Santo Domingo.- Cada paso, cada movimiento, cada respiración es un recordatorio de esa noche que cambió sus vidas para siempre. Jennifer Taveras y Josué Abreu Santana, sobrevivientes del colapso del Jet Set, reviven el horror que enfrentaron el 8 de abril de 2025, cuando el techo de este concurrido centro de entretenimiento en la Avenida Independencia en el Distrito Nacional se derrumbó en segundos.
En cuestión de minutos, 236 personas murieron y más de 100 resultaron heridas, entre figuras del arte, la política, el deporte y la medicina.
La tragedia sacudió a toda la República Dominicana y los países vecinos, convirtiéndose en el desastre más mortífero del país que no fue causado por un fenómeno natural o una guerra. Cada figura es, para ellos, un nombre, un rostro, una historia interrumpida.

Jennifer, estudiante de psicología clínica y empleada de una empresa familiar, recuerda cómo una viga dejó al descubierto sus dedos entre los escombros.
“Vinieron a levantar una viga y se me veían los dedos de la pierna izquierda. Y les dije: ‘¿Ese es mi pie? ¿Esos son mis dedos?’ Y él: ‘Sí, ¿los sientes?’ Y yo: ‘No, no siento nada'», dijo en entrevista con la periodista Alicia Ortega para el programa El Informe con Alicia.
Las ocho fracturas que sufrió en tibia y peroné la dejaron sin movilidad y con un largo camino de rehabilitación por delante.

Hoy, Jennifer intenta rehacer su vida desde una pequeña habitación de su casa, donde ha puesto en marcha un negocio de extensiones de pestañas.
«Recorro más de 10 kilómetros para recibir fisioterapia. Los ejercicios son agotadores y dolorosos, pero tengo que hacerlos para volver a caminar con normalidad», afirma.

La rutina la cansa, la desafía, pero también la fortalece.
«He conocido gente que me dice: ‘vas a quedar coja’. Y yo les digo: ‘no, no, no voy a quedar coja’. Tengo muchas ganas de poder sentir mi pierna como antes. Quiero volver a caminar, correr, bailar'», añade con una determinación que desafía la propia tragedia.
Josué Abreu Santana, de 27 años, comparte un camino de recuperación igualmente arduo. Tras cuatro operaciones y siete meses prácticamente postrado en cama, ha tenido que adaptarse a su nueva realidad.

«Estuve siete meses en la cama. Eso te funciona en la mente porque no tienes nada que ver más que las cuatro paredes. Mentalmente fue lo más duro», explica.
La fractura que sufrió en tibia y peroné fue tan compleja que aún no puede doblar la rodilla. Sin embargo, ha encontrado una manera de retomar su vida: un pequeño espacio de barbería en su casa le permite generar ingresos mientras continúa su rehabilitación.
“Para que me duela en la cama, prefiero hacerlo aquí ganando dinero”, afirma mostrando un optimismo férreo.
El dolor no es sólo físico. Ambos supervivientes llevan profundas cicatrices emocionales.
Jennifer confiesa que todavía le cuesta permanecer en espacios oscuros y que algunos días se encierra en su habitación sin querer hablar con nadie.

Pero hay otros días, dice, en los que renace la esperanza: «Me despierto optimista, quiero seguir adelante, quiero mejorar, quiero mejorar, quiero sanar. Me mantengo positiva porque quiero caminar, correr, bailar. Eso me da fuerza».
El testimonio de estos supervivientes también revela indignación por la negligencia que creen que provocó la tragedia.
Jennifer no puede aceptar que los responsables enfrenten un solo cargo de “homicidio involuntario”.
«Lo único que necesitaban era que derribaran el techo con las manos. Ese techo estaba literalmente podrido y lo ignoraron», dice.
Hoy se cumple un año del colapso de la Jet Set y el caso permanece en la fase preliminar. Los propietarios, los hermanos Antonio y Manuel Espaillat, están acusados de homicidio involuntario y palizas y heridas involuntarias por su responsabilidad en el funcionamiento del local, según informó el Ministerio Público.

A medida que avanza el juicio, las historias de Jennifer y Josué nos recuerdan que detrás de los números hay vidas que intentan reconstruirse, luchan por recuperar la normalidad y buscan justicia para quienes no pudieron sobrevivir.
Cada día de terapia, cada ejercicio agotador, cada decisión de no rendirse, es un acto de resistencia ante la tragedia.
Cada cita, cada recuerdo, cada lágrima y cada sonrisa es un homenaje a quienes quedaron atrás.
Para Jennifer y Josué la vida se ha convertido en un esfuerzo constante por caminar, correr y, sobre todo, volver a vivir plenamente.



