos, sonrisas y ternura compartida. Allí en ese refugio físico-espiritual se mantienen alerta los ojos del alma; evitar que las distracciones digitales y los pensamientos fantasmales te desvíen; Ni el pesimismo logra inmovilizar los pasos del propósito, ni mucho menos la resignación congela las fuerzas que provienen de la esperanza.

Definitivamente, para que el corazón viva debe ser reconstruido con versos teofánicos de estética celestial; rocíalo con gotas sudorosas de perdón y misericordia; Que se regocije en la verdad y se deleite en la urdimbre del amor inagotable; que experimente tan místico y único éxtasis, mientras llena de luz y efluvio divino cada espacio sideral de sus praderas carentes de primavera. Y por supuesto, para que un corazón siga vivo es necesario recuperar la soberanía de la dignidad robada por la oscuridad y la fragmentación.

angelgomera@gmail.com

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